V. Némesis
Los momentos siguientes al magnicidio fueron
desconcertantes. El Príncipe de Adab, a quien esperaba ver, no apareció. Por un
momento me sentí perdido, sin saber qué hacer, con el arma ensangrentada en mis
manos. Mis cómplices observaban impasibles, con una frialdad que hoy me asusta.
«¿Qué harás?», me decía Kukort; «¡Páganos!», decía una joven. Les miré y di las
instrucciones pertinentes. El cuerpo del sultán sería incinerado, y mi ascenso
sería anunciado por todo lo alto como lo mejor que le podría haber pasado al
populacho. Dado que tenía mi amada piedra, una fuente inagotable de oro, los
pobres no tendrían que pagarnos unos impuestos tan elevados. Solo algo
simbólico para evitar que se volviesen perezosos.



