lunes, 24 de febrero de 2014

Alchimiæ 3 (Parte V)


V. Némesis

Los momentos siguientes al magnicidio fueron desconcertantes. El Príncipe de Adab, a quien esperaba ver, no apareció. Por un momento me sentí perdido, sin saber qué hacer, con el arma ensangrentada en mis manos. Mis cómplices observaban impasibles, con una frialdad que hoy me asusta. «¿Qué harás?», me decía Kukort; «¡Páganos!», decía una joven. Les miré y di las instrucciones pertinentes. El cuerpo del sultán sería incinerado, y mi ascenso sería anunciado por todo lo alto como lo mejor que le podría haber pasado al populacho. Dado que tenía mi amada piedra, una fuente inagotable de oro, los pobres no tendrían que pagarnos unos impuestos tan elevados. Solo algo simbólico para evitar que se volviesen perezosos.

lunes, 17 de febrero de 2014

Alchimiæ 3 (Parte IV)


IV. Asclepio

En poco tiempo tuve la mayor botica que un hombre de aquella época hubiese podido imaginar. Tenía en mi bolsillo a comerciantes de todo tipo de regiones, a los guardias de la ciudad, recaudadores de impuestos, bandidos... Cualquiera con un mínimo de repercusión en la pequeña sociedad tenía un pedacito de oro todas las semanas. Los demás miembros de mi gremio permanecían constantemente bajo los efectos de la adormidera. Pronto, incluso la propia realeza tuvo que recurrir a mis servicios.

El día que vi por primera vez al Sultán me saludó por mi nombre. La sensación fue indescriptible, pero no lo suficientemente complaciente. Tuve la sensación de que conocía mis planes, lo vi en sus ojos. Y quizás por eso me encargó un remedio tan particular para la artritis. Lo más normal era pedir cúrcuma, pues eran muchos los males que podía sanar. La planta de la que se obtiene dicha especia, que por cierto se utiliza en la elaboración del curry, tiene una flor preciosa. Nunca faltó en ninguno de mis hogares una Curcuma longa. En su mejor momento los sépalos escondían, como sorpresa para los curiosos, unos detalles rojizos; del mismo cáliz emergían unos brotes naranjas similares a las flores de la Mirabilis jalapa o dondiego de noche; y por último se coronaban con unos magníficos pétalos blancos.

lunes, 10 de febrero de 2014

Alchimiæ 3 (Parte III)



III. Ares

No quería simplemente hacerme con el poder del Sultanato, no. Quería hacerlo de una manera especial. Quería que, primero, se me reconociera como el mejor boticario de la ciudad. Muchos del gremio consiguieron una posición aventajada solo por caprichos del destino y era hora de que ese mismo destino saldase su deuda conmigo, pero con unos intereses muy altos.

Durante mi regreso me recreé en la cara de mis compañeros de oficio. Pensaba en cómo los humillaría, cómo les obligaría a reconocer mi supremacía haciéndoles creer que eso les salvaría. Me veo en la tesitura de explicar que yo no gozaba de buena fama entre los comerciantes. Cuando todo esto ocurrió, no habría sabido explicar el motivo de mi baja reputación. Ahora lo veo todo tan claro...

lunes, 3 de febrero de 2014

Alchimiæ 3 (Parte II)


II. Hebe

Me sentía invencible e inmortal. Me sentía superior a la moralidad y a la ética. Sabía qué era lo que poseía, lo que esa piedra lograba dar a su dueño. Pensaba convertirme en el mejor de los boticarios para así poder llamar la atención del Sultán, introducirme en la corte y, uno a uno, ir comprando a toda su guardia. Entonces lo destronaría y me haría con el reino para después poder conseguirlo todo.

Mi principal problema radicaba en que desconocía cómo usar la reliquia. Malvendí mi tienda, mi casa y todas mis pertenencias para poder dedicarme totalmente a mi objetivo. Emprendí un largo viaje en busca del conocimiento necesario, visité la cuna de la democracia y permanecí allí durante un mes hasta que, finalmente, di con la persona adecuada. Solo el pensar en lo que pasaría después todavía me revuelve el estómago, y ha pasado tanto tiempo... Se trataba de un anciano de larga barba, chepudo y con dificultades para caminar. Él fue quien me indicó mi siguiente objetivo: Una antiquísima biblioteca con docenas de manuscritos sobre incontables temas. Jamás olvidaré la expresión que puso cuando le enseñé la piedra. En sus ojos vi la misma codicia que a mí me poseía desde que tenía uso de razón, vi cómo afloraba la esperanza en el reflejo de una vida desperdiciada buscando lo que yo sostenía en la palma de mi mano.