II. Hebe
Me sentía invencible e inmortal. Me sentía superior a la
moralidad y a la ética. Sabía qué era lo que poseía, lo que esa piedra lograba
dar a su dueño. Pensaba convertirme en el mejor de los boticarios para así
poder llamar la atención del Sultán, introducirme en la corte y, uno a uno, ir
comprando a toda su guardia. Entonces lo destronaría y me haría con el reino
para después poder conseguirlo todo.
Mi principal problema radicaba en que desconocía cómo usar
la reliquia. Malvendí mi tienda, mi casa y todas mis pertenencias para poder
dedicarme totalmente a mi objetivo. Emprendí un largo viaje en busca del
conocimiento necesario, visité la cuna de la democracia y permanecí allí
durante un mes hasta que, finalmente, di con la persona adecuada. Solo el
pensar en lo que pasaría después todavía me revuelve el estómago, y ha pasado
tanto tiempo... Se trataba de un anciano de larga barba, chepudo y con
dificultades para caminar. Él fue quien me indicó mi siguiente objetivo: Una antiquísima biblioteca con docenas de manuscritos sobre incontables temas.
Jamás olvidaré la expresión que puso cuando le enseñé la piedra. En sus ojos vi
la misma codicia que a mí me poseía desde que tenía uso de razón, vi cómo
afloraba la esperanza en el reflejo de una vida desperdiciada buscando lo que yo sostenía en la
palma de mi mano.
Los ahorros estaban a punto de acabárseme. De haber tardado
un par de días más en encontrar al desquiciado anciano, posiblemente habría
fracasado en mi misión. Algo me decía que había sido el Príncipe de Adab quien
había contribuido como fuere a que me encontrara con este desgraciado. Esa
mirada vacía, esa mirada hundida en las cuencas... Me producía un tremendo
malestar. Tenía la cara totalmente marcada por la vejez y los dientes negros.
¿Sería descabellado pensar que el propio Príncipe le hubiera dado ese aspecto?
En cualquier caso, por aquel entonces yo no reparé demasiado en las bondades y poderes del extraño visitante. Quería mi poder y eso me cegaba.
El anciano me guió hasta una antiquísima construcción,
similar a un templo. El lugar tenía una puerta que en su momento me pareció
mágica: ¡Se abría sola! Bastaba con encender un fuego en un pequeño altar y el mismo humo
te permitía adentrarte en la nueva sala. A diferencia del resto del ruinoso
lugar, me encontraba en una estancia impecable sobre la que no había actuado
aún el paso del tiempo. Era la biblioteca de la que me habló, y nada tenía que
ver con aquella de mis sueños. Llegados a este punto debo decir que mis sueños
se habían convertido en pesadillas. Las plantas habían muerto, el agua ya no
recorría los canalillos y los manuscritos eran cenizas. Sin embargo mi posesión,
la obra principal, permanecía impasible y me atrevería a decir que más grande. Allí,
ansioso, me explicó cómo utilizar la Piedra. ¡Pude ver con mis propios ojos
cómo el puñal de hierro que llevaba conmigo se convertía en oro! ¡Había
asistido a mi primera transmutación! ¡Su brillo era tan deslumbrante, tan
puro...! Ávido, cogí el puñal y lo observé boquiabierto como si de una deidad
se tratara. El anciano se quedó observándome, esperando el momento para
explicarme otro de los poderes del artefacto: El de otorgar la vida eterna. No
puedo explicar cómo lo hizo, ni cómo realizó la transmutación. Él no me lo permite, no quiere que lo
haga. Una vez hubo preparado el brebaje, el viejo bebió. Una imponente y
cegadora luz lo envolvió durante unos instantes. Cuando pude volver a abrir los
ojos, lo que tenía ante mí era a un hombre que rondaba la treintena.
Inmediatamente, sin pensarlo, le clavé el puñal en el
cuello. Nadie iba a arrebatarme tal poder, no me iban a impedir cumplir con mi
deseo ni tampoco hacerme con la vida eterna. Tomé del amargo preparado y volví
a nacer. El breve lapso de tiempo que duró la transformación fue increíblemente
doloroso, y posiblemente lo más similar a morir que pueda experimentar jamás.
Lo primero que me vino a la mente fue que había asesinado a
alguien, pero jamás pensé que me sentiría como lo hice. Su cuerpo permanecía
inerte, ensangrentando el suelo de la estancia. Tenía los ojos abiertos con una
expresión que se me antojó ridícula, pero no sabría explicar el motivo. Esbocé
una macabra sonrisa debida no solo a la mueca de mi pecado, también a mi
sensación de invencibilidad. Me sentía invencible, aunque realmente estaba
vacío. Me daba igual si ese hombre vivía o moría y solo ahora me doy cuenta de
lo terrorífico que es eso. De hecho, lo observaba con aires de superioridad.
«¡Vive para siempre!», le gritaba riendo. «¡Vamos! ¡Vive eternamente! ¡Intenta
arrebatarme el poder ahora!»
Tras unos minutos burlándome, recordé que yo también había rejuvenecido. Me miré las manos y toqué mis mejillas. No tenía arrugas ni marcas o cicatrices, me parecía increíble. Me pregunté si tendría la misma cara o, por el contrario, me habría cambiado, pues desconocía si la piedra tenía la habilidad de dar la belleza. Me acerqué al charco de sangre como el que se acerca al filo de un abismo para enfrentarse a la profundidad de sus miedos y rendirse a ellos; me asomé, no sin cierto morbo, para ver la monstruosa expresión de un asesino. Sonreí. Era el mismo, pero podía ver en esos ojos el peso de mis pecados; era el mismo pero mi rostro se había vuelto más bello, más perfecto. Rebosaba orgullo, prepotencia, maldad y satisfacción. Tras unos segundos de ubérrimo narcisismo, recordé que mi potencial no descansaba en mi belleza, ni mi poder se basaría en mi carisma o en mi semblante, sino en mi oro. En este mundo de corrupción no mandan los que poseen el atractivo para encandilar con el guiño de sus ojos; los que dominan las buenas palabras ni los que pretenden sacar al mendigo de su inmundicia con una sonrisa. No. La capacidad de convencer a las masas son solo una herramienta para obtener el dinero necesario para hacerse con el poder. El que consigue información también la usa para alcanzar dicha meta ya sea a través del chantaje o de la venta. El oro lo es todo en el mundo, y yo tenía una fuerta inagotable.

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