Cuenta la leyenda que en los bosques que hay a las fueras
vive una mujer de apariencia joven pero de presencia ancestral. Quienes la han
visto aseguran que no hay nadie igual. Tiene el pelo largo, dorado pero más
bonito que el propio oro. Tiene los ojos verdes, transparentes; que no ocultan
nada y pueden verlo todo. Ella no escucha las palabras: Ve nuestros
pensamientos y conoce nuestro interior.
Por lo que cuentan, sabe que toda sombra tiene el poder de dar luz con solo decírselo a quien Ella más ama. Su voz es más suave que la del más dulce de los violines, y estremece el corazón de aquellos que la precisan. Dice la leyenda que no es una mujer que se aparezca a quien Ella desee, sino a quien se lo pida.
Por lo que cuentan, sabe que toda sombra tiene el poder de dar luz con solo decírselo a quien Ella más ama. Su voz es más suave que la del más dulce de los violines, y estremece el corazón de aquellos que la precisan. Dice la leyenda que no es una mujer que se aparezca a quien Ella desee, sino a quien se lo pida.
Era un día de primavera, de los últimos en los que refresca por la tarde, cuando me decidí a conocerla. Quería verla de la misma manera que lo habían hecho otros antes que yo. Y mi alma me pedía a gritos abrazar tan cálido ser. Aunque es bien sabido que no es oro todo lo que reluce, y bien podría ser que esta fantástica mujer no fuese quien dice ser, sino una especie de ente demoníaco, engeridor de almas y con un odio profundo a aquellos que osen molestarle.
Con el sol ya cediendo ante el poder de la noche, pude ver cómo las hojas que caían al suelo no llegaban a tocarlo. Prendían en un fuego infinito que nunca se apagaba. Y el suelo de aquel bosque permanecía impoluto. Había algo o alguien que se encargaba de mantenerlo en ese estado.
Mi alma podía sentir las señales que le indicaban hacia dónde tenía que caminar par dar con la dama del bosque. El ambiente olía de una manera muy especial. Me recordaba a mis días de niño. Ese olor a tierra mojada, a flores, romero… A campo. Pero por donde caminaba la tierra estaba seca, y no manchaba lo más mínimo. Tampoco podía ver el romero, y muchísimo menos las flores. No al menos en aquel momento.
Tras caminar en el más absoluto silencio y la más maravillosa de las soledades, mi corazón se aceleró de alegría. “Está cerca”, pensé. Y entonces pude ver cómo el césped manaba de una fuente de luz, y se extendía por todo el bosque. A su vez, flores de todo color y tipo crecían vivas, rebosantes de alegría, por ese prado sobrenatural. Entonces pude fijarme en que la luz avanzaba hacia mí. No me cegaba, y pese a ser una luz, no se parecía a nada que hubiera visto. No veía una fuente de energía. Veía un ser en estado puro, una conciencia al natural. Era la personificación de la alegría, de la paz y el amor infinito de una madre a su hijo.
Y yo me sentí tan tranquilo, tan querido, que pude comprender que no podía ser de ningún modo un ente del averno. Porque no creo que nadie que albergue odio en su interior sea capaz de transmitir esos sentimientos. Cuando estaba a unos cuarenta metros de mí, la luz empezó a perfilarse como una mujer. Una mujer con el pelo dorado, más bonito que el propio oro. Con unos ojos verdes, transparentes, indescriptibles. Llevaba un vestido de luz blanca, largo e inmaculado. Muy suave y que no generaba sombra como cualquier luz normal. Entonces me percaté de algo… Y es que aquella mujer olía a rosas. Mejor que a rosas. De hecho, eran las rosas lo que crecían más cerca de donde Ella se encontraba.
En ese momento comprendí quién era Ella y qué hacía ahí. Ella no piensa que toda sombra puede dar luz. Ella sabe que no hay rincón lo suficientemente oscuro en el mundo ni humano lo suficientemente malvado. Me reveló cosas que no puedo decir. Sobre mí, sobre el futuro, sobre todos.
Dice que caminemos conscientes de nuestros errores, teniendo muy presente que nuestros pecados siempre nos acompañarán. Pero que Ella caminará a nuestro lado, vistiendo ese traje de luz blanca para hacer que todo rincón oscuro pueda brillar. Pide que escuchemos, para que la Verdad también pueda ir de nuestro lado. Que aprendamos a esperar y que no temamos a los demonios. Porque no hay criatura que pueda dañarla.
Imagen sacada de aquí.

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