IV. Aquí y ahora
La noche anterior se había alargado hasta altas horas de la
madrugada. La calma del pueblo, la música de Akeboshi y el despertar de un Ale
menos introvertido habían sido los ingredientes de un recuerdo que se había
grabado a fuego en las almas de los dos jóvenes.
La tranquilidad volvía a ser la protagonista a la mañana
siguiente. Akeboshi no había podido pegar ojo. Se había despedido de Ale en las
escaleras de la iglesia y se perdió entre las callejuelas de Alentis, por donde
había vagado durante unas horas con la única compañía de la música. Un sinfín
de sentimientos chocaban en su corazón, pues era consciente de que la despedida
estaba muy cerca.
Cogió su guitarra y subió monte arriba y esperó entre
lágrimas a que surgiese el Sol. No quería que Ale sufriera más de la cuenta, no
quería que supiese que él nunca más podría volver a Alentis. Había visto en
aquel chico un reflejo de lo que él había sido, y sabía qué era estar solo.
Conocía esa sensación de abandono y ese dolor. Se había convertido en un ídolo
para Ale, en algo más que un amigo. Su corazón lo había adoptado como a un
hermano mayor. Le era tan doloroso despedirse... Le era tan doloroso saber que
posiblemente jamás volverían a verse...
Sabía que Ale no lo comprendería, que le pediría su
teléfono, o su dirección. Y con todo el dolor de su corazón lo único que podía
hacer era dejarlo marchar, porque era la única manera que conocía de permanecer
inmutable en el corazón de otra persona. Así el tiempo pasaría, y el cariño que
había florecido en Ale jamás podría mancharse. Estaba seguro de que sucedería
así porque había visto en ese chico un reflejo de él mismo: Los mismos miedos
que tenía él, las mismas ilusiones, el mismo amor por la vida... «No... Él no
me olvidará. No podrá, de la misma manera que yo no podré olvidarle a él», se
dijo.
Con los primeros esbozos del alba, y mirando al horizonte
cogió su guitarra. Llorando, empezó a tocar una de sus canciones favoritas. «No
te vayas... Di lo que quieras, pero di que te quedas para siempre y un día en
el tiempo de mi vida. Porque necesito tiempo, más tiempo para hacer las cosas
bien...»
—¿Ake, estás bien? —Akeboshi se asustó y se secó rápidamente
las lágrimas.
—¡Ale! ¿Qué haces tan pronto? —preguntó sorprendido
.
—No podía dormirme y decidí subir a ver el amanecer. —Su
amigo sonrió, todavía con los ojos llorosos— No me has dicho qué te pasa... —Se
sentó frente a él.
—Nada... Que me acuerdo de gente. Gente que no he vuelto a
ver. Y me emociono con esta canción.
—¿De quién? —Akeboshi no dijo nada. De responder, mentiría a
Ale y jamás se lo perdonaría.
—¿Conocías la canción que estaba tocando?
—Pues... —No, a decir verdad. —respondió avergonzado. Ake le
despeinó amistosamente.
—¡No te sonrojes si no conoces una canción! Se llama Don’t go away.
—La letra parece preciosa.
—Lo es... Aunque es en inglés realmente. Yo la adapté.
—Pues te ha quedado genial, ¡tienes alma de músico!
—Akeboshi sonrió.
—¡No me importaría ser músico! —Ale le devolvió la sonrisa.
—Yo no sé qué quiero ser, a decir verdad. Pero bueno, aún
tengo tiempo para decidirme.
—No te preocupes por eso tío. Ya te llegará el elegir.
¿Quieres escuchar más de la canción? —Ale asintió.
—¿Puedo grabarte con mi móvil? ¡Seguro que querré escucharla
más veces!
—¡Claro!
Akeboshi comenzó a tocar y cerró los ojos. Tras unos
segundos, empezó a desahogarse mientras se contenía las lágrimas. Su amigo no
era consciente, pero para él eso era el adiós, la despedida. “¡Maldita mi
educación! No encuentro las palabras para expresar lo que siente mi corazón”,
decía la canción. Y él no podía sentirse más identificado. La tristeza de saber
que no volvería era insoportable, pero se iba contento porque había ayudado a
alguien, porque había cambiado la rutina de alguien y su forma de ver el mundo.
Esperaba de todo corazón que ese chico pudiese ser siempre feliz, porque había
visto en su interior y realmente era bueno. «Ojalá te des cuenta Ale... Ojalá
te des cuenta de la persona tan genial que eres», pensó. Y tras unos últimos
acordes, acabó la canción.
—Akeboshi... ¿Por quién lloras? ¿Te acuerdas de alguna
novia?
—No. Es por un hermano.
—¿Murió? —preguntó tímidamente.
—No, nada de eso. No te preocupes, no es grave. Es solo que
a veces el mundo se hace demasiado grande. —Akeboshi sonrió de nuevo, y eso a
Ale le encantaba. Siempre tenía otra sonrisa.
—Pensé que era por alguna novia, y ya te iba a pegar.
—¿Por?
—¡Yo nunca he tenido novia! Así que eso es más triste que el
tenerla y que sea idiota.
—¡Yo tampoco he tenido novia! —Ale se sorprendió y le miró
con expresión de sospecha.
—No me lo creo... ¿Eres marica?
—¿Pero qué...? ¡No! —responió Akeboshi mientras le daba un
pequeño empujón— Simplemente no quiero. Estoy bien así.
—Yo creo que tendré una novia guay —dijo con un brillo en
los ojos—, ¡y que me casaré con ella!
El sol había salido por completo, bañando todo el paisaje
con ese cálido tono dorado propio de los campos castizos que tantas almas de
artistas había estremecido. Ale le pidió que tocara una vez más Where the streets have no name para que
pudiese grabarla también con su teléfono, y cuando acabó de interpretarla, le
aplaudió sonriendo. «¡Me encanta cómo tocas!», le dijo. Y Akeboshi deseó poder
grabar esa frase.
Pasaron el resto del día juntos. Fueron a unas antiguas
ruinas que había cerca del lugar donde se conocieron, después se bañaron en el
río y volvieron a visitar la tumba del Señor Vértigo. Aquella fue la primera
vez que Ale fue a visitar a su mascota sin un vacío en el pecho. Se acercó la
hora de la comida, pero ninguno quiso irse a casa, por lo que buscaron un sitio
cerca de la orilla donde tumbarse a la sombra. Y Ale estaba rebosante de
alegría, por compartir todos esos rincones tan suyos con otra persona. Acabaron
durmiéndose, y cuando se despertaron ya eran las seis de la tarde. Aunque el
hambre les podía, siguieron ahí. Akeboshi empezó a tocar notas sueltas con la
guitarra mientras pensaba.
—¿Sabes? —dijo— Lo que dijiste de que conocerías a una chica
genial y te casarías con ella me ha recordado una canción.
—¿Me la cantarás?
—No sé cantarla. Pero recuerdo una frase. La canción trata
sobre un chico bastante tímido, y con la autoestima muy baja pero muy
romántico. El chico tiene un flechazo, pero intenta quitarse la idea de la
cabeza porque todo el mundo le dice que esas cosas de conocer a la chica
perfecta y que el amor sea correspondido no ocurre nunca. —Ale me miraba con
atención.— Un día, las amigas de la chica se dan cuenta de que él la está mirando
y empiezan a cuchichear y a decirle que deje de mirarles. “¡Aléjate,
perdedor!”, decían. En ese momento, la chica que a él le gustaba saltó a
defenderle diciendo que ella le conocía. Le preguntó si unos dibujos que había
hecho en su pupitre eran suyos. Él asintió, pensando que sería ridiculizado
otra vez pero, ¿sabes qué dijo entonces la muchacha? Que le encantaban ese tipo
de cosas. Así se conocieron, y al final de la canción acaban juntos. Ahí es
cuando se dice la frase que siempre recuerdo.
—¿Y qué frase es? —preguntó atentamente.
—“El chico te conoció y encontró el significado de su vida,
convirtiéndose en el caballero que te protegerá. Algún día, la mano izquierda
de él y la derecha de ella se sostendrán para jamás soltarse.” —Ale sonrió.
—¡Es muy bonita esa historia! Aunque has dicho dos frases,
no una. —le regaló una sonrisa picaresca.
—¡No me seas tiquismiquis! —El móvil de Akeboshi vibró.
Alguien le estaba llamando— Me tengo que ir Ale. —Le abrazó conteniéndose con
todas sus fuerzas, pero no pudo evitar que su amigo comprendiese lo que
sucedía.
—¿Volveremos a vernos? —preguntó llorando.
—Espero que sí, te lo digo de corazón. Eres un tío cojonudo.
—No pudo evitar estallar en un amargo llanto— No dejes que la gente te cambie
Ale, no dejes que nadie te hunda jamás porque eres la persona más genial que he
conocido. Que nada te cambie tu forma de ver el mundo porque solo así podrás
convertirte en el caballero de una hermosa chica.
—Lo de que eres genial tengo que decirlo yo, no me robes las
frases... Eres tú el que en tres días ha cambiado mi forma de ver el mundo...
—Yo no cambié nada. Solo te quité la venda que te habías
puesto. —Cogió su guitarra— Cuídate, ¿vale? Y no me olvides...
—No lo haré. —Akeboshi avanzó unos pocos metros. Ale no se
movió: Estaba quieto como una estatua, con los ojos envueltos en lágrimas.
—Una cosa más... Lamento no haberte dicho que me iba hoy.
—Sabías que entonces no habría sido un día tan especial.
—Akeboshi no dijo nada— Solo regálame otra vez una de tus sonrisas. —Así lo
hizo— Adiós, Akeboshi.
—Nunca le digas adiós a alguien que esperas volver a ver.
Hasta luego, Ale de Alentis.
—Hasta luego, Akeboshi.
Y como había venido, se fue. Ale se sentó y lloró
amargamente. Por fin había tenido un amigo de verdad, un herman y solo habían
coincidido tres días. Le parecía injusto. Escuchó las canciones que había
grabado hasta que se quedó sin batería. Se preguntó si de la partida de
Akeboshi podía sacar algo positivo. Sabía que el conocerle había sido una buena
experiencia para él, porque había comprendido que no tenía que huir de los
demás, ni recluirse en rincones bonitos, ni fingir ser algo que no era. Pero
perderle... Eso era distinto.
«Quizás... No. Seguro... Seguro que el año que viene volveré
a verle. Que coincidiremos otra vez en el monte, y podré demostrarle lo que he
cambiado», se decía para animarse.
Pasó todo el verano con la esperanza de que lo vería de
nuevo. Pero ese verano no volvió. Pasó todo el curso pensando en que volvería a
verlo al año siguiente. Pero al verano siguiente no volvió. Pasó otro curso
pensando en que entonces, volvería a verlo dos años después de su partida. Pero
un verano más, no volvió.
Con el paso del tiempo perdió las esperanzas de volver
a verle, pero nunca pudo olvidarse de él. Cada año que pasaba, lo vivió
esperando su regreso y esforzándose por ser quien era realmente. Sin vendas,
sin mentiras. Pero jamás comprendió por qué Dios no le permitió volver a verle.Continúa aquí...
No hay comentarios:
Publicar un comentario