lunes, 30 de diciembre de 2013

Alentis (Parte III)


III. El desentierro

La noche había llegado y con ella, los nervios. Las ganas de explorar, de colarse en la cripta, de ir en busca del misterio se juntaban con una llamarada de vida que ardía con fuerza en las almas de los dos jóvenes. ¿Y si aparecía un fantasma? ¿Y si les pillaba alguien vivo? Sea como fuere, hoy iba a ser una de esas noches irrepetibles que perduran en la memoria año tras año.

Ale estuvo un buen rato contemplando las estrellas y enseñándole a Akeboshi todas las constelaciones que conocía y se podían ver en verano. Le habría gustado mostrarle Orión, y hablar sobre muchos de los misterios que la envolvían, pero esa era una historia que reservaría para más adelante: Cuando quedasen en invierno.

Poco a poco la temática paranormal fue surgiendo entre los muchachos, y cada ruido en las sombras se tornaba en una amenaza mortal y desconocida. El miedo no podía hacer sombra al entusiasmo, y no podía con la sensación de seguridad que se daban mutuamente. Bajaron el monte hasta la cerca del camposanto y armados de valor, lo atravesaron. Sin prisa pero sin pausa. Estaban esperando algún fantasma y las leyendas en Alentis no escaseaban.

Llegaron finalmente a la portezuela trasera de la iglesia. El corazón les latía con una intensidad casi mágica. Ale estaba dispuesto a sorprender a Akeboshi. Él era el que se conocía Alentis. Era el que tenía que guiar la expedición, y quería demostrar que no temía nada. Agarró la aldaba de hierro y empujó.

—Cerrada... —dijo desanimado.

—¿Y si tiras? —Ale probó. No hubo suerte.

—¡También nosotros somos idiotas! ¿Cómo iban a dejar abierta la iglesia? —Akeboshi rió.

—Bueno pequeñajo, que tampoco es el fin del mundo. Parece que la puerta se abre desde dentro. Con suerte no tiene echado el cerrojo y puedo abrirla.

—¿Cómo? —preguntó Ale.

—Con una tarjeta. —Tal y como lo proponía, sonaba realmente convincente— Alúmbrame.
Akeboshi abrió su cartera. A Ale se le pasó por la mente echar un vistazo y ver si conseguía leer su verdadero nombre. Descartó la idea en el acto, pues no quería que su amistad perdiese la magia. Tras unos diez minutos intentándolo, la puerta cedió. La iglesia les había dejado pasar, poniendo a su disposición todos los secretos y misterios que albergaba.

Ale tragó saliva y entró decidido. Estaban en un salón, con una mesa de comedor en el centro que tendría unos cinco metros de largo. Las imágenes de la Virgen y los santos proyectaban sombras siniestras, como si sacasen a relucir un lado diabólico.

—Ale, ¿tú crees en Dios?

—Sí. Bueno, no es que sea de rezar pero algo tiene que haber ahí arriba.

—Entonces deja de temblar, que estamos en una iglesia. —Ale le dio en el brazo.

—¿Y tú? ¿Crees en Dios?

—Claro. ¿En qué cabeza cabe que todo lo que existe haya surgido de la nada y producto del azar? Es como defender que algún cuadro importante como “Las Meninas” se hubiese pintado al caer unas gotas de pintura que nadie tiró en una tela que nadie puso ahí.

—Somos demasiado idiotas como para poder comprenderlo todo. Pero quizás Dios nazca de ese desconocimiento y nada más.—El debate teológico siguió su curso mientras buscaban la entrada de la cripta.

—Ale, creo que es aquí.

Se encontraban ante una pequeña puerta de barrotes metálicos, de un metro veinte de altura. Daba directamente a unas escaleras de piedra con un techo arqueado que se desvanecían en una oscuridad total. Dicha lobreguez desprendía un ambiente húmedo y frío. Akeboshi notó una presión en su  brazo derecho. Se giró y no pudo evitar esbozar una sonrisa al ver que su amigo se escondía detrás de él. Sin darse cuenta, Ale había buscado su protección. Y por lo poco que sabía de él, deducía que eso indicaba que en solo dos días había logrado ganarse su confianza y admiración. Tras la sonrisa le invadió una tristeza inmensa, pues sabía cómo acabaría aquello.

—Tú primero Ake.

Descendieron poco a poco, sumergiéndose en las tinieblas de aquel lugar. Las columnas románicas, así como las bóvedas, parecían multiplicarse hasta el infinito. Ale no pudo evitar preguntarse qué hacía ahí. Estaba asustado por los ruidos lejanos que fluían por toda la estancia. Más que eso. Estaba asustado porque sentía que algo malo iba a surgir de repente de aquel vacío. Y por si los seres fantasmagóricos fueran poco, también estaban los vivos. «Como alguien nos vea aquí se nos cae el pelo seguro», pensaba.
Siguieron avanzando bordeando la estancia para evitar perderse, hasta que llegaron a un pequeño altar lleno de telarañas. Había un cuadro que representaba la adoración de los pastores al niño Jesús en el pesebre. El pequeño descansaba en una cuna improvisada bajo la atenta mirada de su madre y le envolvía una luz brillante, cegadora. Tres pastores hablaban entre ellos, asombrados y con la dicha en sus rostros.

—Qué curioso. Este cuadro es mucho más moderno que la cripta.

—Será —dijo Ale con voz temblorosa— que han estado usando este lugar hasta hace poco. —Akeboshi se giró y le miró.

—¿Quieres que nos vayamos? —Preguntó.

—¿Irnos? ¿Por qué?

—Porque estás acongojado.

—Mentira. —Dijo apartando la mirada.

—Siempre que mientes desvías la mirada al suelo. —Ambos chicos estuvieron en silencio durante unos segundos. Un extraño crujido se escuchó en la parte izquierda— ¿Nos vamos?

—Sí por favor.

Una vez fuera, Ale suspiró con alivio y se sentó en las escaleras frontales de la iglesia. Akeboshi se puso a su lado sin decir nada. La noche se había vuelto más fría pero todo el miedo se había quedado atrás.

—Pues nada... Y yo que te quería enseñar la cripta y demostrar que era valiente...

—No tenías que demostrar nada. No te deprimas por eso Ale.

—Para ti es fácil decirlo... Tú eres valiente y más grande que yo. Puedes defenderte fácilmente...

—Pero no todo en esta vida es defenderse a puñetazos ni imponerse por la fuerza a los demás. Eres como eres Ale, acéptalo.

—Ya, claro. —Suspiró.

—¿Sabes qué vas a conseguir fingiendo ser alguien que no eres? Atraer a la gente equivocada. Hacer que las personas que estén cerca de ti, y me refiero a amistades, lo estén no por cómo eres sino por cómo aparentas ser. ¿Y el día que descubran que les mientes qué crees que pasará? —Hubo un breve silencio.

—Lo de siempre, supongo. Que se meterán conmigo. Como hace todo el mundo. —Ale agachó la cabeza.

—Yo no me meto contigo. Bueno alguna vez, pero no en serio.

—Ya lo sé...

—¿Has fingido conmigo ser quien no eres?

—No. De haberlo hecho, habría sido injusto pedirte que tú no fingieses cuando nos conocimos. —Miró al cielo pensando— Aunque bueno, quise demostrarte que soy valiente cuando no lo soy...

—A mí me parece que eres un chico con muchísimo coraje. Es más valiente el que se muestra tal y como es que el que se atreve a adentrarse en una cripta oscura y tétrica. —dijo Akeboshi con esa sonrisa tan característica, tan contagiosa— Mejor solo que mal acompañado. Pero tú no estás solo, me tienes a mí.

—Sí. Nos conocemos desde hace poco y ya somos grandes amigos. Espero que siempre lo seamos. —Akeboshi apartó la mirada durante un instante.

—Siempre te tendré cariño Ale. Eres un chico fantástico, y creo que harás mucho bien en tu vida. —Su amigo se sonrojó ante este comentario.

—No sabré nunca nada de ti, ¿verdad? De dónde vienes, o dónde vives. Sé que me has dicho varias veces que no me lo dirás pero... Me puede.

—¿Realmente quieres que te lo diga?
La manera en que lo había preguntado había dejado claro que iba en serio. Ale se percató de que si decía que sí, Akeboshi le revelaría su nombre y dónde vivía. Sabría de dónde venía, qué había hecho con su vida. No se esperaba para nada que fuese a acceder, y se planteó si realmente quería saberlo. «Es como un truco de magia», se dijo.

Para él, Akeboshi se había convertido en el amigo perfecto. Más que eso: Era como un hermano mayor. Nunca había sentido algo así con nadie. Esa sensación de conocerse de siempre, de tranquilidad, de seguridad. Seguro que Akeboshi tenía defectos, seguro que había cometido errores en el pasado al igual que él. Pero a diferencia de Ale, él respetaba su pasado y su anonimato.

—¿Me prometes que siempre estarás en mi vida?

—Te lo prometo. Siempre estaré contigo, y tú siempre estarás en mi vida.

El tiempo siguió avanzando con los dos chicos sentados en las escaleras de la iglesia, charlando. Aquella noche descubrieron que escuchaban la misma música, aunque Akeboshi tenía muchísima más cultura en ese ámbito. De hecho, era todo un experto en rock y sus variantes aunque no se había quedado estancado en ese género como sí lo estaba Ale. Había decidido explorar otros estilos, otros ritmos. Y había descubierto piezas maravillosas.

Akeboshi no dudó en prestar su reproductor de música para que su amigo le echara un vistazo. Las horas siguieron pasando entre melodías, y Ale no paraba de empaparse con el momento. «Carpe diem», porque sabía que esa noche sería única e irrepetible y no quería olvidarla por nada del mundo.
—Esta música me recuerda al Parque del Capricho de Madrid. —Akeboshi echó un vistazo al reproductor para ver a qué estilo se refería Ale.

—Es Post Rock. A mí también me transporta. ¿Sueles ir a ese parque?

—Solo en primavera. Algunos sábados por la mañana.

—Tendré que probar a pasear por ahí con esta música. Aunque nunca he estado.

—¿No? ¡Pues seguro que te parece un sitio precioso!

—¡Mírate! ¡Y yo que pensaba que Alentis era tu único rinconcito! —Ale sonrió.

—Bueno... Lo cierto es que nunca lo había mirado así... Solo como un sitio al que ir para despejarme.

—Me alegra que empieces a darte cuenta de que la vida no es tan mala como la pintas.

—Supongo que estoy empezando a mirar.

Continúa aquí...

lunes, 23 de diciembre de 2013

Alentis (Parte II)



II. Es hora

Eran las diez de la mañana y Ale no había podido dormir. El encuentro del día anterior con aquel chico le había animado. Tenía algo que le incitaba a ser su amigo, a querer estar con él, a querer escuchar todo lo que tenía que decir. Sentía que había encontrado alguien que le entendería. Por otro lado, no podía evitar darle vueltas a eso mismo: Estaba ilusionado con una persona que acababa de conocer, de la que no sabía ni su nombre, ni su edad... Nada. Y ya quería volver a verle, quería aprender de esa persona.

Las calles del pueblo estaban desiertas. Caminó hacia el sur. A unos minutos andando había un riachuelo y le apetecía pasear por ahí: En todo el verano aún no se había dignado a visitar la pequeña tumba de su anterior gato. Por el camino cogió un par de flores para llevárselas al Señor Vértigo. Le supuso un duro golpe la pérdida de su mejor amigo y aunque ya habían pasado cuatro años, seguía recordándolo. Siempre le habían gustado los árboles, las estanterías... Cualquier sitio alto de la casa escondía un juguete del Señor Vértigo. Y fue esa pasión por las alturas, por querer llegar más alto, lo que al final acabó con su corta vida. «La curiosidad al final sí que mató al gato», se lamentaba Ale.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Alentis (Parte I)



Esta semana comienzo a publicar un relato que no tiene nada que ver con el anterior. Me gustaría explicar qué es Alentis, qué representa todo esto. Pero creo que sería incapaz de hacerlo sin recurrir a "destripes". Así que me reservaré los comentarios importantes para un epílogo donde por supuesto añadiré las correspondientes curiosidades.

Os presento un relato con muy pocos personajes, donde se podría decir que en cierto modo no es que pase gran cosa pero realmente suceden muchas. Alentis trata de una amistad, ni más ni menos. Una amistad de las que, creo, todos tenemos: de las que nos marcan de por vida para bien. Pero también es mucho más... Descubridlo tras el salto. ¡Espero que os guste!

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Zeppelin (Parte IV, final)


Bienvenidos a esta última parte de Zeppelin. ¡Espero que os haya gustado! Tras el final del relato veréis una lista de curiosidades sobre la historia (de dónde vienen los nombres, qué significan ciertos términos japoneses, etc). Muchas gracias por haberme leído. La semana que viene os traeré un nuevo relato que, como este, publicaré semanalmente. Como este último "capítulo" es relativamente corto, he querido adelantarlo para así acelerar la presentación de mi próximo escrito. ¡Saludos!

IV. Epílogo

Las colegialas no salían de su asombro. Haru estaba fascinada, con el malestar que deja detrás de sí una narración tan macabra. Akari estaba estupefacta: ¿Cómo podía nadie creer semejante historia? Aún así le había picado el gusanillo de la curiosidad y se pondría a investigar en casa. Shinju se levantó:

—Bueno, ¿qué os parece si nos vamos de compras o algo?

—¿Cómo puedes estar como si nada? —Espetó Haru.

—Solo son historias... —Dijo Akari.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Zeppelin (Parte III)



III. El ángel del infierno

El reconfortante sonido del avión en pleno vuelo no parecía sacar a Vesper de sus pensamientos. No podía olvidar la visión tétrica de aquel pueblo, no podía olvidar las sensaciones que le invadieron cuando pudo contemplar el ídolo. Y sobre todo, no soportaba la idea de tener que deshacerse de él como pretendía Kenji.

Una y otra vez intentaba imaginar qué había sucedido ahí, con esos habitantes. Sin duda habían sido capaces de dominar toda la furia contenida en esa sencilla figura. Pero ella sabía que podía hacerlo. Sabía que podría dominarlo todo gracias a toda su magia.


—Creo que la figura quedará bien en el salón. Junto con las marionetas indonesias. —Dijo.

—¿Qué? ¿Por qué?  —Kenji se sorprendió— ¿No íbamos a venderlas? Además, no tienen nada en común con las marionetas indonesias, ¿por qué quieres ponerlo con ellas? —Vesper se sintió decepcionada.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Zeppelin (Parte II)


Bienvenidos a la segunda parte de Zeppelin. Antes de empezar quiero comentar que puede haber ciertas descripciones que sean contradictorias entre ellas. Esto no es ningún error, está hecho a propósito. También quisiera aclarar que cada parte no es un relato en sí, sino que todas forman un relato. De estar en un libro, estaría todo junto. En la parte final incluiré una lista de curiosidades. ¡Espero que sigáis disfrutando de la historia!

II. Sensaciones

Las gotas golpeaban la lucerna rompiendo el silencio de la madrugada. Vesper levantó la mirada hacia el tragaluz. Aún era de noche. Se giró hacia el despertador y comprobó que faltaba un minuto para que sonara. Entonces serían las seis. Al otro lado, la cama estaba vacía: Su marido Kenji ya se había levantado. Posiblemente había bajado al gimnasio del hotel.

Vesper se había despertado con una extraña sensación en el pecho. A decir verdad, siempre había sido una chica algo supersticiosa pese a que su padre, de origen inglés, le había enseñado a tener un punto de vista escéptico ante todas las leyendas y mitos que pueblan el mundo. Fue su madre, japonesa, quien le contaba desde pequeña historias de los Yūrei, Yuki-onna, Gakis, Tsukumogamis y otras criaturas. Inevitablemente la muchacha terminó siendo una experta en mitología japonesa. Había que añadirle el hecho de que había nacido y crecido en el Estado de Washington, un lugar donde leyendas como el Bigfoot estaban aún presentes con mucha fuerza. Al final acabó convirtiéndose en una chica que pasaba más tiempo en el mundo de los cuentos que en el mundo real.

Se incorporó, suspiró, fue al baño y se miró al espejo. Sentía que aún no se había desprendido de sus experiencias oníricas; que los fantasmas de sus sueños seguían en la casa y en el aire. Encendió la radio para desconectar de todo aquello. Se lavó la cara y se miró nuevamente al espejo con las gotas resbalando por sus mejillas. «¿Qué te pasa Vesper?», se decía. «¿Por qué esta agustia?»

jueves, 28 de noviembre de 2013

Dos poemas a la luz de las velas


Hoy os traigo dos poemas: Uno cortito y otro algo largo que escribí hace algún tiempo. La poesía es algo que no se me da demasiado bien, pero lo intento. Aunque cada vez menos. Creo que en estas dos conseguí plasmar lo que buscaba compartir en aquellos momentos. En uno, trato el tema de dos personas que se aman pero que por las circunstancias les es imposible estar juntos. Esa es la pequeña metáfora. No me gustan los poemas que riman con verbos, pero a estos catorce versos les tengo un cariño especial. Tras el salto tenéis el otro poema.

¿Por qué llegas, noche, tan oscura
triste y llena de amargura?
No llores más, luna de marfil
Que el sol sin ti no podrá vivir.
Guarda las estrellas que derramaste:
Lágrimas de metal que un día lloraste.

¿Es que no sabes que sin noche no hay día?
¿No hay sonrisas, esperanza ni alegría?
No sufras por una tontería
porque el día menos pensado,
de un beso dejaréis al mundo eclipsado
demostrando que todo es posible en la vida.
Porque habéis unido lo que no se podía...
Porque habéis unido la noche y el día...


martes, 26 de noviembre de 2013

Zeppelin

Prólogo

Antes de empezar con lo que es el relato en sí, quisiera explicar algo. Zeppelin es una historia que escribí hace muchos años y que hace meses decidí rehacer dando mayor importancia a los personajes, sus pensamientos, sus temores, etc.

Quiero agradecer a Aura que me criticara tanto Zeppelin hace algunos años. Nunca olvidé que prometí dar lo mejor de mí mismo en este relato. En él fusiono dos cosas que me fascinan: Los mitos de Cthulhu y la cultura japonesa (concretamente la idea de la chica de infierno o "Jigoku Shoujo"). Pensé que sería genial que alguien hiciera esta extraña mezcla así que decidí hacerla yo. Según escribía sobre ella, sobre su historia, me fui dando cuenta de que mi chica del infierno iba volviéndose única, y así es. Admito que tiene como base un personaje ya creado y quizás eso no guste a algunos. Pero al final me ha salido un personaje mío. Un personaje que decidí trabajar mucho más en relatos posteriores, con toda una historia digna de su propia entrada aquí. Y así, mi chica del infierno se ha vuelto un personaje recurrente, con cierta importancia dentro del universo de mis relatos. En este no tiene demasiado protagonismo de manera directa y quizás de la sensación de no estar muy trabajado, de no ser tridimensional. Eso es porque he querido guardar todos sus secretos para futuras historias.

Espero que os guste Zeppelin, que os haga estremecer, que os haga pensar y que os deje con ganas de más. Muchas gracias a todos por leerme y apoyarme. Antes de dar paso a la historia, quiero avisar de que he decidido mantener muchas palabras en japonés ("senpai" que significa "compañero", o "mofuku" que es una clase de kimono) y en esta primera parte se usan diminutivos (-chan; -ko) cariñosos propios de la juventud japonesa.

Disfrutadlo.

lunes, 25 de noviembre de 2013

La dama del bosque



Cuenta la leyenda que en los bosques que hay a las fueras vive una mujer de apariencia joven pero de presencia ancestral. Quienes la han visto aseguran que no hay nadie igual. Tiene el pelo largo, dorado pero más bonito que el propio oro. Tiene los ojos verdes, transparentes; que no ocultan nada y pueden verlo todo. Ella no escucha las palabras: Ve nuestros pensamientos y conoce nuestro interior.

Por lo que cuentan, sabe que toda sombra tiene el poder de dar luz con solo decírselo a quien Ella más ama. Su voz es más suave que la del más dulce de los violines, y estremece el corazón de aquellos que la precisan. Dice la leyenda que no es una mujer que se aparezca a quien Ella desee, sino a quien se lo pida.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Compañero del alma, compañero.



Por ser de mañana dulce aroma,
quiero ser, de tu alma, caballero.
Por ser el ángel que reconforta
de la oscuridad mi ánima temblorosa
quiero ser, de tu corazón, escudero.

Irrumpiste, cariño, en mi triste abismo
donde me escondía con halo oscuro
de la sociedad que, con su cinismo
señalaba, inyectaba el inseguro
jinete que mi sombra soportaba.

Que ahora mi felicidad es esclava
de tus caricias, tu luz y energía.
Por ser la paz que mi sentir ansía,
que zozobra en mi latir mañanero...
Por eso, vida mía...
Por eso quiero ser de tu vida compañero. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Scherzando



Voy a escribirte la sinfonía más bonita del mundo. No tengo orquesta, no hay violines, no hay violas ni contrabajo ni trompetas ni clarines. Sólo tengo el latir de mi corazón que va y viene presto. Marca el ritmo de la canción y si estás tú, dirige con más ilusión. No tengo partitura, ni tengo estribillo. Tampoco tengo batuta, solo me guía el brillo de tus ojos.

Los miro y me inspiran un vals al verlos bailar entre las esmeraldas y el ámbar. Reconozco que no estoy seguro de si me amas... Llamo al director a la calma porque no quiero que estropee el concierto en la obertura.

Distancia



Tú tenías los ojos llorosos. Yo la mirada perdida. Tú no querías despedirme. Yo no creía que lo haría. Pero la realidad era que ahí estábamos los dos, cogidos de la mano separados por una distancia insalvable.

Nos soltamos.

Y se hizo la eternidad.

Y no pude olvidarme de ti.

La voz (Parte 2, Final)



El paciente palideció. No le quedaba otra opción... Tenía que hacerlo, pero aún así aquel hombre iba a ser su víctima. ¿Qué podía hacer? Se acercó al cristal para ver si podía romperlo, pero la voz le borró toda esperanza de la cabeza: El cristal era irrompible. Tras unos minutos de nerviosismo, decidió pulsar el botón. Aquel hombre ya estaba condenado. No tenía la culpa de que ese tipo se encontrase en aquella silla atado. Él se lo había buscado. La puerta se abrió.

—¡Enhorabuena! —dijo la voz—. Ha cometido su primer asesinato y ha logrado convencerse de que era lo correcto. Tranquilo, no es el primero que lo hace. De hecho es el número 101 según la base de datos de nuestro Departamento de Estadísticas Prescindibles para la Compañía. Leo aquí que, según dicho Departamento, existen un total de 314 departamentos dentro de los Laboratorios Marglim. Continúe avanzando si quiere su ansiada libertad, paciente número 24.601. No sé porqué debemos llamarle “paciente”, cuando usted es un sujeto de experimentos voluntario. Además de un asesino. En cualquier caso, la política de empresa me exige llamarle así. Paciente. Y lo haré. Aunque piense que es un asesino. Esto es conocido como disciplina. ¿Es usted disciplinado?

La voz



—¿Puede oírme? Despierte. Levántese de la cama por favor. Como puede ver, está usted en una celda. Una celda limpia, ¿verdad? ¿Había visto alguna vez unas paredes tan blancas y relucientes? Apuesto a que no: La pintura la hemos patentado. Podrá consultar los datos de dicha patente con nuestro personal del Departamento de Patentes —La voz, que provenía de un altavoz, hizo una breve pausa—. ¿Que dónde está y quién soy? ¡Lamento haber sido tan descortés! ¡Está usted en los Laboratorios Marglim! No se moleste en responderme. Los altavoces son un canal de comunicación unidireccional así que le va a resultar inútil cualquier intento de contactar conmigo. Tampoco es que me interese lo que tenga que decirme —El sujeto suspiró y miró a su alrededor. No recordaba nada: Ni quién era, ni qué hacía ahí. Tan solo iba ataviado con una bata de hospital—. Cuando termine esta frase, la puerta de su celda procederá a abrirse —Así sucedió—. Por favor: No corra. Asuma que no puede huir, ya que para escapar de estos laboratorios necesitaría pasar por un total de 288 puertas y yo controlo cuándo se abren y se cierran. Por favor, vaya a la derecha.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Érato (Parte 5, Final)


V. La deuda

Estaba decidido o al menos eso pensaba. El día, por el contrario, se mostraba tranquilo;
luciendo una tarde apacible bañada por los últimos rayos de sol.

“Esa bóveda… Naranja y rosa.”

Entonces te pregunté, embobado, qué te había parecido ese paseo en barco. Mi interior me
golpeó: No podía titubear. Tenía que mostrarme serio e impasible. Sin embargo, había fallado.
No sabía en qué... Pero seguro que pensabas que era un idiota.

Érato (Parte 4)


IV. Más allá de los Alpes del Cielo

En la bóveda anaranjada, de nubes rosadas y con la luz cansada pero contenta. Ahí te diría que
te quedaras a mi lado. Que se paren los relojes, que no pienso decirte adiós. Porque entonces
nos tocará volver a subir el Sol. Y el tiempo deberá correr otra vez hasta que volvamos a
encontrarnos.

Y esperaré lo que haga falta para poder llevarte a esas montañas que nunca acaban, donde
todo lo que importe sea absolutamente…

Nada.

Érato (Parte 3)



III. Amanece, que no es poco.

La luz de la mañana se tamizaba furtivamente a través de la ventana y lo bañaba todo en un
tenue tono dorado. Podía escuchar los pájaros cantando a lo lejos con un pie aún en el reino
de Morfeo. Y podía sentir el bamboleo de los árboles al viento. Me abrazó un embriagador
sentimiento de juventud cuando reparé en el césped recién cortado. Hacía calor, porque era
verano, pero a la vez sentía una brisa entrar por la puerta.

Eras tú, por fin despierta. Y te vi con esa mirada. Esa mirada que me enamoró, esa mirada que
me condenó a ser esclavo de tu corazón hasta el día de mi muerte. Entraste, me miraste y
sonreíste. Con esa sonrisa única, esa sonrisa que se te escapaba cuando nada más te
importaba. Cuando todo lo que existía éramos solo nosotros.

Y me besaste.

Érato (Parte 2)


II. Lucidez

Intento despertarme leyendo una y otra vez los bailes literarios que una vez escribí, que sentí y
que fui capaz de crear. Tengo la escritura atrofiada, la inspiración adormecida y el alma
despiezada por alguna razón que no alcanzo a comprender.

Y en esa desmotivación donde mi mente ya no logra componer, descubro que la prosa
empieza a sonarme bien... Comienzo a recordar esa curiosidad... Ese no parar. Las ganas de
vivir y de escribir vuelven a mí con la musicalidad que no debí dejar atrás. Y noto
cómo se mueve. Cómo va y viene ese vaivén de palabras que para bailar no necesitan ni rimas
ni versos. Tan sólo los restos activos de una juventud inquieta que se agrieta para lanzar al aire
la prosa más hermosa que ha salido de mi pluma.

Érato



I. Obertura


Avanza.

Sueña.

Sonríe más.

Regálale una poesía.

Palabras porque sí; sin cortesía.

Aunque el mundo piense que no las merece.

A veces la realidad no es lo que parece y esconde mucho potencial.