III. El desentierro
La noche había llegado y con ella, los nervios. Las ganas de
explorar, de colarse en la cripta, de ir en busca del misterio se juntaban con
una llamarada de vida que ardía con fuerza en las almas de los dos jóvenes. ¿Y
si aparecía un fantasma? ¿Y si les pillaba alguien vivo? Sea como fuere, hoy
iba a ser una de esas noches irrepetibles que perduran en la memoria año tras
año.
Ale estuvo un buen rato contemplando las estrellas y
enseñándole a Akeboshi todas las constelaciones que conocía y se podían ver en
verano. Le habría gustado mostrarle Orión, y hablar sobre muchos de los
misterios que la envolvían, pero esa era una historia que reservaría para más
adelante: Cuando quedasen en invierno.
Poco a poco la temática paranormal fue surgiendo entre los
muchachos, y cada ruido en las sombras se tornaba en una amenaza mortal y
desconocida. El miedo no podía hacer sombra al entusiasmo, y no podía con la
sensación de seguridad que se daban mutuamente. Bajaron el monte hasta la cerca
del camposanto y armados de valor, lo atravesaron. Sin prisa pero sin pausa.
Estaban esperando algún fantasma y las leyendas en Alentis no escaseaban.
Llegaron finalmente a la portezuela trasera de la iglesia.
El corazón les latía con una intensidad casi mágica. Ale estaba dispuesto a
sorprender a Akeboshi. Él era el que se conocía Alentis. Era el que tenía que
guiar la expedición, y quería demostrar que no temía nada. Agarró la aldaba de
hierro y empujó.
—Cerrada... —dijo desanimado.
—¿Y si tiras? —Ale probó. No hubo suerte.
—¡También nosotros somos idiotas! ¿Cómo iban a dejar abierta
la iglesia? —Akeboshi rió.
—Bueno pequeñajo, que tampoco es el fin del mundo. Parece
que la puerta se abre desde dentro. Con suerte no tiene echado el cerrojo y
puedo abrirla.
—¿Cómo? —preguntó Ale.
—Con una tarjeta. —Tal y como lo proponía, sonaba realmente
convincente— Alúmbrame.
Akeboshi abrió su cartera. A Ale se le pasó por la mente
echar un vistazo y ver si conseguía leer su verdadero nombre. Descartó la idea
en el acto, pues no quería que su amistad perdiese la magia. Tras unos diez
minutos intentándolo, la puerta cedió. La iglesia les había dejado pasar,
poniendo a su disposición todos los secretos y misterios que albergaba.
Ale tragó saliva y entró decidido. Estaban en un salón, con
una mesa de comedor en el centro que tendría unos cinco metros de largo. Las
imágenes de la Virgen y los santos proyectaban sombras siniestras, como si
sacasen a relucir un lado diabólico.
—Ale, ¿tú crees en Dios?
—Sí. Bueno, no es que sea de rezar pero algo tiene que haber
ahí arriba.
—Entonces deja de temblar, que estamos en una iglesia. —Ale
le dio en el brazo.
—¿Y tú? ¿Crees en Dios?
—Claro. ¿En qué cabeza cabe que todo lo que existe haya
surgido de la nada y producto del azar? Es como defender que algún cuadro
importante como “Las Meninas” se hubiese pintado al caer unas gotas de pintura
que nadie tiró en una tela que nadie puso ahí.
—Somos demasiado idiotas como para poder comprenderlo todo. Pero
quizás Dios nazca de ese desconocimiento y nada más.—El debate teológico siguió
su curso mientras buscaban la entrada de la cripta.
—Ale, creo que es aquí.
Se encontraban ante una pequeña puerta de barrotes
metálicos, de un metro veinte de altura. Daba directamente a unas escaleras de
piedra con un techo arqueado que se desvanecían en una oscuridad total. Dicha
lobreguez desprendía un ambiente húmedo y frío. Akeboshi notó una presión en
su brazo derecho. Se giró y no pudo
evitar esbozar una sonrisa al ver que su amigo se escondía detrás de él. Sin
darse cuenta, Ale había buscado su protección. Y por lo poco que sabía de él,
deducía que eso indicaba que en solo dos días había logrado ganarse su
confianza y admiración. Tras la sonrisa le invadió una tristeza inmensa, pues
sabía cómo acabaría aquello.
—Tú primero Ake.
Descendieron poco a poco, sumergiéndose en las tinieblas de
aquel lugar. Las columnas románicas, así como las bóvedas, parecían
multiplicarse hasta el infinito. Ale no pudo evitar preguntarse qué hacía ahí.
Estaba asustado por los ruidos lejanos que fluían por toda la estancia. Más que
eso. Estaba asustado porque sentía que algo malo iba a surgir de repente de
aquel vacío. Y por si los seres fantasmagóricos fueran poco, también estaban
los vivos. «Como alguien nos vea aquí se nos cae el pelo seguro», pensaba.
Siguieron avanzando bordeando la estancia para evitar
perderse, hasta que llegaron a un pequeño altar lleno de telarañas. Había un
cuadro que representaba la adoración de los pastores al niño Jesús en el
pesebre. El pequeño descansaba en una cuna improvisada bajo la atenta mirada de
su madre y le envolvía una luz brillante, cegadora. Tres pastores hablaban
entre ellos, asombrados y con la dicha en sus rostros.
—Qué curioso. Este cuadro es mucho más moderno que la
cripta.
—Será —dijo Ale con voz temblorosa— que han estado usando
este lugar hasta hace poco. —Akeboshi se giró y le miró.
—¿Quieres que nos vayamos? —Preguntó.
—¿Irnos? ¿Por qué?
—Porque estás acongojado.
—Mentira. —Dijo apartando la mirada.
—Siempre que mientes desvías la mirada al suelo. —Ambos chicos
estuvieron en silencio durante unos segundos. Un extraño crujido se escuchó en
la parte izquierda— ¿Nos vamos?
—Sí por favor.
Una vez fuera, Ale suspiró con alivio y se sentó en las
escaleras frontales de la iglesia. Akeboshi se puso a su lado sin decir nada.
La noche se había vuelto más fría pero todo el miedo se había quedado atrás.
—Pues nada... Y yo que te quería enseñar la cripta y demostrar
que era valiente...
—No tenías que demostrar nada. No te deprimas por eso Ale.
—Para ti es fácil decirlo... Tú eres valiente y más grande
que yo. Puedes defenderte fácilmente...
—Pero no todo en esta vida es defenderse a puñetazos ni
imponerse por la fuerza a los demás. Eres como eres Ale, acéptalo.
—Ya, claro. —Suspiró.
—¿Sabes qué vas a conseguir fingiendo ser alguien que no
eres? Atraer a la gente equivocada. Hacer que las personas que estén cerca de
ti, y me refiero a amistades, lo estén no por cómo eres sino por cómo aparentas
ser. ¿Y el día que descubran que les mientes qué crees que pasará? —Hubo un
breve silencio.
—Lo de siempre, supongo. Que se meterán conmigo. Como hace
todo el mundo. —Ale agachó la cabeza.
—Yo no me meto contigo. Bueno alguna vez, pero no en serio.
—Ya lo sé...
—¿Has fingido conmigo ser quien no eres?
—No. De haberlo hecho, habría sido injusto pedirte que tú no
fingieses cuando nos conocimos. —Miró al cielo pensando— Aunque bueno, quise
demostrarte que soy valiente cuando no lo soy...
—A mí me parece que eres un chico con muchísimo coraje. Es
más valiente el que se muestra tal y como es que el que se atreve a adentrarse
en una cripta oscura y tétrica. —dijo Akeboshi con esa sonrisa tan
característica, tan contagiosa— Mejor solo que mal acompañado. Pero tú no estás
solo, me tienes a mí.
—Sí. Nos conocemos desde hace poco y ya somos grandes amigos.
Espero que siempre lo seamos. —Akeboshi apartó la mirada durante un instante.
—Siempre te tendré cariño Ale. Eres un chico fantástico, y
creo que harás mucho bien en tu vida. —Su amigo se sonrojó ante este
comentario.
—No sabré nunca nada de ti, ¿verdad? De dónde vienes, o
dónde vives. Sé que me has dicho varias veces que no me lo dirás pero... Me
puede.
—¿Realmente quieres que te lo diga?
La manera en que lo había preguntado había dejado claro que
iba en serio. Ale se percató de que si decía que sí, Akeboshi le revelaría su
nombre y dónde vivía. Sabría de dónde venía, qué había hecho con su vida. No se
esperaba para nada que fuese a acceder, y se planteó si realmente quería
saberlo. «Es como un truco de magia», se dijo.
Para él, Akeboshi se había convertido en el amigo perfecto.
Más que eso: Era como un hermano mayor. Nunca había sentido algo así con nadie.
Esa sensación de conocerse de siempre, de tranquilidad, de seguridad. Seguro
que Akeboshi tenía defectos, seguro que había cometido errores en el pasado al
igual que él. Pero a diferencia de Ale, él respetaba su pasado y su anonimato.
—¿Me prometes que siempre estarás en mi vida?
—Te lo prometo. Siempre estaré contigo, y tú siempre estarás
en mi vida.
El tiempo siguió avanzando con los dos chicos sentados en
las escaleras de la iglesia, charlando. Aquella noche descubrieron que
escuchaban la misma música, aunque Akeboshi tenía muchísima más cultura en ese
ámbito. De hecho, era todo un experto en rock y sus variantes aunque no se
había quedado estancado en ese género como sí lo estaba Ale. Había decidido
explorar otros estilos, otros ritmos. Y había descubierto piezas maravillosas.
Akeboshi no dudó en prestar su reproductor de música para
que su amigo le echara un vistazo. Las horas siguieron pasando entre melodías,
y Ale no paraba de empaparse con el momento. «Carpe diem», porque sabía que esa
noche sería única e irrepetible y no quería olvidarla por nada del mundo.
—Esta música me recuerda al Parque del Capricho de Madrid.
—Akeboshi echó un vistazo al reproductor para ver a qué estilo se refería Ale.
—Es Post Rock. A mí también me transporta. ¿Sueles ir a ese
parque?
—Solo en primavera. Algunos sábados por la mañana.
—Tendré que probar a pasear por ahí con esta música. Aunque
nunca he estado.
—¿No? ¡Pues seguro que te parece un sitio precioso!
—¡Mírate! ¡Y yo que pensaba que Alentis era tu único
rinconcito! —Ale sonrió.
—Bueno... Lo cierto es que nunca lo había mirado así... Solo
como un sitio al que ir para despejarme.
—Me alegra que empieces a darte cuenta de que la vida no es
tan mala como la pintas.
Continúa aquí...





