V. De ayer
Ale paseaba de la mano de su mujer mientras empujaban con la
otra el carrito de sus mellizos. Aquel parque fue donde se prometieron cuatro
años atrás. Quince habían pasado desde el verano en que conoció a Akeboshi. Los
árboles estaban preciosos en mayo, con distintos tonos de verde adornados por
las pinceladas vivas de las flores.
—¿Fue este el banco en el que estábamos sentados? —preguntó
en tono burlesco a su mujer.
—No te hagas el tonto conmigo —dijo sonriendo—, que sé que
te acuerdas. —Su marido soltó una carcajada que se vio superada por el teléfono
de ella— Perdona cariño, es del trabajo.
Su esposa se alejó unos metros. Parecía una llamada
importante, pues siguió alejándose sin darse cuenta y eso solo le pasaba cuando
tenían toda su atención. Ale suspiró satisfecho y miró a sus hijos. El chico
tenía los ojos verdes, y su hija los ojos plateados. Les dio un beso en la
frente a cada uno.
En ese instante el corazón le dio un vuelco: Estaba
escuchando unos acordes que nunca había podido olvidar. La música venía de más
allá de los arbustos que había detrás de su banco. Cogió el carrito y los
bordeó con el pecho a punto de estallarle. Sin duda era el principio de Where the streets have no name.
Ahí estaba él. Con la misma guitarra, el mismo pelo y la
misma sonrisa. En ese momento, Ale comprendió que su padre tenía razón: Todo
sucedía por algún motivo. Si no le hubiesen avergonzado en el colegio, nunca
habría buscado refugio en la cima del monte de Alentis; y de no haberlo hecho,
no habría conocido jamás a Akeboshi. También comprendió que si el Señor Vértigo
no hubiese muerto, nunca habría podido visitar la tumba donde tuvo una de las
conversaciones más importantes con aquel chico, en la que le dijo que empezase
a mirar el mundo. Si todas las cosas hubiesen sucedido como él esperaba
entonces, ahora no estaría empujando el carrito de sus hijos.
Akeboshi levantó la mirada, miró a Ale con los niños y sin
dejar de tocar, le dedicó una última sonrisa. La sonrisa más sincera que se
pueda imaginar. Ale correspondió. Ninguno quiso acercarse, ninguno quiso
manchar los recuerdos de aquellos días, pues les bastaba con saber que el uno
aún se acordaba con cariño del otro.
—Aquí estás amor mío. —Era la mujer de Ale— ¿Qué te pasa?
Parece que te has quedado de piedra. —dijo al ver que su esposo no reaccionaba.
Fin~

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