II. Hebe
Me sentía invencible e inmortal. Me sentía superior a la
moralidad y a la ética. Sabía qué era lo que poseía, lo que esa piedra lograba
dar a su dueño. Pensaba convertirme en el mejor de los boticarios para así
poder llamar la atención del Sultán, introducirme en la corte y, uno a uno, ir
comprando a toda su guardia. Entonces lo destronaría y me haría con el reino
para después poder conseguirlo todo.
Mi principal problema radicaba en que desconocía cómo usar
la reliquia. Malvendí mi tienda, mi casa y todas mis pertenencias para poder
dedicarme totalmente a mi objetivo. Emprendí un largo viaje en busca del
conocimiento necesario, visité la cuna de la democracia y permanecí allí
durante un mes hasta que, finalmente, di con la persona adecuada. Solo el
pensar en lo que pasaría después todavía me revuelve el estómago, y ha pasado
tanto tiempo... Se trataba de un anciano de larga barba, chepudo y con
dificultades para caminar. Él fue quien me indicó mi siguiente objetivo: Una antiquísima biblioteca con docenas de manuscritos sobre incontables temas.
Jamás olvidaré la expresión que puso cuando le enseñé la piedra. En sus ojos vi
la misma codicia que a mí me poseía desde que tenía uso de razón, vi cómo
afloraba la esperanza en el reflejo de una vida desperdiciada buscando lo que yo sostenía en la
palma de mi mano.