jueves, 7 de abril de 2016

Rêveur



De golpe el corazón volvía a latir. De golpe los pulmones necesitaban aire urgentemente. De golpe los ojos necesitaban ver. De golpe el alma necesitaba volver a sentir. Hacía frío. A mi alrededor tan solo existía la gélida piedra que conformaba el ancestral sarcófago en el que descansaba inerte.

La enorme losa se deslizó suavemente (para mi sorpresa) contra el suelo del mausoleo. La tenue luz de las velas iluminaba el lugar dejando entrever los ramos que yo mismo deposité tiempo atrás. El suelo, lleno de hojas arrancadas. Las paredes, colmadas de fotografías. Y yo, buscando mi Rêveur.

Había, ante mi lugar de descanso, un pequeño pedestal con rosas. Lenta y melancólicamente me acerqué a él. Estaban frescas. Y entre ellas, se encontraba ella.

Rêveur...



La tomé en mi mano izquierda.

Aún brillaba.

Pude ver cómo una gota de tinta caía de ella.

Le pregunté cuánto tiempo había pasado.

Algo más de dos años, dijo. Ay, vieja amiga.

Respiré una vez más el cargado aire de aquel lugar y tras subir las escaleras, salí.

Amanecía.

Me volví y sobre la puerta, cubierto por el musgo, había un mensaje:

"...no romperán árboles. No quebrarán huesos."

Sonreí.

Las montañas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, y no muy lejos de allí estaba el Santuario. Salía humo de la chimenea: Me esperaba.

El hueco bajo la escalera estaba intacto, como el resto del lugar. Me senté sonriendo y me fijé en los libros del estante, al lado de la pequeña ventana. El último estaba en blanco. Sin dejar de sonreír lo abrí, eché un último vistazo al exterior y empecé otra vez:

Rêveur.

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