I. La cerveza fría
Raymond, de treinta y seis años, esperaba impaciente en su
celda de la prisión de Canterbury donde había vivido más de la mitad de su
vida. Se trataba de uno de los diez reos que habían recibido un sorprendente indulto
por buen comportamiento.
Desconocedor de la situación tan dramática que reinaba en el
mundo libre, solo podía pensar en que eran las diez de la noche y llevaba sin
saborear una refrescante cerveza desde 1.896. Por quinta vez se despedía de sus
compañeros de infortunio: Harry, Albert, el bajito Charlie... Ellos no habían
corrido su suerte.
—¡Ray! —gritó un funcionario— Te largas por fin.
—Me tomaré una buena birra a tu salud Richard. —Respondió
mientras le abría la puerta de su celda.
—Pues mejor que te la tomes cuanto antes, no vas a durar
mucho ahí fuera. Claro que tú por lo menos vas a poder respirar aire puro, ¡no
como estos miserables! —Golpeó los barrotes de la celda contigua a la de
Raymond: la de Albert.
—¡Maldita sea! ¡Yo soy inocente! —Espetó el preso. Una
sonora carcajada inundó el pasillo.
—¡Te trincaron con el puñal todavía entre tus sucias manos!
—Le contestó Raymond.
—Ya vale, se acabó. Vámonos Ray.
Hace veinticuatro horas, a ese hombre todavía le quedaba la
mitad de la condena por cumplir y ahora se estaba marchando. El trayecto hacia
la salida fue eterno, y cuando la puerta se abrió ante él y vio por fin el
cielo estrellado comprendió lo que el celador quiso decir cuando dijo que no
duraría mucho fuera de la cárcel.
—Rick —susurró—, ¿cuánto nos queda? —Preguntó con el rostro
pálido.
—Mañana acaba todo.
—Por eso me han indultado, ¿verdad? —El guardia asintió.
—Ha sido un detalle que te dejen pasar las últimas horas de
la Humanidad fuera de esta pocilga. Aprovéchalo, y reconcíliate con Dios.
—Gracias Rick —Le estrechó la mano—. Espero que te dejen
volver a tiempo con tu familia.
Raymond dio media vuelta y comenzó a caminar. Pudo escuchar
cómo las oxidadas puertas de la prisión de Canterbury se cerraban por última
vez. «¿Y ahora qué?», se preguntó. Ahora no quedaba nada, solo esperar. Estuvo
durante una hora vagando por la zona, buscando un pub abierto, o cualquier
sitio donde pudiesen servirle una cerveza. Con eso se conformaba: Una cerveza,
pero parecía que no iba a poder ser. Inconscientemente, había acabado en las
afueras de la población y a unos doscientos metros en linea recta, se alzaba un
bosque al que solía ir a pasear cuando era joven. Le gustaba llevar ahí a su
perro por las mañanas cuando aún amanecía, cuando aún no habían comenzado las
discusiones familiares. No era el refrescante trago que esperaba al salir de
prisión, pero Raymond reconoció que pasear por aquel lugar como última voluntad
no era tan mala idea. Los plateados rayos de luz que descendían desde la luna
llena permitían caminar por el lugar sin miedo. Y aunque se perdiese, ¿qué
importaba? No tenía a dónde ir. Y de tenerlo, dudaba que fuera a darle tiempo a
llegar.
Los grillos no cesaban en su empeño de dejarle sordo, pero
no le importaba: Hacía años que no los escuchaba. Aquel interminable
chascarrido llevó la mente de Raymond a los tristes recuerdos de cuando fue
detenido. Su delito no fue otro que robar unos panes para alimentar a sus
hermanos pequeños. El juez dijo que, al igual que su padre había resultado ser
un asesino al apuñalar a su madre, él iría por el mismo camino. Así que lo
encerró por una buena temporada para prevenir unos futuros asesinatos.
Desconocía qué había sido de sus hermanos sin él. Quizás dieron a parar con sus
pies en un orfanato, o en una familia de bien, o incluso en un ataúd.
«Reconcíliate con Dios», le decía el celador en su cabeza.
Empezó a golpear el tronco de un árbol, con toda la rabia que había acumulado
durante dieciocho años encarcelado. ¿Cómo podía eso ser posible? Toda la culpa
era suya, Él era quien había permitido que todo eso sucediese. Él había
permitido que su padre asesinase a su madre, que le pillasen robando el pan,
que el juez le condenase tanto tiempo... ¿Y ahora tenía que reconciliarse con
él?
Con las manos ensangrentadas, se sentó a los pies del árbol
que había aporreado y rompió a llorar mientras seguía sin comprender el por qué
de todo aquello. Nunca lo había comprendido, pero el descubrir que su indulto
solo había sido una broma macabra lo destrozó. ¿Qué había hecho él? ¿Qué pecado
tan grave había cometido siendo un chiquillo para que su vida se desperdiciase
tan injustamente?
El sonido de una locomotora de vapor comenzó a escucharse en
la distancia. ¿Cuánto tiempo hacía que no montaba en tren? ¿Cuánto tiempo hacía
que no veía uno? Se incorporó y echó a correr con la esperanza de poder ver un
tren por última vez. Tras unos instantes, pudo verlo colina abajo. Recorría las
mismas vías que cuando él era un niño. El techo de los vagones reflejaban ese
brillo metálico tan característico de la luna. Ray alzó la mirada hacia ella
una vez más mientras el tren se alejaba.
Continuará...
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