lunes, 10 de febrero de 2014

Alchimiæ 3 (Parte III)



III. Ares

No quería simplemente hacerme con el poder del Sultanato, no. Quería hacerlo de una manera especial. Quería que, primero, se me reconociera como el mejor boticario de la ciudad. Muchos del gremio consiguieron una posición aventajada solo por caprichos del destino y era hora de que ese mismo destino saldase su deuda conmigo, pero con unos intereses muy altos.

Durante mi regreso me recreé en la cara de mis compañeros de oficio. Pensaba en cómo los humillaría, cómo les obligaría a reconocer mi supremacía haciéndoles creer que eso les salvaría. Me veo en la tesitura de explicar que yo no gozaba de buena fama entre los comerciantes. Cuando todo esto ocurrió, no habría sabido explicar el motivo de mi baja reputación. Ahora lo veo todo tan claro...


Dicen que el dinero llama la atención allá donde esté, y pude comprobar que era cierto. Me bastó regresar donde vivía vestido con las mejores telas para que todos se parasen a mirarme y casi muriesen ahogados de tanto murmurar. Intenté ignorarlos, pero reconozco que disfruté viendo el estupor en sus ojos. 

«Perdedores», pensé mientras los miraba de soslayo. No tenía tiempo de pararme a explicar que, a diferencia de ellos, había triunfado. Como persona poderosa que iba a ser, necesitaba un hogar acorde a mi recién estrenado status social. Antes de iniciar mi viaje, supe de la muerte de un anciano que vivía rodeado de los mayores lujos. Tuve la suerte de que la casa seguía en venta y la compré. A cambio de una formidable escultura cargada de significado para alguien con mi cultura: Un becerro que convertí en oro. Se le iluminaron los ojos al hombre que me vendió la casa, tal y como esperaba. Es algo que, con el paso de los años, no ha cambiado en el ser humano.

Dediqué el resto del día a pasear por mi palacete, recreándome en las alfombras, tapices, esculturas e infinitos detalles y secretos que albergaba. Cuando ya se ponía el sol, apareció el Príncipe de Adab con su semblante sarcástico que tanto me desquiciaba. «Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, recuerdo que recitó. Le pregunté acerca de la fiesta y dijo que por lo general se esperaba un poco más de diversión pero que no había estado del todo mal, y añadió que ya me enteraría de más a su debido tiempo. Rápidamente volvió al tema que le interesaba: Yo. Jugaba conmigo como la niña que juega con su casa de muñecas. Él se encargaba de mover mis hilos, preparaba mi futuro y me hacía creer que era yo quien tomaba las decisiones. Se mostraba arrogante todo el rato, no le asustaba mi potencial y, por si fuera poco, estaba visiblemente entusiasmado con los acontecimientos de mi vida. Le divertía asistir a la esperpéntica función en la que se había transformado esta.

Quise saber qué hacía en mi casa, y él como siempre no quiso hacer lo que yo esperaba. Se tomó su tiempo. Paseó entre las diferentes estancias de mi nuevo hogar mientras ojeaba, en ocasiones interesado, a veces despectivamente, las piezas de arte. «Quien por el oro vive, por el oro muere, Jabir». No sabía qué responder a eso, así que volví a plantearle la misma pregunta. «Solo me aseguro de que haces las cosas bien. Verás: Es que ya había intentado en dos ocasiones que consiguieras por ti mismo la maldita piedra pero no había manera. Eres demasiado estúpido y te falta iniciativa.» Quise matarlo, pero no pude. ¿Cómo osaba decir que yo no tenía iniciativa? ¿Cómo osaba decir que ya lo había intentado si no lo había visto en mi vida? El príncipe se echó a reír. «¡Inténtalo!», gritaba. «¡Estoy aquí! ¡Mátame!», pero yo no era capaz.

«¿No te das cuenta acaso de quién soy yo?», y era tan ciego que no lo veía. Y soy tan ciego que aún no consigo verlo. Por algún motivo no quiere que lo sepa. «He venido porque llevas toda el santo día dedicándote a la vida contemplativa y yo no puedo perder más tiempo contigo. Tienes la piedra, sabes cómo usarla y quieres hacerte con el sultanato, ¿no? Pues adelante: Véngate de tus compañeros de gremio, hazte un nombre, soborna a la guardia y acaba con el sultanato de Malik Shah. Pero hazlo ya joder.» Resultaba tan evidente la manipulación... Pero me daba igual, le hacía caso. Quería acabar con todo lo que me había oprimido.

El Príncipe desapareció, de nuevo, de una manera tan inusual como aterradora, y aproveché para dar con un par de guardias que se dejasen sobornar. Tenía un par de objetos que no rechazarían. ¿Que qué haría? Matar. Quería acabar con todos los boticarios del lugar. En circunstancias normales, cualquiera que lea estas declaraciones de mi puño y letra pensará que es cuanto menos extraño que todos los boticarios, menos yo, muriesen asesinados. Maté a los mejores, arruiné a los buenos e ignoré a los mediocres. Las sospechas no fueron tantas y menos aún con la oferta que les hice. En cada casa se presentaron tres guardias armados y se les comunicó que habían sido sentenciados a muerte. «¿Por qué tribunal?», osaron preguntar todos. «Por mí», respondía abriéndome paso entre los guardias. Entonces les daba a elegir: Podían morir por la ingestión de Conium Maculatum mezclada con adormideras (muerte que, personalmente, considero muy noble pues así ejecutaron a Sócrates) o bien podían tomar una Amanita phalloides. En caso de dar problemas acabaríamos con ellos de una manera muchísimo peor que no describiré así como a toda su familia. ¿De qué dependía su ejecución? Realmente era elección suya: Si querían la cicuta escribirían sendas cartas donde acordaban haberse suicidado al comprender que el plan que estaban fraguando para destronar al sultán fracasaría porque yo los descubrí y daría la voz de alarma. Si se negaban, entonces tomarían el hongo. Como buenos boticarios que decían ser, no desconocían los temibles efectos de este.

Quien toma Amanita phalloides no muere al instante. La agonía llega a durar varias semanas entre diarrea, vómitos, taquicardia, hipotensión y varios síntomas más que pueden acabar en algo tan terrible como la sepsis. Todos eligieron escribir la carta. ¿Qué mejor manera que la “venganza ateniense” para ajusticiar a los criminales que me impidieron llegar a la cima?

Cicuta venenum est publica, Atheniensium poena invisa

Ahora quedaban los buenos. Los guardias fueron casa por casa diciéndoles que se marcharan de la ciudad bajo pena de muerte. No hicieron preguntas y abandonaron sus hogares sin llevarse una mísera tinaja o algo más que los harapos que llevaban en el momento en que irrumpí en sus sucios hogares. En varias ocasiones a lo largo de la noche pude ver la figura de el Príncipe observándome desde una distancia prudencial, durante unos segundos, para recrearse después en su desaparición. Realmente me revolvía las tripas verle supervisando mi ascenso al poder.

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