lunes, 24 de febrero de 2014

Alchimiæ 3 (Parte V)


V. Némesis

Los momentos siguientes al magnicidio fueron desconcertantes. El Príncipe de Adab, a quien esperaba ver, no apareció. Por un momento me sentí perdido, sin saber qué hacer, con el arma ensangrentada en mis manos. Mis cómplices observaban impasibles, con una frialdad que hoy me asusta. «¿Qué harás?», me decía Kukort; «¡Páganos!», decía una joven. Les miré y di las instrucciones pertinentes. El cuerpo del sultán sería incinerado, y mi ascenso sería anunciado por todo lo alto como lo mejor que le podría haber pasado al populacho. Dado que tenía mi amada piedra, una fuente inagotable de oro, los pobres no tendrían que pagarnos unos impuestos tan elevados. Solo algo simbólico para evitar que se volviesen perezosos.



Pronto se correría la voz de la prosperidad de nuestro pueblo, por lo que tenía que actuar rápidamente. Me reuní en son de paz con los gobernantes vecinos, pues mi ejército lo había heredado del sultán y ni era muy grande ni yo un buen estratega, así que tendría que conquistar las tierras colindantes con astucia. Organicé algo similar  a lo que hoy día se llamaría un tour, visitando a tan altas eminencias, comprando a su guardia personal y después asesinándolos con una daga dorada.

El pueblo me veía como un salvador, los nobles me veían como a un dios y yo quería más. Pronto me rodeé de asesores, pues mi imperio no era pequeño: Del Mar Mediterráneo a la India, y necesitaba consejos para poder mantenerme. Ni nadie nos atacó ni nadie nos molestó. Hubo incluso pequeñas comunidades que pidieron amablemente anexionarse. Los robos cesaron y el pueblo empezó a tener más recursos para sí mismos, pero también el oro empezó a abundar en demasía, provocando que se devaluara dentro de nuestras fronteras. Los nobles empezaron a expotarlo a cambio de seda, alimentos exóticos, piedras preciosas y en definitiva cualquier cosa que pudiese tener cierto valor.

Endurecí las leyes, y los delitos más insignificantes (dada la ausencia de delitos graves) pasaron a castigarse con la muerte. Un pueblo agradecido y temeroso era precisamente lo que cualquier cacique quiere para mantenerse en el poder: Agradecido para que no tuviesen motivos para rebelarse contra mí y temeroso para que nunca olvidasen quién mandaba. Disfrutaba estando en el poder, disfrutaba viendo cómo todos se vendían a cambio de un poco más de metal áureo. Me divertía verlos tratando de mantener su idea de dignidad, convenciéndose de que ellos eran libres o diferentes.

Los años fueron pasando, la gente se acostumbró a la nueva rutina y se “adormiló”, por decirlo de alguna manera. Yo por mi parte me olvidé del Príncipe de Adab. Al principio creía verle por el rabillo del ojo o sentir su presencia, pero esas sensaciones fueron desapareciendo poco a poco hasta que logré olvidarme de él. Por supuesto, él nunca se olvidó de mí. Yo era su diversión, su marioneta, su juego y su paripé para con los demás. Todavía lo soy...

Muchos leerán mis palabras y ahora se preguntarán cuánto duró esta situación y qué pasó para que se terminara. Pasó lo que tenía que pasar, algo en lo que yo no había caído, algo tan lógico que se me pasó por alto. En cuanto al tiempo que transcurrió desde mi ascenso al poder hasta mi declive fueron exactamente cincuenta años. Celebraba una fiesta en palacio. Una de tantas. Toda la nobleza de mi imperio estaba invitada. Pero hubo alguien que apareció (y ya se debe de imaginar el lector quién) para arruinar la velada. Me disponía a comenzar un discurso cuando mis ojos recorrieron rápidamente todo el salón hasta posarse instintivamente en su maquiavélica sonrisa. Su presencia se posó sobre mí con todo el peso de mi conciencia, ya olvidada. Entonces me sentí ridículo, vacío, muerto y perdido. Supe entonces que no había vuelta atrás, que si él estaba ahí algo malo pasaría. Tragué saliva y comencé mi discurso. No recuerdo qué dije. Veinte minutos hablando y no recuerdo ni una sola palabra de mi monótona exposición. A él le bastó una pregunta, solo una, lo único que dijo en cincuenta años, para derrocarme. ¿Qué clase de demonio es capaz de semejante tropelía? Recuerdo que todo el mundo aplaudía menos él, que seguía sonriendo mientras me miraba fijamente. Se hizo un silencio paranormal, pues todos dejaron los vítores al unísono. Quise cortarlo, quise seguir hablando pero no fui capaz de vocalizar sílaba alguna.

«¡Alteza! ¿Cómo puede llevar medio siglo sin envejecer?», dijo. Los asistentes palidecieron tanto o más que yo. Empezó a fraguarse un peligroso murmullo, y los más ancianos (Kukort y el resto de nobles que me ayudaron a llegar al poder) me empezaron a increpar. Fui acusado de demonio, de brujería y con dichas acusaciones todos comenzaron a replantearse la procedencia de su oro. Pude ver la incomprensión en los guardias (personas jóvenes todos ellos), pude ver cómo se estaban planteando aniquilarme. El Príncipe ya no estaba en el salón, solo una muchedumbre enfurecida y asustada que me quería matar. Mi guardia personal comenzó a acercarse lentamente a mí, yo estaba convencido de que moriría. Lo último que recuerdo de aquella noche fue que sentí un golpe seco en la cabeza.

«Cada vez te tengo más asco, Jabir. Mira que eres idiota, tozudo, cabezón e insoportable.» Era él, sí. «¿Tienes 
idea de las veces que me estás haciendo intervenir para que todo esto salga como quiero?», me increpó. «Fuiste tú el que soltó la preguntita de marras», respondí. «¡Coño y tú tendrías que haber salido corriendo como haría cualquier persona con dos dedos de frente, no quedarte como un pasmarote esperando a que te maten! Lo tengo aquí en mis notas, mira: ‘Tras 50 años es acusado de brujería por no envejecer jamás y huye a Europa donde permanece el resto de su vida.’» Yo estaba totalmente confuso. Le pregunté por  esas notas. No entendía qué eran, qué función desempeñaban en todo esto ni qué diablos pretendía hacer conmigo el Príncipe. Eludió mis preguntas y se limitó a decirme que ya estaba en Europa, en los Alpes, y que permanecería ahí hasta que él volviese a por mí “dentro de un par de siglos”. Me negué a permanecer aislado de la sociedad durante lo que él consideraba un par de siglos y así se lo dije. «Me esperaba que dijeras eso, por eso no te he llevado a los Alpes. Estás en Grecia. El mundo cambiará muchísimo y lo vas a ver. Más lentamente que yo, para tu desgracia pero qué se le va a hacer. Volveremos a vernos con el tiempo. Tú trata de estar sin cagarla unos cientos de años aunque te cueste», miró su reloj y se despidió con un ‘au revoir’, que ni siquiera supe qué significaba.


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