V. Némesis
Los momentos siguientes al magnicidio fueron
desconcertantes. El Príncipe de Adab, a quien esperaba ver, no apareció. Por un
momento me sentí perdido, sin saber qué hacer, con el arma ensangrentada en mis
manos. Mis cómplices observaban impasibles, con una frialdad que hoy me asusta.
«¿Qué harás?», me decía Kukort; «¡Páganos!», decía una joven. Les miré y di las
instrucciones pertinentes. El cuerpo del sultán sería incinerado, y mi ascenso
sería anunciado por todo lo alto como lo mejor que le podría haber pasado al
populacho. Dado que tenía mi amada piedra, una fuente inagotable de oro, los
pobres no tendrían que pagarnos unos impuestos tan elevados. Solo algo
simbólico para evitar que se volviesen perezosos.
Pronto se correría la voz de la prosperidad de nuestro
pueblo, por lo que tenía que actuar rápidamente. Me reuní en son de paz con los
gobernantes vecinos, pues mi ejército lo había heredado del sultán y ni era muy
grande ni yo un buen estratega, así que tendría que conquistar las tierras colindantes
con astucia. Organicé algo similar a lo
que hoy día se llamaría un tour, visitando a tan altas eminencias, comprando a
su guardia personal y después asesinándolos con una daga dorada.
El pueblo me veía como un salvador, los nobles me veían como
a un dios y yo quería más. Pronto me rodeé de asesores, pues mi imperio no era
pequeño: Del Mar Mediterráneo a la India, y necesitaba consejos para poder
mantenerme. Ni nadie nos atacó ni nadie nos molestó. Hubo incluso pequeñas
comunidades que pidieron amablemente anexionarse. Los robos cesaron y el pueblo
empezó a tener más recursos para sí mismos, pero también el oro empezó a
abundar en demasía, provocando que se devaluara dentro de nuestras fronteras.
Los nobles empezaron a expotarlo a cambio de seda, alimentos exóticos, piedras
preciosas y en definitiva cualquier cosa que pudiese tener cierto valor.
Endurecí las leyes, y los delitos más insignificantes (dada
la ausencia de delitos graves) pasaron a castigarse con la muerte. Un pueblo
agradecido y temeroso era precisamente lo que cualquier cacique quiere para
mantenerse en el poder: Agradecido para que no tuviesen motivos para rebelarse
contra mí y temeroso para que nunca olvidasen quién mandaba. Disfrutaba estando
en el poder, disfrutaba viendo cómo todos se vendían a cambio de un poco más de
metal áureo. Me divertía verlos tratando de mantener su idea de dignidad,
convenciéndose de que ellos eran libres o diferentes.
Los años fueron pasando, la gente se acostumbró a la nueva
rutina y se “adormiló”, por decirlo de alguna manera. Yo por mi parte me olvidé
del Príncipe de Adab. Al principio creía verle por el rabillo del ojo o sentir
su presencia, pero esas sensaciones fueron desapareciendo poco a poco hasta que
logré olvidarme de él. Por supuesto, él nunca se olvidó de mí. Yo era su
diversión, su marioneta, su juego y su paripé para con los demás. Todavía lo
soy...
Muchos leerán mis palabras y ahora se preguntarán cuánto
duró esta situación y qué pasó para que se terminara. Pasó lo que tenía que
pasar, algo en lo que yo no había caído, algo tan lógico que se me pasó por
alto. En cuanto al tiempo que transcurrió desde mi ascenso al poder hasta mi
declive fueron exactamente cincuenta años. Celebraba una fiesta en palacio. Una
de tantas. Toda la nobleza de mi imperio estaba invitada. Pero hubo alguien que
apareció (y ya se debe de imaginar el lector quién) para arruinar la velada. Me
disponía a comenzar un discurso cuando mis ojos recorrieron rápidamente todo el
salón hasta posarse instintivamente en su maquiavélica sonrisa. Su presencia se
posó sobre mí con todo el peso de mi conciencia, ya olvidada. Entonces me sentí
ridículo, vacío, muerto y perdido. Supe entonces que no había vuelta atrás, que
si él estaba ahí algo malo pasaría. Tragué saliva y comencé mi discurso. No
recuerdo qué dije. Veinte minutos hablando y no recuerdo ni una sola palabra de
mi monótona exposición. A él le bastó una pregunta, solo una, lo único que dijo
en cincuenta años, para derrocarme. ¿Qué clase de demonio es capaz de semejante
tropelía? Recuerdo que todo el mundo aplaudía menos él, que seguía sonriendo
mientras me miraba fijamente. Se hizo un silencio paranormal, pues todos
dejaron los vítores al unísono. Quise cortarlo, quise seguir hablando pero no
fui capaz de vocalizar sílaba alguna.
«¡Alteza! ¿Cómo puede llevar medio siglo sin envejecer?»,
dijo. Los asistentes palidecieron tanto o más que yo. Empezó a fraguarse un
peligroso murmullo, y los más ancianos (Kukort y el resto de nobles que me
ayudaron a llegar al poder) me empezaron a increpar. Fui acusado de demonio, de
brujería y con dichas acusaciones todos comenzaron a replantearse la
procedencia de su oro. Pude ver la incomprensión en los guardias (personas
jóvenes todos ellos), pude ver cómo se estaban planteando aniquilarme. El
Príncipe ya no estaba en el salón, solo una muchedumbre enfurecida y asustada
que me quería matar. Mi guardia personal comenzó a acercarse lentamente a mí,
yo estaba convencido de que moriría. Lo último que recuerdo de aquella noche
fue que sentí un golpe seco en la cabeza.
«Cada
vez te tengo más asco, Jabir. Mira que eres idiota, tozudo, cabezón e insoportable.»
Era él, sí. «¿Tienes
idea de las veces que me estás haciendo intervenir para
que todo esto salga como quiero?», me increpó. «Fuiste tú el que soltó la
preguntita de marras», respondí. «¡Coño y tú tendrías que haber salido
corriendo como haría cualquier persona con dos dedos de frente, no quedarte
como un pasmarote esperando a que te maten! Lo tengo aquí en mis notas, mira:
‘Tras 50 años es acusado de brujería por no envejecer jamás y huye a Europa
donde permanece el resto de su vida.’» Yo estaba totalmente confuso. Le
pregunté por esas notas. No entendía qué
eran, qué función desempeñaban en todo esto ni qué diablos pretendía hacer
conmigo el Príncipe. Eludió mis preguntas y se limitó a decirme que ya estaba
en Europa, en los Alpes, y que permanecería ahí hasta que él volviese a por mí
“dentro de un par de siglos”. Me negué a permanecer aislado de la sociedad
durante lo que él consideraba un par de siglos y así se lo dije. «Me esperaba
que dijeras eso, por eso no te he llevado a los Alpes. Estás en Grecia. El
mundo cambiará muchísimo y lo vas a ver. Más lentamente que yo, para tu desgracia
pero qué se le va a hacer. Volveremos a vernos con el tiempo. Tú trata de estar
sin cagarla unos cientos de años aunque te cueste», miró su reloj y se despidió
con un ‘au revoir’, que ni siquiera supe qué significaba.
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