IV. Asclepio
En poco tiempo tuve la mayor botica que un hombre de aquella
época hubiese podido imaginar. Tenía en mi bolsillo a comerciantes de todo tipo
de regiones, a los guardias de la ciudad, recaudadores de impuestos,
bandidos... Cualquiera con un mínimo de repercusión en la pequeña sociedad tenía
un pedacito de oro todas las semanas. Los demás miembros de mi gremio
permanecían constantemente bajo los efectos de la adormidera. Pronto, incluso
la propia realeza tuvo que recurrir a mis servicios.
El día que vi por primera vez al Sultán me saludó por mi
nombre. La sensación fue indescriptible, pero no lo suficientemente
complaciente. Tuve la sensación de que conocía mis planes, lo vi en sus ojos. Y
quizás por eso me encargó un remedio tan particular para la artritis. Lo más
normal era pedir cúrcuma, pues eran muchos los males que podía sanar. La planta
de la que se obtiene dicha especia, que por cierto se utiliza en la elaboración
del curry, tiene una flor preciosa. Nunca faltó en ninguno de mis hogares una
Curcuma longa. En su mejor momento los sépalos escondían, como sorpresa para
los curiosos, unos detalles rojizos; del mismo cáliz emergían unos brotes
naranjas similares a las flores de la Mirabilis jalapa o dondiego de noche; y
por último se coronaban con unos magníficos pétalos blancos.
El sultán, con una mirada desafiante en su rostro me pidió
veneno de Naja naja. Bien tratado y en la cantidad adecuada, era perfecto para
la artritis. Sin embargo yo (el mejor boticario de la ciudad) no sabía
prepararlo, lo que me hizo pensar que al igual que yo desconocía su preparación
debido a su rareza, nadie en el círculo más personal del sultán sabría siquiera
qué aspecto tenía. Con una sonrisa y todos mis respetos pedí que, por favor,
esperase unos instantes. Lo que haría sería darle una pequeña dosis del elixir
que a mí me había dado la vida eterna. Pondría remedio a sus problemas, se
sentiría incluso mejor y me ganaría su confianza.
Así fue. El sultán quedó encantado y días después me pidió
que fuera a palacio, durante las celebraciones de su cumpleaños.
El camino hasta su morada fue excitante. Me sentía como si
estuviese escondido en las entrañas del caballo de Troya, cruzando el umbral de
los muros de la ciudad. El enorme recibidor fue, en aquel momento, el sitio más
lujoso que había podido imaginar. Me siento incapaz de describir el lugar con
palabras, pues la suntuosidad y opulencia eran tan abrumadoras que cualquier
cosa que pueda decir no le haría justicia.
El sultán en persona me fue enseñando las diferentes
estancias del palacio y cada una era muchísimo más bonita y excesiva que la
anterior. El único lugar que no tuve oportunidad de visitar fueron sus
aposentos. Aprovechó el recorrido para mostrarme dónde dormiría: En una
habitación con un intenso olor a incienso y una cama cubierta de las mejores sábanas hechas de la
seda más exquisita. Siguiendo la tónica de todo el complejo, las paredes
estaban cubiertas de bellísimos telares con intrincados bordados.
La fiesta de cumpleaños daría comienzo a la mañana siguiente
y duraría una semana, tiempo que tendría que aprovechar el escaso tiempo del
que disponía para granjearme la confianza de la guardia personal del Sultán. No
perdí ni un instante y en menos de veinticuatro horas ya había hecho buenas
migas con la mayor parte de los soldados, siempre bajo la atenta mirada del
Príncipe de Adab. Cada movimiento que hacía lo llevaba a cabo con la mayor de
las cautelas, pues por alguna razón me veía en la necesidad de impresionarlo.
Pude conocer a muchísima gente importante, y ellos fueron mi
segunda parte del plan. No podía conquistar el palacio solo con la guardia,
pues el pueblo acabaría levantándose en mi contra. Cuando me alzase con el
poder, los pobres se mostrarían confundidos y no sabrían reaccionar pero los
pudientes... A esos tenía que ganármelos antes de asestar mi golpe maestro. El
corazón me palpitaba con fuerza, entre el temor, la incertidumbre y la
diversión. Solo volvería a sentirme tan vivo una vez en mi vida, pero no
adelantemos acontecimientos.
Para cuando dieron comienzo los festejos ya había conocido a
todos los guardias, sabía quiénes me apoyarían y quiénes supondrían un pequeño
problema. Para el segundo día había conocido a la mayor parte de los invitados.
Hubo uno, Kukort, con quien hice buenas migas. Supongo que compartimos el gusto
por el poder y el amor por todo lo dorado. Me encontraba contemplando, en un
momento de relajación entre banquete y banquete, una preciosa escultura de la
diosa Umai increíblemente detallada que tenía un vestido de marfil esculpido,
me atrevería a decir, con fervor; lo veía. Tenía sesenta trenzas hechas de oro,
y ese fue el detalle que me maravilló. Las trenzas se entrelazaban, iban de
aquí para allá, abrazaban la escultura como brazos, pero se podía ver que cada
una era una pieza de oro única. Entonces Kukort se me acercó. «Maravillosa, ¿no
es así?» Me giré para ver quién era. «Es increíble el nivel de detalle que
tiene esta escultura», respondí agitado, pues no me esperaba que alguien me
abordara en ese momento. Él me respondió: «¿Ha visto cómo brillan? ¿Ha visto
cómo bañan el vestido de marfil con su preciosísima luz?», entonces lo supe.
Supe que él podría ayudarme. Embelesado,
asentí con la cabeza y le pregunté cuánto gustaba del dorado metal. Me contestó
que mataría por la cantidad adecuada y yo le sonreí. «Entonces puedo hacer que
mate a mucha gente».
Nos fuimos a dar una vuelta lejos de miradas indiscretas. Le
expliqué que era capaz de transmutar cualquier metal en oro y tras una pequeña
demostración accedió a ayudarme y me presentó a más personas interesadas en mi
plan. El número de simpatizantes a mi causa se vio disparado entre los
pudientes gracias a Kukort. Mientras, fui convenciendo a cada guardia de que
había un movimiento muy fuerte a favor de un cambio de poder. Realmente no
tenía a ningún soldado de mi parte, pero supe venderme bien y ofrecí
recompensas. El último al que le dije mi plan fue al capitán de la guardia. Una
vez tuve en mi bolsillo a las altas esferas y a los soldados, no pudo rechazar
estar de mi parte. El último día de las celebraciones, el sultán había muerto y
yo ocupaba su lugar. Sus ojos llenos de incomprensión, su expresión
aterrorizada, su incredulidad ante la muerte, la sangre fundiéndose con el oro
de la daga que le clavé en el pecho... Todo fue sencillamente... Mágico.

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