lunes, 17 de febrero de 2014

Alchimiæ 3 (Parte IV)


IV. Asclepio

En poco tiempo tuve la mayor botica que un hombre de aquella época hubiese podido imaginar. Tenía en mi bolsillo a comerciantes de todo tipo de regiones, a los guardias de la ciudad, recaudadores de impuestos, bandidos... Cualquiera con un mínimo de repercusión en la pequeña sociedad tenía un pedacito de oro todas las semanas. Los demás miembros de mi gremio permanecían constantemente bajo los efectos de la adormidera. Pronto, incluso la propia realeza tuvo que recurrir a mis servicios.

El día que vi por primera vez al Sultán me saludó por mi nombre. La sensación fue indescriptible, pero no lo suficientemente complaciente. Tuve la sensación de que conocía mis planes, lo vi en sus ojos. Y quizás por eso me encargó un remedio tan particular para la artritis. Lo más normal era pedir cúrcuma, pues eran muchos los males que podía sanar. La planta de la que se obtiene dicha especia, que por cierto se utiliza en la elaboración del curry, tiene una flor preciosa. Nunca faltó en ninguno de mis hogares una Curcuma longa. En su mejor momento los sépalos escondían, como sorpresa para los curiosos, unos detalles rojizos; del mismo cáliz emergían unos brotes naranjas similares a las flores de la Mirabilis jalapa o dondiego de noche; y por último se coronaban con unos magníficos pétalos blancos.

El sultán, con una mirada desafiante en su rostro me pidió veneno de Naja naja. Bien tratado y en la cantidad adecuada, era perfecto para la artritis. Sin embargo yo (el mejor boticario de la ciudad) no sabía prepararlo, lo que me hizo pensar que al igual que yo desconocía su preparación debido a su rareza, nadie en el círculo más personal del sultán sabría siquiera qué aspecto tenía. Con una sonrisa y todos mis respetos pedí que, por favor, esperase unos instantes. Lo que haría sería darle una pequeña dosis del elixir que a mí me había dado la vida eterna. Pondría remedio a sus problemas, se sentiría incluso mejor y me ganaría su confianza.

Así fue. El sultán quedó encantado y días después me pidió que fuera a palacio, durante las celebraciones de su cumpleaños.

El camino hasta su morada fue excitante. Me sentía como si estuviese escondido en las entrañas del caballo de Troya, cruzando el umbral de los muros de la ciudad. El enorme recibidor fue, en aquel momento, el sitio más lujoso que había podido imaginar. Me siento incapaz de describir el lugar con palabras, pues la suntuosidad y opulencia eran tan abrumadoras que cualquier cosa que pueda decir no le haría justicia.
El sultán en persona me fue enseñando las diferentes estancias del palacio y cada una era muchísimo más bonita y excesiva que la anterior. El único lugar que no tuve oportunidad de visitar fueron sus aposentos. Aprovechó el recorrido para mostrarme dónde dormiría: En una habitación con un intenso olor a incienso y una cama  cubierta de las mejores sábanas hechas de la seda más exquisita. Siguiendo la tónica de todo el complejo, las paredes estaban cubiertas de bellísimos telares con intrincados bordados.

La fiesta de cumpleaños daría comienzo a la mañana siguiente y duraría una semana, tiempo que tendría que aprovechar el escaso tiempo del que disponía para granjearme la confianza de la guardia personal del Sultán. No perdí ni un instante y en menos de veinticuatro horas ya había hecho buenas migas con la mayor parte de los soldados, siempre bajo la atenta mirada del Príncipe de Adab. Cada movimiento que hacía lo llevaba a cabo con la mayor de las cautelas, pues por alguna razón me veía en la necesidad de impresionarlo.
Pude conocer a muchísima gente importante, y ellos fueron mi segunda parte del plan. No podía conquistar el palacio solo con la guardia, pues el pueblo acabaría levantándose en mi contra. Cuando me alzase con el poder, los pobres se mostrarían confundidos y no sabrían reaccionar pero los pudientes... A esos tenía que ganármelos antes de asestar mi golpe maestro. El corazón me palpitaba con fuerza, entre el temor, la incertidumbre y la diversión. Solo volvería a sentirme tan vivo una vez en mi vida, pero no adelantemos acontecimientos.

Para cuando dieron comienzo los festejos ya había conocido a todos los guardias, sabía quiénes me apoyarían y quiénes supondrían un pequeño problema. Para el segundo día había conocido a la mayor parte de los invitados. Hubo uno, Kukort, con quien hice buenas migas. Supongo que compartimos el gusto por el poder y el amor por todo lo dorado. Me encontraba contemplando, en un momento de relajación entre banquete y banquete, una preciosa escultura de la diosa Umai increíblemente detallada que tenía un vestido de marfil esculpido, me atrevería a decir, con fervor; lo veía. Tenía sesenta trenzas hechas de oro, y ese fue el detalle que me maravilló. Las trenzas se entrelazaban, iban de aquí para allá, abrazaban la escultura como brazos, pero se podía ver que cada una era una pieza de oro única. Entonces Kukort se me acercó. «Maravillosa, ¿no es así?» Me giré para ver quién era. «Es increíble el nivel de detalle que tiene esta escultura», respondí agitado, pues no me esperaba que alguien me abordara en ese momento. Él me respondió: «¿Ha visto cómo brillan? ¿Ha visto cómo bañan el vestido de marfil con su preciosísima luz?», entonces lo supe. Supe que él  podría ayudarme. Embelesado, asentí con la cabeza y le pregunté cuánto gustaba del dorado metal. Me contestó que mataría por la cantidad adecuada y yo le sonreí. «Entonces puedo hacer que mate a mucha gente».

Nos fuimos a dar una vuelta lejos de miradas indiscretas. Le expliqué que era capaz de transmutar cualquier metal en oro y tras una pequeña demostración accedió a ayudarme y me presentó a más personas interesadas en mi plan. El número de simpatizantes a mi causa se vio disparado entre los pudientes gracias a Kukort. Mientras, fui convenciendo a cada guardia de que había un movimiento muy fuerte a favor de un cambio de poder. Realmente no tenía a ningún soldado de mi parte, pero supe venderme bien y ofrecí recompensas. El último al que le dije mi plan fue al capitán de la guardia. Una vez tuve en mi bolsillo a las altas esferas y a los soldados, no pudo rechazar estar de mi parte. El último día de las celebraciones, el sultán había muerto y yo ocupaba su lugar. Sus ojos llenos de incomprensión, su expresión aterrorizada, su incredulidad ante la muerte, la sangre fundiéndose con el oro de la daga que le clavé en el pecho... Todo fue sencillamente... Mágico.



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