lunes, 3 de marzo de 2014

Alchimiæ 3 (Parte VI)


VI. Baco

Mi vida hasta el siglo XVIII fue, ciertamente, aburrida. Viví en Grecia la mayor parte del tiempo, cambiando de nombre y fingiendo mi muerte un par de veces. Siempre hacía lo mismo: Enamoraba a una mujer, y procuraba que muriese durante el parto. Si era niño, lo cuidaba hasta la edad de siete u ocho años para posteriormente, asesinarlo también. Cuando fingía mi muerte, reaparecía como el hijo perdido para reclamar mi herencia. Posteriormente me mudé a Inglaterra y me hice con  dicha nacionalidad. Pasé a llamarme Bartholomew Birdwhistle, nombre que aún a día de hoy me suena pedante incluso para un británico. Conseguí el título nobiliario de Lord en 1.785 y, en 1.831 fingí mi muerte una vez más. Aprendí a maquillarme para aparentar más edad e incluso descubrí que, aplicando una infusión a base de manzanilla cada día lograba que poco a poco mi pelo fuese decolorándose dando la sensación de vejez progresiva. A mediados del siglo diecinueve, gracias al trabajo de William Nicholson y el señor Faraday en el campo de la electrólisis (que el propio Nicholson descubrió accidentalmente) pude decolorármelo con agua oxigenada.


Como iba diciendo, en el año 1.831 fingí mi muerte de nuevo aunque esta vez fue más complicado porque no tenía un hijo “de sangre” al que suplantar. Cada vez que fenecía, tenía que permanecer escondido un par de años. Así fue como, en 1.833 apareció el desconocido heredero de Lord Bartholomew Birdwhistle: el joven Albert Applewhite, producto de un romance de mi antiguo yo. Me gustaba que mi nombre y mi apellido comenzasen por la misma letra. Sonaba más profundo, más sereno, más varonil. Heredé mi propia fortuna una vez más y, por supuesto, mi título nobiliario. Quedaba volver a presentarme en sociedad, con una nueva personalidad, nuevos gestos... Todo para que nadie descubriese mi maldición.

He de decir que nunca lo vi realmente como una maldición, no hasta hoy que escribo estas lineas. De hecho siempre me consideré afortunado, por encima. Nunca valoré la vida humana, nunca amé, nunca sentí nada que no fuese la necesidad de aplastar a la raza humana, de prevalecer sobre ella.

Esta vez decidí mudarme a Austria. Nueva identidad, nueva sociedad. Estaban de moda los vals gracias a su reciente introducción en la ópera y el ballet (aunque sus orígenes se remontan al siglo XII), y era muy común bailarlos en las fiestas más elegantes. Me encantaba una pieza de Johann Strauss I llamada Kettenbrücke-Walzer. Simplemente maravillosa. En aquella época también me enamoró la música de Frédéric Chopin, a quien tuve ocasión de ver tocar en su último concierto el dieciséis de febrero de 1.848 pero es un tema que no abordaré.

Fue en 1.833, durante mi introducción a la sociedad vienesa, cuando mi vida cambió para siempre una vez más. La diferencia es que entonces también cambió mi forma de ver a los demás. Recuerdo que la velada estaba siendo magnífica, y disfrutaba de una buena bebida en compañía de otra gente de mi edad. Explicaba quién era y qué hacía ahí mientras me respondían qué podía visitar y a qué lugares podía acudir. También me instaban a ir a sus hogares para cenar o merendar. Resulta evidente que no era el súmmum de la diversión, pero por lo menos había caído bien y podría afianzarme allí. En cierto momento me quedé solo. Me encontraba meditabundo, pensando acerca de las amistades que más me convendrían para poder ganarme al resto de los nobles cuando Lukas, un hombre entrado en años, decidió presentarme al Conde de Byron.
«El señor Birdwhistle, supongo», dijo el Conde. Yo estaba perplejo y se me hizo un nudo en la garganta. Era él. Lukas salió en mi auxilio explicando que yo era su hijo, Albert Applewhite. «Oh, disculpe mi error. Es que usted se parece demasiado a su padre. Cualquiera en mi lugar podría incluso pensar que es él», dijo riendo. «Eso sería extremadamente difícil, tenga en cuenta que el padre del señor Applewhite aquí presente murió de viejo. ¿Me equivoco?», dijo Lukas en tono seco. Yo asentí con la cabeza y decidí entrar al juego: «Puestos a buscar semejanzas, estimado Conde, debo decir que usted me recuerda a alguien que vi en unos antiguos grabados. Se parece a un príncipe de hace mucho tiempo». Él soltó una sonora carcajada: «¡Eso sí que sería divertido! ¡Lukas, fíjese! ¡Está hablando usted con un impostor incapaz de envejecer y alguien capaz de viajar en el tiempo!»

Lukas sonrió. «Es ciertamente surrealista, mi querido amigo», añadió el Conde. El hombre que nos acababa de presentar debió de sentirse incómodo en tan estrambótico ambiente y se marchó con una disculpa. El Conde se acercó a mí y me tendió la mano. «Cuánto tiempo, Jabir. Bueno, para ti. Yo de hecho vengo de despedirme de ti. Fíjate, ¿a que ahora mi ropa no te parece tan extraña? Es mi estilo favorito. La vida antes del siglo dieciocho es aburrida, después es insultante aunque es donde vivo. Los negocios resultan más prósperos y divertidos. ¿Cómo va tu fortuna? ¿A cuánta gente has matado ya? Vaya ha pasado tan poco tiempo desde que te vi por última vez que ni siquiera he tenido tiempo de pensar en qué voy a preguntarte, aunque también es verdad que no tengo nada que preguntar puesto que lo sé todo sobre ti».

Le pregunté qué quería. «Acompáñame, tengo que presentarte a alguien. Es una mujer encantadora, ya verás. La he creado para que te enamore a primera vista», respondió. Con cierto aire escéptico, lo seguí. No iba a lograr que ninguna mujer me enamorase. Ni él ni nadie.

«Mi estimada Saváne», dijo sin pronunciar la E, «le presento al señor Applewhite. Es nuevo por estas tierras, no le tome mucho el pelo». Se giró hacia mí, advirtiéndome de que le gustaba bromear y lanzar comentarios sarcásticos muy sutilmente. «Es algo que tenemos en común, ¿no es cierto querida?» El Conde nos dejó solos, y comenzamos a charlar acerca de cómo nuestras vidas habían dado a parar el uno frente al otro.

La joven tenía el pelo corto, castaño y con las puntas de un tono más bien rubio. Hago énfasis en el pelo porque fue en lo primero que me fijé, desconozco el motivo. Me pregunté si tenía ascendencia asiática, pues tenía unos rasgos claramente orientales. Dijo que venía de Francia y que, ciertamente, su madre era del Imperio de Corea. Cómo esta acabó enamorada de un parisino fue una anécdota harto interesante y que daría para varias páginas. El viaje de Saváne hasta Austria no se quedaba atrás, pero no es el momento de abordar esas historias. La noche fue maravillosa. Por un día olvidé mis más avariciosos deseos, mi abrasador egoísmo y sentí, por primera vez, la sensación de importarle a alguien. ¡Qué magnífica cura para el alma! ¡Qué embriagador sentimiento!

Sin embargo, era consciente de que todo era una burda trampa del Conde, y no pensaba caer en ella. Mis primeros días en Viena los pasé con Saváne, recorriendo los lugares más emblemáticos de la ciudad a la vez que intentaba discernir qué quería de mí ese demonio. Esta duda, tan obvia para cualquiera que me lea, no había despertado en mí la necesidad de ser respondida hasta ahora. No con tanta intensidad. Estudié el comportamiento de la joven y también lo poco que sabía del Conde. Saváne se comportaba como si me leyese el pensamiento, como si supiese de antemano qué me gustaba, qué valoraba. Lo sabía incluso mejor que yo mismo. Del Conde lo único que conocía era su capacidad para viajar en el tiempo. Se suponía que eso le daba la ventaja sobre mí, pues podía vivir el futuro, pero se sorprendió cuando no reaccioné como él esperaba. ¿Quería decir esto que yo podía cambiar mi destino? Por lo menos, parecía que el Conde no tenía pleno control sobre mi voluntad. Quería saber si Saváne era, en algún modo, creación suya pero no se me ocurrió manera de averiguarlo. Lo único que podía hacer era, simplemente, alejarme de ella. Pero no sería fácil.

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