VI. Baco
Mi vida hasta el siglo XVIII fue, ciertamente, aburrida.
Viví en Grecia la mayor parte del tiempo, cambiando de nombre y fingiendo mi
muerte un par de veces. Siempre hacía lo mismo: Enamoraba a una mujer, y
procuraba que muriese durante el parto. Si era niño, lo cuidaba hasta la edad
de siete u ocho años para posteriormente, asesinarlo también. Cuando fingía mi
muerte, reaparecía como el hijo perdido para reclamar mi herencia.
Posteriormente me mudé a Inglaterra y me hice con dicha nacionalidad. Pasé a llamarme
Bartholomew Birdwhistle, nombre que aún a día de hoy me suena pedante incluso
para un británico. Conseguí el título nobiliario de Lord en 1.785 y, en 1.831
fingí mi muerte una vez más. Aprendí a maquillarme para aparentar más edad e
incluso descubrí que, aplicando una infusión a base de manzanilla cada día
lograba que poco a poco mi pelo fuese decolorándose dando la sensación de vejez
progresiva. A mediados del siglo diecinueve, gracias al trabajo de William
Nicholson y el señor Faraday en el campo de la electrólisis (que el propio
Nicholson descubrió accidentalmente) pude decolorármelo con agua oxigenada.
Como iba diciendo, en el año 1.831 fingí mi muerte de nuevo
aunque esta vez fue más complicado porque no tenía un hijo “de sangre” al que
suplantar. Cada vez que fenecía, tenía que permanecer escondido un par de años.
Así fue como, en 1.833 apareció el desconocido heredero de Lord Bartholomew
Birdwhistle: el joven Albert Applewhite, producto de un romance de mi antiguo
yo. Me gustaba que mi nombre y mi apellido comenzasen por la misma letra.
Sonaba más profundo, más sereno, más varonil. Heredé mi propia fortuna una vez
más y, por supuesto, mi título nobiliario. Quedaba volver a presentarme en
sociedad, con una nueva personalidad, nuevos gestos... Todo para que nadie
descubriese mi maldición.
He de decir que nunca lo vi realmente como una maldición, no
hasta hoy que escribo estas lineas. De hecho siempre me consideré afortunado,
por encima. Nunca valoré la vida humana, nunca amé, nunca sentí nada que no
fuese la necesidad de aplastar a la raza humana, de prevalecer sobre ella.
Esta vez decidí mudarme a Austria. Nueva identidad, nueva
sociedad. Estaban de moda los vals gracias a su reciente introducción en la
ópera y el ballet (aunque sus orígenes se remontan al siglo XII), y era muy
común bailarlos en las fiestas más elegantes. Me encantaba una pieza de Johann
Strauss I llamada Kettenbrücke-Walzer.
Simplemente maravillosa. En aquella época también me enamoró la música de
Frédéric Chopin, a quien tuve ocasión de ver tocar en su último concierto el
dieciséis de febrero de 1.848 pero es un tema que no abordaré.
Fue en 1.833, durante mi introducción a la sociedad vienesa,
cuando mi vida cambió para siempre una vez más. La diferencia es que entonces
también cambió mi forma de ver a los demás. Recuerdo que la velada estaba
siendo magnífica, y disfrutaba de una buena bebida en compañía de otra gente de
mi edad. Explicaba quién era y qué hacía ahí mientras me respondían qué podía
visitar y a qué lugares podía acudir. También me instaban a ir a sus hogares
para cenar o merendar. Resulta evidente que no era el súmmum de la diversión,
pero por lo menos había caído bien y podría afianzarme allí. En cierto momento
me quedé solo. Me encontraba meditabundo, pensando acerca de las amistades que
más me convendrían para poder ganarme al resto de los nobles cuando Lukas, un
hombre entrado en años, decidió presentarme al Conde de Byron.
«El señor Birdwhistle, supongo», dijo el Conde. Yo estaba
perplejo y se me hizo un nudo en la garganta. Era él. Lukas salió en mi auxilio
explicando que yo era su hijo, Albert Applewhite. «Oh, disculpe mi error. Es
que usted se parece demasiado a su padre. Cualquiera en mi lugar podría incluso
pensar que es él», dijo riendo. «Eso sería extremadamente difícil, tenga en
cuenta que el padre del señor Applewhite aquí presente murió de viejo. ¿Me
equivoco?», dijo Lukas en tono seco. Yo asentí con la cabeza y decidí entrar al
juego: «Puestos a buscar semejanzas, estimado Conde, debo decir que usted me
recuerda a alguien que vi en unos antiguos grabados. Se parece a un príncipe de
hace mucho tiempo». Él soltó una sonora carcajada: «¡Eso sí que sería
divertido! ¡Lukas, fíjese! ¡Está hablando usted con un impostor incapaz de
envejecer y alguien capaz de viajar en el tiempo!»
Lukas sonrió. «Es ciertamente surrealista, mi querido
amigo», añadió el Conde. El hombre que nos acababa de presentar debió de
sentirse incómodo en tan estrambótico ambiente y se marchó con una disculpa. El
Conde se acercó a mí y me tendió la mano. «Cuánto tiempo, Jabir. Bueno, para
ti. Yo de hecho vengo de despedirme de ti. Fíjate, ¿a que ahora mi ropa no te
parece tan extraña? Es mi estilo favorito. La vida antes del siglo dieciocho es
aburrida, después es insultante aunque es donde vivo. Los negocios resultan más
prósperos y divertidos. ¿Cómo va tu fortuna? ¿A cuánta gente has matado ya?
Vaya ha pasado tan poco tiempo desde que te vi por última vez que ni siquiera
he tenido tiempo de pensar en qué voy a preguntarte, aunque también es verdad
que no tengo nada que preguntar puesto que lo sé todo sobre ti».
Le pregunté qué quería. «Acompáñame, tengo que presentarte a
alguien. Es una mujer encantadora, ya verás. La he creado para que te enamore a
primera vista», respondió. Con cierto aire escéptico, lo seguí. No iba a lograr
que ninguna mujer me enamorase. Ni él ni nadie.
«Mi estimada Saváne», dijo sin pronunciar la E, «le presento
al señor Applewhite. Es nuevo por estas tierras, no le tome mucho el pelo». Se
giró hacia mí, advirtiéndome de que le gustaba bromear y lanzar comentarios
sarcásticos muy sutilmente. «Es algo que tenemos en común, ¿no es cierto
querida?» El Conde nos dejó solos, y comenzamos a charlar acerca de cómo
nuestras vidas habían dado a parar el uno frente al otro.
La joven tenía el pelo corto, castaño y con las puntas de un
tono más bien rubio. Hago énfasis en el pelo porque fue en lo primero que me
fijé, desconozco el motivo. Me pregunté si tenía ascendencia asiática, pues
tenía unos rasgos claramente orientales. Dijo que venía de Francia y que,
ciertamente, su madre era del Imperio de Corea. Cómo esta acabó enamorada de un
parisino fue una anécdota harto interesante y que daría para varias
páginas. El viaje de Saváne hasta Austria no se quedaba atrás, pero no es el
momento de abordar esas historias. La noche fue maravillosa. Por un día olvidé
mis más avariciosos deseos, mi abrasador egoísmo y sentí, por primera vez, la
sensación de importarle a alguien. ¡Qué magnífica cura para el alma! ¡Qué
embriagador sentimiento!
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