No fue fácil. Saváne era insistente y aunque me mudé diez
veces, diez veces consiguió encontrarme. El Conde así lo disponía, sin embargo
pronto descubrí que ciertas cosas se escapan de su control. No solo no podía
controlar mi libre albedrío, si no que tampoco pudo (o no quiso) evitar que
Saváne enfermase. La tuberculosis se la llevó unos meses después de su última
visita. Intenté recabar la información que tenía acerca del endemoniado Conde
de Byron: Me dio una piedra filosofal, podía viajar en el tiempo y el espacio,
tentar a las personas sin manipular su libertad y me trataba como su juguete,
su diversión. ¿Quién era? ¿Por qué lo hacía? Debería haber sido capaz de
responder estas dudas hace siglos y a día de hoy sigo sin tener una respuesta
clara. Hoy, esta noche, sé que obtendré mis respuestas. Pero antes de eso voy a
terminar de relatar los acontecimientos de aquella época.
¡Era tan desgarrador encontrarse ante la tumba de la que
había sido la única mujer que realmente había amado! ¡Era tan doloroso saber
que había sido fruto de un ardid de mi titiritero! ¡Qué tumba tan espartana
para tan maravillosa mujer! ¡Qué gris tan moribundo para una mujer que estuvo
llena de vida!
Vida... Qué caprichoso divertimento del Todopoderoso, qué
suspiro tan fugaz y qué poco la había valorado siempre... No pude evitar pensar,
ante la sepultura de mi corazón, todo el dolor que había provocado a lo largo
de mi deplorable existencia. Me consumía las entrañas darme cuenta de lo
maravilloso que había sido experimentar el amor hacia un semejante, porque me
había limitado a velar por mi bienestar y mis intereses. Había provocado en
tantas personas unos sentimientos tan alejados de ese cariño que solo deseaba
morir. Me sentía vacío, apesadumbrado y... Suspiro mientras me contento mis
lágrimas de remordimientos. Dios Todopoderoso, ¿cómo pude hacer estas cosas?
¿Por qué me lo permitiste?
«Mira lo que has conseguido, Jabir. Has matado a otra
inocente, y esta incluso te amaba», escuché detrás de mí. Era él, vestido de
luto. Por primera vez no dije nada, pues comprendí que hablarle o enfrentarle
supondría hundirme más en mi fango. Con la melancolía asomando en mi rostro, le
miré. Sentí pena por aquel hombre. Muchísima. Me di la vuelta y empecé a
caminar.
«¡No puedes escapar de mí!», dijo. Continué avanzando. «¡Si
das un paso más acabaré contigo!», gritó. Entonces me detuve, me di la vuelta y
le dije que lo hiciera porque por fin podría agradecerle algo. Tiré la piedra
filosofal a sus pies y me marché. ¿Después? Lloré amargamente durante días,
meses y años lamentándome de todo lo que había sucedido. Una parte de mí quiso
acabar con todo, pero otra parte de mí quería pagar por todo ese dolor.
En cuanto al Conde no vuelto a verlo personalmente, hecho
que cambiará esta misma noche. En unas horas volveré a tenerlo frente a mí. Él actualmente
es el misterioso CEO y fundador de Chrono Logistics, una poderosa multinacional
dedicada al estudio de los viajes en el tiempo. Se las ha ingeniado para que
nadie sepa ponerle cara o nombre. Su empresa está ahí, todos sabemos que está
ahí pero soy el único que parece conocer su misterio. Hoy celebra una fiesta en
su ático de Nueva York y por supuesto me ha tenido que invitar. Presenta el
prototipo definitivo de los “viajes crono-turísticos”: La Kairos 9600. Desconozco
su funcionamiento o aspecto. Pero voy a ir. Voy a poner fin a este juego. Voy a
acabar con el Conde de una vez por todas.
Continúa aquí
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