lunes, 10 de marzo de 2014

Alchimiæ 3 (Parte VII)


No fue fácil. Saváne era insistente y aunque me mudé diez veces, diez veces consiguió encontrarme. El Conde así lo disponía, sin embargo pronto descubrí que ciertas cosas se escapan de su control. No solo no podía controlar mi libre albedrío, si no que tampoco pudo (o no quiso) evitar que Saváne enfermase. La tuberculosis se la llevó unos meses después de su última visita. Intenté recabar la información que tenía acerca del endemoniado Conde de Byron: Me dio una piedra filosofal, podía viajar en el tiempo y el espacio, tentar a las personas sin manipular su libertad y me trataba como su juguete, su diversión. ¿Quién era? ¿Por qué lo hacía? Debería haber sido capaz de responder estas dudas hace siglos y a día de hoy sigo sin tener una respuesta clara. Hoy, esta noche, sé que obtendré mis respuestas. Pero antes de eso voy a terminar de relatar los acontecimientos de aquella época.


¡Era tan desgarrador encontrarse ante la tumba de la que había sido la única mujer que realmente había amado! ¡Era tan doloroso saber que había sido fruto de un ardid de mi titiritero! ¡Qué tumba tan espartana para tan maravillosa mujer! ¡Qué gris tan moribundo para una mujer que estuvo llena de vida!

Vida... Qué caprichoso divertimento del Todopoderoso, qué suspiro tan fugaz y qué poco la había valorado siempre... No pude evitar pensar, ante la sepultura de mi corazón, todo el dolor que había provocado a lo largo de mi deplorable existencia. Me consumía las entrañas darme cuenta de lo maravilloso que había sido experimentar el amor hacia un semejante, porque me había limitado a velar por mi bienestar y mis intereses. Había provocado en tantas personas unos sentimientos tan alejados de ese cariño que solo deseaba morir. Me sentía vacío, apesadumbrado y... Suspiro mientras me contento mis lágrimas de remordimientos. Dios Todopoderoso, ¿cómo pude hacer estas cosas? ¿Por qué me lo permitiste?

«Mira lo que has conseguido, Jabir. Has matado a otra inocente, y esta incluso te amaba», escuché detrás de mí. Era él, vestido de luto. Por primera vez no dije nada, pues comprendí que hablarle o enfrentarle supondría hundirme más en mi fango. Con la melancolía asomando en mi rostro, le miré. Sentí pena por aquel hombre. Muchísima. Me di la vuelta y empecé a caminar.

«¡No puedes escapar de mí!», dijo. Continué avanzando. «¡Si das un paso más acabaré contigo!», gritó. Entonces me detuve, me di la vuelta y le dije que lo hiciera porque por fin podría agradecerle algo. Tiré la piedra filosofal a sus pies y me marché. ¿Después? Lloré amargamente durante días, meses y años lamentándome de todo lo que había sucedido. Una parte de mí quiso acabar con todo, pero otra parte de mí quería pagar por todo ese dolor.

En cuanto al Conde no vuelto a verlo personalmente, hecho que cambiará esta misma noche. En unas horas volveré a tenerlo frente a mí. Él actualmente es el misterioso CEO y fundador de Chrono Logistics, una poderosa multinacional dedicada al estudio de los viajes en el tiempo. Se las ha ingeniado para que nadie sepa ponerle cara o nombre. Su empresa está ahí, todos sabemos que está ahí pero soy el único que parece conocer su misterio. Hoy celebra una fiesta en su ático de Nueva York y por supuesto me ha tenido que invitar. Presenta el prototipo definitivo de los “viajes crono-turísticos”: La Kairos 9600. Desconozco su funcionamiento o aspecto. Pero voy a ir. Voy a poner fin a este juego. Voy a acabar con el Conde de una vez por todas.

Que Dios me ayude y se apiade de mi alma.

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