VII. Hades
He ido a la fiesta de presentación. La sala donde se
celebraba era descomunal, plagada de estanterías, con una bóveda de cristal y
en el centro, tapada con una lona negra se encontraba la Kairos 9600. Nadie se
ha aventurado a levantar el misterioso velo, aunque alguno de los asistentes sí
que desviaban la mirada en mitad de sus conversaciones.
He podido ver a mucha gente importante del mundo de los
negocios. Había dirigentes de Lupus Technologies, altos cargos del Lemming
Brothers, senadores, gobernadores, abogados, etcétera. Me ha sorprendido
muchísimo ver algunos accionistas de Sunshine Laboratories dado el
enfrentamiento público en el que están envueltos contra la cúpula de Lupus
Technologies tanto en los medios de comunicación como en los tribunales. Las
acusaciones no son tonterías, sino cosas bastante graves. A pesar de ello, hoy
a nadie ha parecido importarle esa guerra. El nuevo súperdeportivo de la
compañía italiana De Martino, por el contrario, estaba en boca de todos. Su
nuevo Vento V-12 es el capricho deseado por muchos de los asistentes, y solo
tres han conseguido una de las doscientas cincuenta unidades.
Tras unos instantes de distracción mi mente volvió al Conde.
He empezado a buscarlo entre los grupos de personas que se habían ido formando
a lo largo de la velada en el salón principal. Finalmente lo he encontrado en
un despacho apartado de la fiesta, contemplando la noche neoyorquina con una
copa de champán en la mano derecha y la izquierda, reposando en el bolsillo del
pantalón. Pude percatarme de que me observaba a través del reflejo del
ventanal, se ha dado la vuelta y me ha entregado la piedra filosofal una vez
más. «Me parece que esto es tuyo Jabir», ha dicho.
Manteniendo un semblante serio me ha explicado que solo
necesitaba que la tuviese durante unas horas. Me ha parecido un cambio de
actitud muy curioso porque daba la sensación de que, por una vez, no quería que
algo saliese mal. ¿Acaso el siglo XXI le había hecho madurar o perder su
cinismo? Sea como fuere he vuelto a encontrarme con la piedra en mis manos, he
vuelto a sentir el frío tacto de su maldad en mi poder. No quería tenerla por
más tiempo, no quería volver a dañar a alguien. Ahora descansa aquí, a mi lado.
Puedo sentir su influencia sobre mí, y me hace recordar cada crimen que he
cometido...
Después de guardarme la piedra en el bolsillo de la
americana, mi anfitrión ha sacado de su chaleco un reloj. En ese momento el
corazón me ha dado un vuelco y se me ha helado la sangre. Ese artilugio, ese
traje... Ya los había visto antes, el día en que conocí al Conde. Tras mirarme
a los ojos me ha mostrado una piedra idéntica a la que yo tengo, pero
visiblemente nueva. «Disfruta de la velada», me ha susurrado sonriendo antes de
ir al salón central donde estaban todos. He ido detrás, ha pedido a los
asistentes que guardaran silencio y ha comenzado un discurso.
«Damas y caballeros, lo primero me gustaría agradecer que
estén todos hoy aquí conmigo, celebrando este hito de la Humanidad. Desde hace
décadas, el hombre ha soñado con los viajes en el tiempo, con poder visitar la
Prehistoria, el Antiguo Egipto en todo su esplendor, el Imperio Persa, el
Renacimiento... ¿Me equivoco? ¿Acaso no sería fantástico contemplar cómo Miguel
Ángel pinta la Capilla Sixtina? ¿Cómo Nerón le prendió fuego a Roma? ¿No les
gustaría ver la reacción de Cristóbal Colón cuando llegó a América por primera
vez? Bien amigos míos, pues ahora es posible. Todos esos días han llegado. ¡Les
presento la Kairos 9600!»
Mientras hablaba, se podía ver un vídeo con representaciones
de diversas épocas y gente viajando a ellas. Finalmente ha desvelado el
prototipo, que era una cápsula oval con el interior muy parecido al de un caza
de combate aunque con menos botones. Ha explicado que, aunque esa unidad solo
tenía un asiento, fabricaría modelos para uno, dos y cuatro ocupantes.
«Imaginen un viaje de ensueño al París del siglo XIX, a la Venecia del XVII!»
Su discurso ha durado lo menos cuarenta minutos, y a cada
palabra que pronunciaba mi corazón iba latiendo con más fuerza. Sentía cómo se
acercaba el momento y sabía lo que iba a hacer: Iba a viajar hasta el momento
en que me dio la piedra y por fin iba a conocer el motivo. Una parte de mí
estaba expectante y la otra confundida. Todo este tiempo había creído que el
Conde era algún tipo de ser demoníaco con mucho tiempo libre. Siempre pensé que
él no era de este mundo. Y pese a que ahora mismo conozco la mayoría de los
detalles, hay cosas que no me cuadran. Todavía me niego a creer lo que me ha
dicho.
«Todos los presentes tenemos algo en común. O bien poseemos
una, o simplemente somos conscientes de la realidad sobre las piedras filosofales.
Cada una tiene una forma y dimensiones únicas e irrepetibles», entonces ha
procedido a sacar la piedra que me había mostrado instantes antes en el
despacho. «Ahora voy a cortar, delante de todos ustedes, esta piedra para que
puedan comprobar que realmente la máquina funciona», y así lo ha hecho. Ha
dejado el otro pedazo de piedra sobre una mesa, se ha introducido en la Kairos
y antes de cerrar la cabina ha gritado: «¡Damas y caballeros contemplen el
viaje temporal!» Un destello terrible, azulado y acompañado por un estruendo
similar al de un trueno ha iluminado toda la sala. Al descubrir que la máquina
estaba vacía, algunos han dejado escapar una ovación seguida de murmullos. La
sorpresa ha dado paso a la preocupación al no saber qué estaba sucediendo ni si
el Conde iba a volver.
Tras esos minutos de incertidumbre, el público a roto el
silencio con un estruendoso aplauso cuando él ha vuelto. Ha salido del despacho
de antes y ha gritado mi nombre: «¡Jabir! ¡Levante aquello que le entregué hace
siglos!» Todo el mundo se ha quedado mirándome. «Saque la piedra y compruebe
que el trozo que he partido antes encaja en ella», ha dicho ante el estupor de
todos. Lentamente, con el corazón a punto de estallar, me he acercado a la mesa.
Efectivamente: Encajaba. Un hombre, accionista del Lemming Brothers ha
preguntado si realmente era inmortal. Incomprensiblemente para él y
sorprendentemente para mí, no era el único que gozaba de la vida eterna entre
los asistentes. Estaba ante un grupo de alquimistas ricachones, aunque no todos
parecían conocer todas las propiedades reales de las piedras.
Ha sido en ese momento cuando mis sospechas se han hecho
realidad, cuando aquello que me rondaba la mente durante toda la fiesta se ha
confirmado. He comprendido qué pintaba yo en todo eso, por qué maté a tantas
personas, por qué tenía la piedra. Marketing. Todo había sido una estrategia de
marketing para vender un producto. Necesitaba respirar, así que he tenido que
salir al balcón. Podía escuchar de fondo al Conde explicando más cosas sobre la
Kairos 9.600, como que “por los intereses de la nación” ciertos momentos
históricos (el asesinato de Kennedy o los atentados del World Trade Center)
estaban censurados. Un viajero no podía acercarse durante el transcurso de esos
acontecimientos a menos de un kilómetro. Otros lugares, como el Área 51 o
Guantánamo permanecían “prohibidos” constantemente y en ningún momento se
permitiría viajar al futuro para salvaguardar los intereses comerciales de las
corporaciones. Aún así, ha dejado claro que la Kairos 9.600 tenía esa
capacidad.
Tras contestar a una ronda de preguntas, ha salido a la
terraza donde me encontraba y me ha preguntado si pensaba saltar. Ciertamente,
lo había pensado pero rápidamente se ha molestado en recordarme lo que debe de
ser una regla de la alquimia: Quien por el oro vive, por el oro muere. Saltar
sería inútil a no ser que el pavimento estuviese hecho del dorado metal. «Todo
lo que he hecho, toda la gente que yo he matado, mi avaricia... ¿Todo para
vender tu máquina?», le he preguntado. Con una sonrisa, ha respondido: «¿No ha
sido divertido? Sin embargo, yo solo te di la piedra. Tú eres quien decidió
usarla mal», y lo más doloroso es que lleva razón. «Eres un miserable, un
demonio», he dicho.
«No, Jabir. Solo soy un tipo con suerte. Hace diez años encontré
en la casa que acababa de encontrar, un diario escrito y firmado por el
Príncipe de Adab. Dicho manuscrito explicaba con todo lujo de detalles cómo
construir una máquina del tiempo. Además incluía tu nombre. Decía que te
visitara pero sin llegar a hablar contigo o dejar que me vieras, tan solo para
conocerte mejor. Después de construir la máquina y dar con tu tienda, viajé al
futuro Concretamente hasta las tres y media de esta madrugada: Dentro de unas horas.
Y comprobé que mi fiesta de presentación había sido un éxito y que darte la
piedra era una empresa necesaria.
Después de ese viaje, organicé la fiesta y he vuelto al
pasado para poder darte el artefacto. Cualquier otro recuerdo que tengas sobre
mí, aún no lo he vivido. Es curioso esto del tiempo, ¿no crees? No te lo tomes
a mal Jabir, solo son negocios. Ahora si me disculpas, tengo que irme. Mi yo de
hace diez años tiene que encontrar mi diario. Ah, y otra cosa más. Supongo que
tarde o temprano te preguntarás cómo supe que me habías tirado la piedra si aún
no he vivido eso. No le des vueltas, lo leí dentro de unas horas en ese diario
que estás escribiendo.»
No me cuadraba algo: Si poseía una piedra filosofal, ¿para
qué fabricar la Kairos? ¿Para qué vender nada? Antes de que se marchase, se lo
he preguntado. Su respuesta ha sido escalofriante: «Porque la piedra puede
darte oro, la vida eterna, poder... Pero nunca podrá darte la satisfacción de
haber triunfado en los negocios. Hasta la vista Jabir.» «¿A dónde vas ahora?»,
pregunté. «Hay alguien que quieres que te presente, así que voy a buscarla.»
Supongo que se refería a Saváne... No lo sé. Ahora estoy
aquí, en mi casa escribiendo esto. Y me doy cuenta de que si ha leído estas
hojas, sin duda ha podido usarlo para hacerme creer durante todo este tiempo
que era algo más que un simple humano como yo. Repasando todas las páginas he
descubierto algo que dijo en nuestro primer encuentro: Que llevaría a un
criminal multimillonario del siglo XXI al suicidio. Ese soy yo, lo sé. El reloj
marca las tres. En media hora sé que volverá el Conde. No tengo escapatoria
posible, sé que seguirá visitándome, sé que seguirá jactándose de mí.
Fin~
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