IV. Asclepio
En poco tiempo tuve la mayor botica que un hombre de aquella
época hubiese podido imaginar. Tenía en mi bolsillo a comerciantes de todo tipo
de regiones, a los guardias de la ciudad, recaudadores de impuestos,
bandidos... Cualquiera con un mínimo de repercusión en la pequeña sociedad tenía
un pedacito de oro todas las semanas. Los demás miembros de mi gremio
permanecían constantemente bajo los efectos de la adormidera. Pronto, incluso
la propia realeza tuvo que recurrir a mis servicios.
El día que vi por primera vez al Sultán me saludó por mi
nombre. La sensación fue indescriptible, pero no lo suficientemente
complaciente. Tuve la sensación de que conocía mis planes, lo vi en sus ojos. Y
quizás por eso me encargó un remedio tan particular para la artritis. Lo más
normal era pedir cúrcuma, pues eran muchos los males que podía sanar. La planta
de la que se obtiene dicha especia, que por cierto se utiliza en la elaboración
del curry, tiene una flor preciosa. Nunca faltó en ninguno de mis hogares una
Curcuma longa. En su mejor momento los sépalos escondían, como sorpresa para
los curiosos, unos detalles rojizos; del mismo cáliz emergían unos brotes
naranjas similares a las flores de la Mirabilis jalapa o dondiego de noche; y
por último se coronaban con unos magníficos pétalos blancos.





