III. El ángel del infierno
El reconfortante sonido del avión en pleno vuelo no parecía
sacar a Vesper de sus pensamientos. No podía olvidar la visión tétrica de aquel
pueblo, no podía olvidar las sensaciones que le invadieron cuando pudo
contemplar el ídolo. Y sobre todo, no soportaba la idea de tener que deshacerse
de él como pretendía Kenji.
—Creo que la figura quedará bien en el salón. Junto con las
marionetas indonesias. —Dijo.
—¿Qué? ¿Por qué? —Kenji
se sorprendió— ¿No íbamos a venderlas? Además, no tienen nada en común con las
marionetas indonesias, ¿por qué quieres ponerlo con ellas? —Vesper se sintió
decepcionada.
—La luminosidad en esa zona del salón es perfecta para algo
así. Creo que resaltará su faceta más siniestra. —respondió mirando a través de
la ventanilla.
—No quiero tener algo así en casa, Vesper. —Una azafata se
acercó con la cena— Esa figura es extraña, y cada vez estoy más seguro de que
no deberíamos haberlo traído con nosotros.
—Tonterías. Ha sido un viaje muy fructífero. —Miró a la
auxiliar— Gracias. —Cortó el bistec, y un olor nauseabundo se escapó de la
cena— Perdone —dijo tapándose la nariz—, ¿es que no ve que esto está más que
pasado? —Kenji se sorprendió. El plato de Vesper estaba perfecto.
—Cariño, la carne está bien. Mira, mi trozo es como el tuyo
y está en su punto. —La mujer puso cara de asco.
—¡Pero si está como el mío! ¿Cómo puedes comerte esa
bazofia? —La azafata no sabía cómo reaccionar.
—Si quieren puedo traerles otra cosa.
-¿Tiene algo de pescado? —Preguntó Vesper.
—Sí.
—Entonces, ¿quieres quedártela? —Preguntó Kenji una vez se
hubo ido la auxiliar de vuelo con la carne. Vesper asintió.
—No sé por qué te afecta tanto que quiera quedármela.
—Y yo no sé por qué quieres quedártela con tanto ímpetu.
—Antes de salir a Brasil, hablé con Hideo. —Vesper no
parecía saber quién era— El director en Japón de Lupus Technologies. Quiere la
figura y ha ofrecido una buena cantidad de dinero.
—Vas a vendérsela...
-Sí, por supuesto. La semana que viene.
No podía creer lo que oía. No podía creer que su marido
quisiera alejarla de aquel tesoro que había encontrado. Él tenía que hacerla
feliz, no arrebatarle todo lo que deseaba. La cabeza empezó a darle vueltas,
¿qué debía hacer? ¿Separarse? ¿Abandonarle? ¿Guardar la estatuilla por la fuerza?
Vesper miró a su esposo.
—No te preocupes —dijo este sonriendo—, con lo que ganemos
te puedo comprar algo más bonito, ¿quieres?
—Pero ella no dijo nada. Se mantuvo en silencio, pensando, alimentando
su ira.
Le odiaba.
¿Cómo podía vender algo que para ella era tan importante?
Estaba claro que solo lo veía como una simple baratija. Pero para ella, esa
“baratija” era algo más. Podía sentir su fuerza, su locura. Y ese frenesí
imposible le hacía sentir completa. Le hacía sentir como nada antes había
conseguido que se sintiera. Y pasaría por encima de todo lo que fuese necesario
para conservarlo.
—Cariño... —Dijo desde el umbral.
—Maldita... —Oía
ella.
—Déjame.
—Llevas ahí plantada toda la semana. —Se acercó y le tendió
la mano— Anda, ven... Date una ducha. —Vesper se alejó con rencor.
—Él no quiere ningún
bien... Mátalo...
—¡He dicho que me dejes! —Su esposo siguió tendiéndole la
mano insistente.
—Mírale... Se cree
superior a ti... ¿Quién se cree?
—Si quieres que nos la quedemos, ve a darte una ducha,
arréglate. Y hablamos, ¿quieres?
—Miente... Mátalo...
En ese momento, la muchacha se levantó y empujó a su marido
con tan mala suerte que tropezó. Solo se oía el péndulo del reloj victoriano. Vesper
se quedó inmóvil, jadeante delante de su marido. Unas suaves y clásicas
campanadas anunciaron la medianoche. Con lo puesto salió a la calle dispuesta a
poner punto final a la historia.
—Vuelve... —Oía— Acaba el trabajo...
—No. Yo no puedo. Lo sabrán.
—Llámalo... Llama al
ángel de la muerte.
—Me pedirá el alma a cambio.
—Tu alma me pertenece.
Yo la protegeré. Podrás engañarlo.
Vesper cerró los ojos y se detuvo. Los árboles se
estremecieron al notar su llegada. El
fuerte viento también alteró a la chica. Entonces todo se sumió en el mayor de
los silencios. De nuevo estaba ella sola en aquella calígine.
—Detrás de ti, Vesper.
Se giró. Unos faros se vislumbraban en la lejanía. El
silencioso motor sonaba más cerca hasta que finalmente apareció el vehículo: Un
enorme Hoffart marrón con una franja blanca en los laterales atravesando el
coche de parte a parte. En ese espacio había una elaboradísima decoración
japonesa con estilo del periodo Edo que representaba escenas cotidianas. Pudo
reparar en la matrícula. No era una matrícula japonesa corriente. Solo tenía un
kanji, el de la muerte: 死.
La ventanilla del pasajero se bajó. Pudo ver a una chica
joven, de semblante terriblemente triste y los ojos irritados por haber pasado
incontables horas llorando. Llevaba un kimono totalmente negro, conocido como
mofuku.
—Me has llamado. —Dijo.
—¿Eres la enviada de Enma? —preguntó Vesper. La misteriosa
chiquilla asintió. En ningún momento buscaba contacto visual. Tenía la mirada
perdida— ¡Quiero que acabes con mi marido! ¡Él solo busca su propio beneficio!
¡Él solo quiere más fortuna, sin importarle mis sentimientos! ¡No le interesa
lo que yo pueda sentir! —El ángel del infierno cerró los ojos y un camino de
lágrimas se marcó en sus mejillas— ¡Quiero esa figura y nada ni nadie me la
podrá arrebatar! ¡Quiero esa estatuilla más que a nada! —Vesper miró fijamente
a la enviada, jadeante de rabia— ¡Vamos! ¡A qué esperas! ¡Mándalo al infierno
de una vez!
La muchacha de luto abrió los ojos, y sin mirar fuera del
coche susurró “Está hecho...” Y el
Hoffart arrancó desapareciendo tal y como había aparecido. El chófer miró por
el retrovisor a su pasajero.
—Jessica... Ánimo pequeña.
—Me queda tanto, Frank... Tanto dolor por soportar...
—Siempre tan melancólica... Ojalá Él me dejase compartir tu
dolor.
—No te preocupes. Por lo menos el mío tendrá fin. El de esta
chica durará toda la eternidad.
Kenji se despertó del golpe y miró a su alrededor. Las dos
de la mañana. Ni rastro de su esposa en toda la casa, ni en el descansillo, ni
en las cercanías del edificio. Al volver al salón, tras buscar durante una
hora, reparó en el ídolo. Aquel maldito ídolo había desatado la locura en su
amada mujer. Sin dudarlo dos veces, lo puso en un cuenco de piedra, lo mojó en alcohol
y le prendió fuego. Después, con el chisporroteo de fondo, llamó a la policía
para denunciar que últimamente Vesper había estado mentalmente inestable, y que
se había ido horas atrás, dejándolo inconsciente. En cualquier momento llegaría
una patrulla a tomar los datos e investigar.
—Estás vivo. —Kenji se giró. La muchacha miró al ídolo
ardiente y sonrió— Solo prende el alcohol. La arcilla ni siquiera se derrite.
—¡Vesper! ¿Dónde estabas? -No pudo contener las lágrimas al
ver el semblante frío de quien una vez le quiso —¿Qué te ha pasado?
La policía llamó al portero automático. Nadie contestaba.
Una llamada de la central acababa de denunciar gritos en el apartamento. Los
coches patrulla y unas ambulancias se agruparon en la entrada. Los vecinos
trataban de mirar el interior de una casa que apestaba a azufre. Dos cuerpos
yacían sin vida en el suelo del salón. Una figura monstruosa, hecha de arcilla
se alzaba intacta en un cuenco chamuscado. Un clavo industrial oxidado, que
atravesaba el corazón de Vesper, sostenía una nota. Una nota que los policías
ya habían visto anteriormente.
Pacta sunt servanda.
(De lo
pactado somos esclavos)

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