lunes, 9 de diciembre de 2013

Zeppelin (Parte III)



III. El ángel del infierno

El reconfortante sonido del avión en pleno vuelo no parecía sacar a Vesper de sus pensamientos. No podía olvidar la visión tétrica de aquel pueblo, no podía olvidar las sensaciones que le invadieron cuando pudo contemplar el ídolo. Y sobre todo, no soportaba la idea de tener que deshacerse de él como pretendía Kenji.

Una y otra vez intentaba imaginar qué había sucedido ahí, con esos habitantes. Sin duda habían sido capaces de dominar toda la furia contenida en esa sencilla figura. Pero ella sabía que podía hacerlo. Sabía que podría dominarlo todo gracias a toda su magia.


—Creo que la figura quedará bien en el salón. Junto con las marionetas indonesias. —Dijo.

—¿Qué? ¿Por qué?  —Kenji se sorprendió— ¿No íbamos a venderlas? Además, no tienen nada en común con las marionetas indonesias, ¿por qué quieres ponerlo con ellas? —Vesper se sintió decepcionada.


—La luminosidad en esa zona del salón es perfecta para algo así. Creo que resaltará su faceta más siniestra. —respondió mirando a través de la ventanilla.

—No quiero tener algo así en casa, Vesper. —Una azafata se acercó con la cena— Esa figura es extraña, y cada vez estoy más seguro de que no deberíamos haberlo traído con nosotros.

—Tonterías. Ha sido un viaje muy fructífero. —Miró a la auxiliar— Gracias. —Cortó el bistec, y un olor nauseabundo se escapó de la cena— Perdone —dijo tapándose la nariz—, ¿es que no ve que esto está más que pasado? —Kenji se sorprendió. El plato de Vesper estaba perfecto.

—Cariño, la carne está bien. Mira, mi trozo es como el tuyo y está en su punto. —La mujer puso cara de asco.

—¡Pero si está como el mío! ¿Cómo puedes comerte esa bazofia? —La azafata no sabía cómo reaccionar.
—Si quieren puedo traerles otra cosa.

-¿Tiene algo de pescado? —Preguntó Vesper.

—Sí.

—Entonces, ¿quieres quedártela? —Preguntó Kenji una vez se hubo ido la auxiliar de vuelo con la carne. Vesper asintió.

—No sé por qué te afecta tanto que quiera quedármela.

—Y yo no sé por qué quieres quedártela con tanto ímpetu.

—Tiene algo, Kenji. Esa estatuilla tiene algo especial, y lo sabes. Y ese algo que a ti te da miedo, a mí me fascina. Me hipnotiza. Y si no te gusta lo siento por ti, porque se va a quedar en casa.


—Antes de salir a Brasil, hablé con Hideo. —Vesper no parecía saber quién era— El director en Japón de Lupus Technologies. Quiere la figura y ha ofrecido una buena cantidad de dinero.

—Vas a vendérsela...

-Sí, por supuesto. La semana que viene.

No podía creer lo que oía. No podía creer que su marido quisiera alejarla de aquel tesoro que había encontrado. Él tenía que hacerla feliz, no arrebatarle todo lo que deseaba. La cabeza empezó a darle vueltas, ¿qué debía hacer? ¿Separarse? ¿Abandonarle? ¿Guardar la estatuilla por la fuerza? Vesper miró a su esposo.

—No te preocupes —dijo este sonriendo—, con lo que ganemos te puedo comprar algo más bonito, ¿quieres?  —Pero ella no dijo nada. Se mantuvo en silencio, pensando, alimentando su ira.

Le odiaba.

¿Cómo podía vender algo que para ella era tan importante? Estaba claro que solo lo veía como una simple baratija. Pero para ella, esa “baratija” era algo más. Podía sentir su fuerza, su locura. Y ese frenesí imposible le hacía sentir completa. Le hacía sentir como nada antes había conseguido que se sintiera. Y pasaría por encima de todo lo que fuese necesario para conservarlo.

Los siguientes cuatro días pasaron con tensión en el matrimonio. El odio de Vesper se fue incrementando, y su obsesión también. Apenas había comido desde que aterrizaron, no había saildo de casa y pasaba las horas sentada en el suelo del salón, agarrándose las piernas y mirando con rostro adulador a su nuevo dios. Kenji entró por la puerta de casa cuando el sol se ponía. No dijo nada, estaba mentalmente bloqueado. Su amor, su esposa, había perdido la cordura tan rápidamente que no había tenido tiempo de asimilarlo. No quería ser consciente aún de la desgracia.


—Cariño... —Dijo desde el umbral.

Maldita... —Oía ella.

—Déjame.

—Llevas ahí plantada toda la semana. —Se acercó y le tendió la mano— Anda, ven... Date una ducha. —Vesper se alejó con rencor.

Él no quiere ningún bien... Mátalo...

—¡He dicho que me dejes! —Su esposo siguió tendiéndole la mano insistente.

Mírale... Se cree superior a ti... ¿Quién se cree?

—Si quieres que nos la quedemos, ve a darte una ducha, arréglate. Y hablamos, ¿quieres?

Miente... Mátalo...

En ese momento, la muchacha se levantó y empujó a su marido con tan mala suerte que tropezó. Solo se oía el péndulo del reloj victoriano. Vesper se quedó inmóvil, jadeante delante de su marido. Unas suaves y clásicas campanadas anunciaron la medianoche. Con lo puesto salió a la calle dispuesta a poner punto final a la historia.

Había oído rumores sobre una muchacha. Una joven, enviada de Enma, que mataría a Kenji por ella. El precio era su alma, o eso decían. Las versiones cambiaban totalmente según quién lo contase. Los relatos más radicales apuntaban a que ambas almas eran arrastradas al infierno, otras que sesgaba las vidas de la víctima y de quien hacía el pacto dejando a Dios el Juicio. El frío le helaba el aliento y nada más. Y en esa frialdad comenzó a pasear cerca de la calzada. No había nadie en las calles, solo una niebla espesísima que lo cubría todo y cegaba a diez metros.


Vuelve... —Oía— Acaba el trabajo...

—No. Yo no puedo. Lo sabrán.

Llámalo... Llama al ángel de la muerte.

—Me pedirá el alma a cambio.

Tu alma me pertenece. Yo la protegeré. Podrás engañarlo.

Vesper cerró los ojos y se detuvo. Los árboles se estremecieron al notar su llegada. El fuerte viento también alteró a la chica. Entonces todo se sumió en el mayor de los silencios. De nuevo estaba ella sola en aquella calígine.

Detrás de ti, Vesper.

Se giró. Unos faros se vislumbraban en la lejanía. El silencioso motor sonaba más cerca hasta que finalmente apareció el vehículo: Un enorme Hoffart marrón con una franja blanca en los laterales atravesando el coche de parte a parte. En ese espacio había una elaboradísima decoración japonesa con estilo del periodo Edo que representaba escenas cotidianas. Pudo reparar en la matrícula. No era una matrícula japonesa corriente. Solo tenía un kanji, el de la muerte: .

La ventanilla del pasajero se bajó. Pudo ver a una chica joven, de semblante terriblemente triste y los ojos irritados por haber pasado incontables horas llorando. Llevaba un kimono totalmente negro, conocido como mofuku.

—Me has llamado. —Dijo.

—¿Eres la enviada de Enma? —preguntó Vesper. La misteriosa chiquilla asintió. En ningún momento buscaba contacto visual. Tenía la mirada perdida— ¡Quiero que acabes con mi marido! ¡Él solo busca su propio beneficio! ¡Él solo quiere más fortuna, sin importarle mis sentimientos! ¡No le interesa lo que yo pueda sentir! —El ángel del infierno cerró los ojos y un camino de lágrimas se marcó en sus mejillas— ¡Quiero esa figura y nada ni nadie me la podrá arrebatar! ¡Quiero esa estatuilla más que a nada! —Vesper miró fijamente a la enviada, jadeante de rabia— ¡Vamos! ¡A qué esperas! ¡Mándalo al infierno de una vez!
La muchacha de luto abrió los ojos, y sin mirar fuera del coche susurró “Está hecho...” Y el Hoffart arrancó desapareciendo tal y como había aparecido. El chófer miró por el retrovisor a su pasajero.

—Jessica... Ánimo pequeña.

—Me queda tanto, Frank... Tanto dolor por soportar...

—Siempre tan melancólica... Ojalá Él me dejase compartir tu dolor.

—No te preocupes. Por lo menos el mío tendrá fin. El de esta chica durará toda la eternidad.
Kenji se despertó del golpe y miró a su alrededor. Las dos de la mañana. Ni rastro de su esposa en toda la casa, ni en el descansillo, ni en las cercanías del edificio. Al volver al salón, tras buscar durante una hora, reparó en el ídolo. Aquel maldito ídolo había desatado la locura en su amada mujer. Sin dudarlo dos veces, lo puso en un cuenco de piedra, lo mojó en alcohol y le prendió fuego. Después, con el chisporroteo de fondo, llamó a la policía para denunciar que últimamente Vesper había estado mentalmente inestable, y que se había ido horas atrás, dejándolo inconsciente. En cualquier momento llegaría una patrulla a tomar los datos e investigar.

—Estás vivo. —Kenji se giró. La muchacha miró al ídolo ardiente y sonrió— Solo prende el alcohol. La arcilla ni siquiera se derrite.

—¡Vesper! ¿Dónde estabas? -No pudo contener las lágrimas al ver el semblante frío de quien una vez le quiso —¿Qué te ha pasado?

La policía llamó al portero automático. Nadie contestaba. Una llamada de la central acababa de denunciar gritos en el apartamento. Los coches patrulla y unas ambulancias se agruparon en la entrada. Los vecinos trataban de mirar el interior de una casa que apestaba a azufre. Dos cuerpos yacían sin vida en el suelo del salón. Una figura monstruosa, hecha de arcilla se alzaba intacta en un cuenco chamuscado. Un clavo industrial oxidado, que atravesaba el corazón de Vesper, sostenía una nota. Una nota que los policías ya habían visto anteriormente.
Pacta sunt servanda.
(De lo pactado somos esclavos)


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