Bienvenidos a la segunda parte de Zeppelin. Antes de empezar quiero comentar que puede haber ciertas descripciones que sean contradictorias entre ellas. Esto no es ningún error, está hecho a propósito. También quisiera aclarar que cada parte no es un relato en sí, sino que todas forman un relato. De estar en un libro, estaría todo junto. En la parte final incluiré una lista de curiosidades. ¡Espero que sigáis disfrutando de la historia!
II. Sensaciones
Las gotas golpeaban la lucerna rompiendo el silencio de la
madrugada. Vesper levantó la mirada hacia el tragaluz. Aún era de noche. Se
giró hacia el despertador y comprobó que faltaba un minuto para que sonara.
Entonces serían las seis. Al otro lado, la cama estaba vacía: Su marido Kenji ya se había levantado. Posiblemente había bajado al gimnasio del hotel.
Vesper se había despertado con una extraña sensación en el
pecho. A decir verdad, siempre había sido una chica algo supersticiosa pese a
que su padre, de origen inglés, le había enseñado a tener un punto de vista
escéptico ante todas las leyendas y mitos que pueblan el mundo. Fue su madre,
japonesa, quien le contaba desde pequeña historias de los Yūrei, Yuki-onna,
Gakis, Tsukumogamis y otras criaturas. Inevitablemente la muchacha terminó
siendo una experta en mitología japonesa. Había que añadirle el hecho de que había nacido y crecido en el Estado de Washington, un lugar donde leyendas como el Bigfoot estaban aún presentes con mucha fuerza. Al final acabó convirtiéndose en una
chica que pasaba más tiempo en el mundo de los cuentos que en el mundo real.
Se incorporó, suspiró, fue al baño y se miró al espejo.
Sentía que aún no se había desprendido de sus experiencias oníricas; que los
fantasmas de sus sueños seguían en la casa y en el aire. Encendió la radio para
desconectar de todo aquello. Se lavó la cara y se miró nuevamente al espejo con
las gotas resbalando por sus mejillas. «¿Qué
te pasa Vesper?», se decía. «¿Por qué esta agustia?»
Volvió al dormitorio. La voz de la emisora se perdía en los
azulejos del cuarto de baño, y aunque no entendía portugués, rompía con el
incómodo silencio que reinaba en la suite del Hotel Copacabana Palace. Podía
oír un eco melodioso, lejano. Una voz cantando, tarareando su nombre. Daba la
sensación de ser su marido. En el techo, la lluvia
continuaba cayendo. Parecía el comienzo melancólico de alguno de esos shōjo de
terror que tanto le entusiasmaban. Se tomó un tiempo para pensar qué ponerse
mientras se distraía una y otra vez con los manga que quería leer.
Abrió el armario y fue directa a por un pantalón blanco y
una blusa azul. Le habría gustado ir de rojo, ya que su nombre le evocaba ese
color, pero si pretendía ponerse un pantalón blanco tenía que evitarlo. Odiaba esa combinación. Ropa
colorida. Seguro que así se animaba. Se dirigió a la ducha intentando
distraerse, pensando en la última vez que había estado en aquel hotel. Fue hace un par de años, y desde luego el ático no estaba tan bien aprovechado
como ahora. La idea de escoger una suite con claraboya había sido todo un
acierto.
Entretanto, Kenji entrenaba con fuerza. Iba a ser su gran día tras unos
meses de relativa calma comercial, y la adrenalina corría por sus venas como
nunca. No se encontraba un ídolo de arcilla bien conservado todos los días,
aunque la noticia llamaba a la prudencia como bien le había dicho su joven
esposa el día anterior. Lo cierto era que lo que Vesper tenía de supersticiosa
también lo tenía de prudente. «¿Una figura de arcilla en el Amazonas?» Una duda
razonable que por un lado le hacía dudar de la originalidad de la pieza y por otro
le cautivaba con más fuerza. No le impedía soñar pese a saber que las culturas
amazónicas no usaban arcilla. Aún no sabía si lo vendería o le seduciría de
tal manera que se lo quedaría para su propia colección.
El olor del café importado de Colombia, que se filtraba
desde el restaurante, impregnaba el ambiente. Para Kenji todo estaba siendo
perfecto. Repasaba una y otra vez la agenda del día para que siguiese siendo
así. Le perdía ir al otro extremo del mundo a por piezas de arte. Sin duda,
estaba enamorado de su trabajo. Viajar, encontrar piezas, admirarlas y luego
negociar con los clientes —que en muchos casos eran también sus amigos— era
ciertamente su pasión.
Vesper
salió de la ducha y se arregló lo justo. No tenía el hábito de maquillarse y
ese día no sería una excepción. Había algo en todo aquello que no terminaba de
gustarle. La estatuilla había sido encontrada en un pueblo fantasma. Lo
desconcertante era que el lugar siempre había estado habitado. Ramón, un hombre
que rondaba los cincuenta, era su contacto y quien les había contado cómo
repentinamente el poblado había pasado a estar vacío. De un mes a otro. La joven se estremeció. Ancestrales deidades invadían los
pensamientos de la muchacha; protagonistas de antiguos relatos recorrían su
mente y un miedo infantil emergió de las profundidades de su subconsciente.
Tragó saliva y con un nudo en el estómago bajó al restaurante.
Su marido se encontraba cambiándose para ir a desayunar. Estaba
impaciente por emprender la marcha, y se recreaba dándole vueltas a lo que
Ramón les había contado. Sentía también cierto interés morboso acerca de porqué
el pueblo había sido deshabitado el último mes. Posiblemente la culpa la
tendrían alguna multinacional con intención de deforestar la zona. O quizás los
pocos habitantes —alrededor de la veintena— habían decidido emigrar a otro
lugar con la intención de mejorar su calidad de vida.
Al llegar al salón, echó un vistazo a través de una ventana.
Sin duda le parecía que hacía un día espléndido. Ya podía entrever cómo la luz
del día emergía de entre los edificios, adueñándose de un cielo despejado.
Kenji le regaló una sonrisa a la mirada perdida de Vesper, que acaba de entrar
en la estancia. Ella sonrió a duras penas, ya que no quería que sus malos
augurios deprimiesen a su cónyuge, y junto a él, desayunó.
Ambos repasaron, desde prismas distintos, los diferentes
acontecimientos que les habían llevado hasta aquel recóndito lugar. «Si nunca
me hubiese incitado a ir a aquella feria de arte...», decía él. «¡Ojalá no
hubiésemos salido de casa como él me pedía aquel día!», se lamentaba ella. Y
entre esos paralelismos tan lejanos, el camino se anduvo rápidamente. Para
cuando llegaron se había desatado una fuerte tormenta. Vesper vio que su contacto
ya les estaba esperando.
—¡Kenji! —dijo mientras ayudaba a su socio a salir del Jeep—
¡Amigo mío, cuánto tiempo! —Vesper salió del coche— ¡Vesper! —gritó mientras se
quitaba las gafas de sol para verla mejor— ¡También me alegro de verla! —La
mujer pareció no reparar en él— ¡No nos veíamos desde la feria de Maastrich!
—Ramón, ¿qué tal está? ¿La familia bien? —El marchante le
tendió la mano.
—¡Mi mujer está esperando un niño! —Por alguna razón aquel
hombre hablaba a gritos, lo que llegaba a resultar irritante. Tras estrecharse
las manos, volvió a ponerse las gafas de sol.
—Muchísimas felicidades Ramón, me alegro mucho.
Vesper paseaba por los alrededores imbuída por una sensación
de soledad. Pudo observar, a unos cien metros, los restos de un pueblo.
—¿Qué es eso? —Preguntó.
Aquel lugar estaba totalmente vacío, pero los objetos
cotidianos seguían en su lugar. O la gente que vivía ahí se esfumó, o se fueron
tan deprisa que no cogieron ni lo imprescindible.
—A donde hay que ir. —Respondió Ramón.
—¿Entonces ese es el pueblo? —Kenji se mostró sorprendido.
Su socio asintió.
—Así es. Quería que lo vieran para que a la hora de venderla
pudiesen contar la historia con más... sentimiento. Ya me entiende. Una buena
historia puede hacer que el producto sea más atractivo.
—¿Dónde lo tiene?
—Lo he colocado donde lo encontré.
Los tres caminaron entre las cabañas. Kenji iba ojeando cada
rincón en busca de alguna que otra cosa de valor: Un colgante, otra escultura...
Lo que fuera, pero no había nada. Le habría gustado sacarle el máximo partido
al viaje.
La tormenta se sentía con más fuerza. Tras lo que para
Vesper fueron unos interminables minutos, llegaron a una cabaña ligeramente
mayor que las otras. Tenía animales muertos colgando en el exterior y un par de
estacas a ambos lados de la entrada. La punta estaba carbonizada, por lo que se
podía deducir que se trataba de antorchas decorativas. Al entrar, el panorama
era más tétrico. Más animales muertos colgando del techo, calaveras humanas
amontonadas por doquier, sangre seca... Aquel lugar que parecía sacado de una
pesadilla había cautivado atrozmente a la joven.
—Madre mía... —susurró Kenji estremecido— Vesper... —Tras
buscar a su mujer con la mirada, la encontró imbuída en aquel sitio,
escudriñando boquiabierta cada sombra— Vesper... —Le dio un golpecito en el
hombro, haciendo que se sobresaltara— ¿Estás bien? —Ella asintió— ¿Crees que es
buena idea llevarnos el ídolo?
En el centro se encontraba la estatuilla. Representaba a un
ser antropomorfo en posición fetal. Tenía la cabeza de algo parecido a un pulpo
o calamar, y alas de murciélago a la espalda.
—¿Por qué lo preguntas? —La joven se fijó entonces en la escultura
de arcilla y quedó totalmente hechizada. Había algo macabro y demoníaco en esa
representación. Podía sentir cómo aquel horrible ídolo le llamaba por su
nombre, cómo le atraía hacia él, cómo le inculcaba la locura que residía en su
interior. Kenji le estaba explicando que no veía bien llevarse algo que se
encontraba en un lugar que a todas luces tenía que estar maldito, pero ella no
le escuchaba.
Vesper...
Esa estatua le llamaba...
Vesper...
Se asustaba.
Vesper...
El ídolo gritaba y se retorcía. Extendía sus garras para
atraparla en el vacío.
La voz de Kenji inundó su mente.
«Cállate, cállate, cállate», cavilaba. Su marido le estaba
interrumpiendo ese momento. Quería sentir con más fuerza el poder que albergaba
aquella estatuilla, quería poder sumergirse en la locura que desprendía y
bailar estremecedoras danzas al son de esa atractiva maldad.
—Vesper, ¿nos lo llevamos? —Y sin despegar la mirada de
aquel ser antropomorfo, sin parpadear siquiera, Vesper asintió.
—Lo quiero.

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