Os presento un relato con muy pocos personajes, donde se podría decir que en cierto modo no es que pase gran cosa pero realmente suceden muchas. Alentis trata de una amistad, ni más ni menos. Una amistad de las que, creo, todos tenemos: de las que nos marcan de por vida para bien. Pero también es mucho más... Descubridlo tras el salto. ¡Espero que os guste!
Dedicado a mi sirena del río.
I. Donde las calles no tienen nombre
El sol moría con una intensidad mágica, y los campos parecían estar bañados en oro. El cielo se teñía de un naranja rosado brillante y majestuoso. El sofocante calor propio del mes de agosto se alejaba, y una suave brisa se levantaba junto a las estrellas. Los campos permanecían en el mayor de los silencios, tan solo interrumpido por el mecer de los cultivos y por las hojas de algún olivo perdido.
Ale respiró hondo mientras contemplaba el paisaje. Llevaba
todo el verano acudiendo al mismo lugar a la misma hora y no se cansaba jamás
del espectáculo. Adoraba ese momento de tranquilidad, adoraba la sensación de
ser el único ser humano sobre la faz de la Tierra. Ese sentimiento solo podía
tenerlo en las vacaciones estivales cuando iba a Alentis a pasar el verano.
Alentis era un pueblo pequeño situado en una hondonada y
rodeado de campos de trigo. La única manera de entrar con el coche era a través
de la carretera que venía del sur. No vivía mucha gente: Algo más de cincuenta
personas, aunque en verano los residentes se duplicaban. Tenía un quiosco, dos
bares, una panadería y pocos comercios más. La iglesia, de arquitectura
románica se situaba en el punto más al norte del municipio. Tras ella estaba el
camposanto, y después tan solo el campo hasta llegar al monte que abrazaba a
Alentis. Subiéndolo por la parte norte de la población (que llevaba sus buenos
quince minutos) uno podía gozar de las vistas más extraordinarias que se puedan
imaginar. Al oeste la altura no era tanta, así que gozaban de toda la luz que
el astro rey les ofrecía.
Ahí, en el punto más alto, se encontraba él. Nunca había
sido de tener amigos y a sus 16 años era más bien solitario. Tenía el pelo
moreno, muy liso, y se despeinaba con facilidad a la mínima brisa. No era un
chico alto o corpulento. Era bajito para su edad y un poco delgado. Lo más
llamativo eran sus ojos. Su ojo izquierdo era verde, mientras que el derecho
tenía el iris de un color plateado muy llamativo. Parecía una alianza de boda
que indicaba que Ale estaba enamorado del mundo, de su manera de verlo. Durante
unos años llevó un parche en ese ojo. Le daba vergüenza llamar la atención.
Pero el último año decidió cambiar eso y aunque la timidez no se le había ido,
se había acostumbrado a los dedos delatores, a los cuchicheos acusadores y a
las miradas impasibles de sus compañeros.
«Disfrútalo... Ya estamos a medio camino de las vacaciones».
Y con una sonrisa melancólica se perdía en el horizonte, se dejaba llevar y
soñaba con levantarse y perderse más allá de donde alcanza la vista. En unos
minutos tendría que volver a casa, a la realidad. Y le tocaría volver a esperar
un día para poder vivir. En un último suspiro se levantó y se despidió del
atardecer, de su rincón; de su verdadera vida.
Al dar unos pasos pudo escuchar los acordes de una guitarra
española detrás de unos arbustos. El corazón empezó a latir con fuerza. Sentía
que le habían pillado, que su rincón ya no era suyo. «Qué vergüenza... ¡Se va a
preguntar qué hago aquí mirando el paisaje como un imbécil!» Se agachó
involuntariamente y se quedó escuchando. Parecía el comienzo de una canción que
conocía: Where the streets have no name,
de U2. Lentamente fue acercándose. A cada paso, se incorporaba un poco más.
Hasta que finalmente pudo ver de quién se trataba. Un chico con el pelo
recogido en una coleta. Pelo negro como el betún, barba de tres días y unos
ojos que rápidamente se clavaron en los de Ale. La música se detuvo, y ambos
desearon estar lejos de ahí. Se miraron durante unos instantes que les
resultaron eternos. Y aquel chico de la guitarra le sonrió sin más, y sin dejar
de mirarle rompió aquel silencio.
—Hola —dijo—, ¿eres de por aquí? —Ale se quedó pasmado.
Intentó responder pero no le salían las palabras. Iba a darle un infarto si no
moría antes de la vergüenza— ¡Vaya! ¿Tan mal toco? —rió— Pensé que aquí no
molestaría a nadie, lamento haberte asustado.
El chico dejó la guitarra en el suelo, se levantó y se
acercó con la intención de darle la mano y presentarse, pero Ale se adelantó:
—¿Cómo te llamas? —El chico, sorprendido, se quedó pensativo
unos segundos.
—Akeboshi. —Respondió con una sonrisa mientras se limpiaba
el trasero del pantalón.
—¿Akeboshi? —asintió.— ¿Qué clase de nombre es ese?— A Ale
se le escapó media sonrisa. Escudriñaba la mirada de aquel extraño,
intentando leer palabras que no pronunciaba.
—Verás. Cuando alguien te pide que te presentes tienes la
oportunidad de ser quien tú quieras. Somos una página en blanco.
—Si te presentas tienes que ser como eres, no puedes fingir.
¿Cómo sé entonces si eres o no de fiar?
—Eso hago: Ser como soy. —Hubo otro silencio eterno— ¿Y tú
quién eres?
—Ale.
—¡Qué cosas! Un Ale en un pueblo llamado Alentis, ¿eh?
—Si tú no me dices tu nombre real entonces yo tampoco. —Dijo
en tono burlón.
—¿Por qué Ale?
—¿Por qué Akeboshi?
—Yo he preguntado primero. —Ale cedió. Se sentó en una
piedra y Akeboshi con él.
—Siempre me ha gustado este pueblo. Me siento parte de él.
Cuando vengo aquí, siento que soy otro —Su mirada se habiá clavado en el
campanario—. La gente de clase que se mete conmigo, los profesores
intransigentes, los maleducados del transporte público... Todo queda atrás. En
Alentis no importa quién seas o quién hayas sido. Aquí nadie conoce cómo soy ni
nadie me pregunta. Simplemente aceptan que estoy aquí y lo respetan.
—Vaya... —Akeboshi no se esperaba una respuesta tan
personal.
—Bueno, ¡cuéntame de dónde viene Akeboshi!
—Es japonés. —Cogió un puñado de piedras e intentó darle a
la corteza de un árbol.
—¿Eres japonés?
—¿Tú me has visto a mí con pinta de japonés? —preguntó
riendo— Yo no soy japonés. Akeboshi sí.
—Pero tú eres Akeboshi —el chico asintió con un murmullo—...
¿Entonces? ¿De dónde eres? ¡Dímelo! —le cogió del brazo y empezó a zarandearlo.
—¡Ey, ey! No me seas crío —Akeboshi se apartó—. Si te digo
quién soy, de dónde vengo, etc. Entonces no seré interesante, ¿no crees? Venga,
acabamos de conocernos... Si rompo el halo de misterio nunca me harás un hueco
en tu memoria —Se incorporó y fue a por su guitarra—. Ahora si me disculpas,
¡debo irme! Encantado de conocerte, Ale de Alentis.
-Igualmente. —La despedida le había pillado por sorpresa.
—Nos vemos mañana, espero. —Y tal y como había aparecido,
ese chico se fue.
Ale se quedó un rato ahí sentado. «¿Qué acaba de pasar?», se
dijo. «Espera... ¿He hecho un amigo?» Otra voz en su interior le respondió:
«Eso parece». Se sentía invadido. Ahora alguien le conocería en ese pueblo.
Había entablado una amistad y ya no podía dar marcha atrás... Más importante
que eso: Ya no podría disfrutar el solo de su pequeño rincón alejado del mundo.
Por otro lado, tenía ganas de volver a ver a Akeboshi. Daba la sensación de ser
un chico con muchísimo que contar. Y eso a él le entusiasmaba.
A duras penas consiguió ver qué hora era en su reloj
de pulsera. Sin duda se había hecho tarde. Se levantó, y con los últimos rayos
de sol volvió a casa deseando con miedo que llegara mañana.Continúa leyendo aquí.

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