lunes, 23 de diciembre de 2013

Alentis (Parte II)



II. Es hora

Eran las diez de la mañana y Ale no había podido dormir. El encuentro del día anterior con aquel chico le había animado. Tenía algo que le incitaba a ser su amigo, a querer estar con él, a querer escuchar todo lo que tenía que decir. Sentía que había encontrado alguien que le entendería. Por otro lado, no podía evitar darle vueltas a eso mismo: Estaba ilusionado con una persona que acababa de conocer, de la que no sabía ni su nombre, ni su edad... Nada. Y ya quería volver a verle, quería aprender de esa persona.

Las calles del pueblo estaban desiertas. Caminó hacia el sur. A unos minutos andando había un riachuelo y le apetecía pasear por ahí: En todo el verano aún no se había dignado a visitar la pequeña tumba de su anterior gato. Por el camino cogió un par de flores para llevárselas al Señor Vértigo. Le supuso un duro golpe la pérdida de su mejor amigo y aunque ya habían pasado cuatro años, seguía recordándolo. Siempre le habían gustado los árboles, las estanterías... Cualquier sitio alto de la casa escondía un juguete del Señor Vértigo. Y fue esa pasión por las alturas, por querer llegar más alto, lo que al final acabó con su corta vida. «La curiosidad al final sí que mató al gato», se lamentaba Ale.


Akeboshi escuchó un ruido tras de sí. Aún no había explorado todos los alrededores de Alentis y pensaba que los mejores momentos eran por la mañana y a última hora. El resto del día hacía demasiado calor. Se volvió, sobresaltado, y pudo observar a Ale caminando entre los árboles. Se limitó a observar. El joven llegó a un rincón muy verde, al pie de una haya. En su tronco, a modo de lápida, había grabado el nombre de su mascota. Puso el ramillete debajo y, con melancolía, hundió sus dedos en la tierra. Entonces notó unos ojos clavados en el cogote.

—¿Quién eres? —dijo volviéndose.

—Perdona —respondió Akeboshi—, no quería molestar. —Se acercó a la haya. Ale agachó la cabeza.

—No pasa nada. Este sitio es de todos.

—Yo diría que ese sitio concreto es tuyo. —Sonrió.

—Aquí enterré a mi gatito, el Señor Vértigo.

—¿Tú has cuidado esto para que esté tan verde? —Ale asintió—. Me gusta.

—Me gusta pensar que todo ocurre por un motivo, aunque no sea así. Las cosas malas, como que perdiese al Señor Vértigo, no me parece que sucedan por alguna razón positiva. Pero planté flores y arbustos aquí como una especie de metáfora. No sé... Quería que la vida surgiese de donde una vez hubo muerte. Quería cambiar esa regla. Aún así no encuentro el lado positivo de esta muerte —Se quedó pensativo unos instantes, mirando el tronco del árbol—. Pero dice mi padre que muchas veces estas cosas tardan en cobrar sentido.

—Estoy de acuerdo con él. —Empezaron a caminar siguiendo el río.

—Akeboshi, ¿tú crees que hay algo después de la muerte?

—Yo perdí a mi abuela cuando tenía doce años. La quería muchísimo. Y me cuesta mucho pensar que ahora simplemente no exista. Sé que está en algún lugar. Como tú mismo has dicho, todo tiene un por qué. ¿Qué sentido tendría la vida en sí, qué sentido tendríamos si después no hubiese nada? Así que sí, yo creo que después de la muerte nos esperan el Cielo o el infierno.

—La vida da asco.

—La primera vez que vi esos curiosos ojos tuyos —dijo sonriendo— pensé que estabas enamorado de este lugar tan lleno de vida.

—¿De Alentis? —preguntó Ale.

—Sí. No creo que pienses que la vida da asco.

—Bueno, yo... —balbuceó sonrojado— ¿Y qué si lo estoy? ¿Y qué si me encanta este lugar? —Akeboshi le rodeó el cuello con el brazo mientras continuaban su paseo.

—Yo no voy a meterme contigo porque estés en deuda con este sitio. No hace falta que te pongas a la defensiva.

—Alentis es el único sitio que me gusta de verdad por lo que te dije ayer...
Akeboshi se detuvo en seco, parando a su amigo con el brazo. Sacó una pequeña cámara digital. Era de un color rojo metálico que le encantó a Ale. La encendió y tras comprobar algo en la pequeña pantalla, le hizo una foto.

—¡Menudo momento para ponerte con la cámara!

—Tío deja de quejarte tanto, ¡que pareces una niña! —Akeboshi le dio un pequeño empujón, bromeando, y Ale respondió pegándolo en el brazo—. ¡Realmente —dijo riendo— pareces una niña!

—¡Eres idiota! —El chico paró de darle golpes y empezó a caminar más rápido.

—¡Mira! ¡Ven!

—¡Déjame!

—¿No quieres saber por qué he sacado la cámara? —Ale se detuvo.

—¡No!

—¡No se te da bien mentir! —Akeboshi se acercó—. Dime, ¿para qué sirve una cámara?

—Ibas a explicarme por qué te has puesto con eso en un momento tan serio...

—Sí, y para eso necesito que me respondas.

—Pues para hacer fotos.

—Eso —hizo una pausa pensativa— es una definición muy vaga. Una cámara permite capturar lo que ves. Y así puedes volver a ese momento para maravillarte una vez más. O puedes compartirlo con otros e intentar hacer que sientan lo que tú sentiste... O hacer que sientan algo totalmente distinto —Ale asintió—. ¿De qué sirve una cámara si no tiene una tarjeta de memoria o un carrete?

—De nada.

—¿De qué te sirven esos ojos si vives contemplando sin ver? —Akeboshi le clavó las pupilas, y esos ojos de los que hablaba huyeron al suelo— Empápate de Alentis y compártelo.

—¿Para qué? ¿Para que vengan aquí y me quiten mi rincón del mundo? Yo solo quiero estar tranquilo...

—No me refiero a que hables del pueblo. Me refiero a que compartas todo lo que te hace sentir, todas esas cosas buenas que este sitio te da. Úsalo el resto del año allá donde estés.

—¿De qué me servirá eso? —preguntó Ale con la cabeza gacha.

—Pasarás de estar enamorado del pueblo a estar enamorado de verdad de la vida.
Tras las palabras de Akeboshi, continuaron paseando. Y aunque en los quince minutos posteriores reinó un gran silencio, la mente de Ale no paró de darle vueltas a lo que había escuchado. ¿Realmente vivía “contemplando sin ver”? ¿Debía abrirse a los demás y compartir esos sentimientos que le brindaba su pueblo? «Quizás debería empezar con él... Compartir Alentis, enseñarle lo que esconde», pensaba.

—Ale...

—Dime.

—Siento el empujón y haber dicho que eras como una niña.

—¿Quieres que te enseñe la cripta de la iglesia?

—¿Ahora? —Akeboshi había comprendido que para su amigo solo había sido un pequeño rifirrafe.

—Ahora no daría miedo —respondió entre risas— ¡Por la noche!

—Tengo una idea. Quedemos arriba, donde ayer. Cenemos algo rápido, y cuando anochezca la vemos.

—¡Me parece genial!

Las horas parecieron días, y Ale no podía aguantar más. Quería empujar las manecillas del reloj, quería que llegara el momento. No soportaba ni un minuto más en su habitación, delante de aquellos libros intentando estudiar algo que olvidaría en pocos años. Sentía que con quien aprendía era con Akeboshi, que sus lecciones jamás las olvidaría. Que le servirían para cambiar. Hoy le habían despojado de un parche que él no alcanzaba a quitarse, que no alcanzaba a comprender que tenía. ¿Realmente alguien podía cambiar? ¿Realmente había otro Ale esperando a ser descubierto?
Hizo un par de sándwiches, cogió unos refrescos, una linterna, una chaqueta, y subió. Akeboshi ya estaba esperándole sentado en una piedra.

—¿Llevas mucho tiempo ahí?

—Quería reservar los mejores sitios para el ocaso. —respondió con una sonrisa.

Eso era algo que más le gustaba de él. Siempre guardaba una sonrisa. Lo admiraba por eso. Entonces se dio cuenta de que no sabía absolutamente nada de aquel chico: Ni dónde vivía, ni cuál era su verdadero nombre, ni dónde estudiaba o de dónde venía. Nada. Ale sonrió y se sentó a su lado.

—Oye, ¿cuál es tu verdadero nombre? —preguntó.

—Ya te dije que no te lo diría.

—Ya, ya. Que tenemos la oportunidad de ser quienes seamos y todo eso.

—Si ahora te digo que me llamo Fernando o Alberto, que vivo aquí o allá, entonces ya no seré alguien especial. No hará que te comas la cabeza, no hará que dentro de veinte años me recuerdes. No quiero ser un colega que te echaste un verano. Quiero ser alguien que transformó tu manera de ver el mundo, quiero dejar una bonita huella en tu vida. Y me parece un toque muy romántico, en el sentido estricto de la palabra. Sobre de dónde vengo, o dónde estudio o he estudiado, supongo que también tendrás dudas —Ale asintió con la cabeza—. Somos quienes somos por quiénes hemos sido. Eso es todo lo que deberíamos tener en cuenta del pasado de la gente. Que sea cual sea su historia, ha hecho de la persona que tienes delante ser quien es.

Ale comprendía lo que quería decirle su amigo, y estaba de acuerdo. Estaba floreciendo una amistad especial, una amistad que estaba marcando su alma y que seguro recordaría con el paso de los años. «Qué chico tan honesto», pensaba. Era como si no llevara ninguna máscara para protegerse de los demás. «No... Él no la necesita. Él no teme las críticas como yo, no teme a los demás».

—¿Tampoco sabré dónde vives ahora en Alentis? —Akeboshi negó con la cabeza—. ¿Por qué?

—No es el sitio al que quiero que vayas a buscarme ni donde yo quiero vivir.

—¿Entonces dónde quieres que vaya a buscarte? —Se limitó a responderlo con una sonrisa.

—¿Cenamos?

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