jueves, 21 de noviembre de 2013

Érato (Parte 3)



III. Amanece, que no es poco.

La luz de la mañana se tamizaba furtivamente a través de la ventana y lo bañaba todo en un
tenue tono dorado. Podía escuchar los pájaros cantando a lo lejos con un pie aún en el reino
de Morfeo. Y podía sentir el bamboleo de los árboles al viento. Me abrazó un embriagador
sentimiento de juventud cuando reparé en el césped recién cortado. Hacía calor, porque era
verano, pero a la vez sentía una brisa entrar por la puerta.

Eras tú, por fin despierta. Y te vi con esa mirada. Esa mirada que me enamoró, esa mirada que
me condenó a ser esclavo de tu corazón hasta el día de mi muerte. Entraste, me miraste y
sonreíste. Con esa sonrisa única, esa sonrisa que se te escapaba cuando nada más te
importaba. Cuando todo lo que existía éramos solo nosotros.

Y me besaste.


Con uno de esos besos que jamás experimenté con nadie más. Esos besos que delataban
cuánto me querías y que se te escapaban cuando nada más te importaba. Yo podía sentir que
estaban hechos a mi medida, y que por ello estaríamos juntos toda la vida.

Tras el beso me diste los buenos días con esa voz... Esa voz tan dulce, esa voz rebosante del
mañana, de amor... Compuesta por cariño, por alegría y por un no sé qué que quedó
balbuciendo. Te deslizaste a mi lado y me abrazaste. Y de nuevo no importaba nada más. ¿Qué
iba a importar si me querías?

Me dijiste...



En ese momento me dijiste que no dijera nada. Que si podía oír el silencio. Y es que contigo
podía oírlo y no importaba. Y de nuevo me besaste, y de nuevo no importó nada más. Por
primera vez, aquel día me abrazaste y me diste los buenos días con esa voz tan dulce. Por
primera vez entraste, me miraste y sonreíste. Y aquel día, más que ningún otro, no pude soñar
con nada mejor que mi propia vida. Contigo ahí, a mi lado, decidí romper el silencio. Y te dije...


Continúa leyendo
(Imagen sacada de aquí)

No hay comentarios:

Publicar un comentario