—¿Puede oírme? Despierte. Levántese de la cama por favor.
Como puede ver, está usted en una celda. Una celda limpia, ¿verdad? ¿Había
visto alguna vez unas paredes tan blancas y relucientes? Apuesto a que no: La
pintura la hemos patentado. Podrá consultar los datos de dicha patente con
nuestro personal del Departamento de Patentes —La voz, que provenía de un
altavoz, hizo una breve pausa—. ¿Que dónde está y quién soy? ¡Lamento haber
sido tan descortés! ¡Está usted en los Laboratorios Marglim! No se moleste en
responderme. Los altavoces son un canal de comunicación unidireccional así que
le va a resultar inútil cualquier intento de contactar conmigo. Tampoco es que
me interese lo que tenga que decirme —El sujeto suspiró y miró a su alrededor.
No recordaba nada: Ni quién era, ni qué hacía ahí. Tan solo iba ataviado con
una bata de hospital—. Cuando termine esta frase, la puerta de su celda
procederá a abrirse —Así sucedió—. Por favor: No corra. Asuma que no puede
huir, ya que para escapar de estos laboratorios necesitaría pasar por un total
de 288 puertas y yo controlo cuándo se abren y se cierran. Por favor, vaya a la
derecha.
El paciente salió de su celda. Se encontraba ahora en un
pasillo increíblemente largo. Tendría por lo menos doscientos metros en total y
estaba lleno de puertas. Se asomó a la que había frente a su celda. Estaba
vacía. Avanzó lentamente, asomándose por varias más. Todas vacías, y cada una
con instrumentos distintos. Básicamente, todas eran iguales pero parecían de
épocas distintas.
Tras unos minutos llegó al final del pasillo y la puerta se
abrió. Ahora se encontraba en una sala con varias camillas en ella, algunas
manchadas de sangre y otras impolutas. Pero no había nadie ahí. El altavoz de
aquella sala emitió un chirrido ensordecedor.
—¿Sabía que los Laboratorios Marglim fueron fundados en
1963? Así es—Aquel interlocutor hablaba en un tono extrañamente alegre y
educado—. «¿Con qué fin?», se preguntará. Bueno, eso no debe importarle ahora.
Pero hemos hecho muchísimo para poder facilitarle su día a día. Sí, ese día a
día que ahora mismo no recuerda. Le pediríamos disculpas por haberle inducido
una amnesia permanente, pero usted firmó un documento donde indicaba que nos
daba su pleno consentimiento para poder borrarle los recuerdos y usarle como
rata de laboratorio. Lo que habitualmente se llama contrato —El paciente
continuó por el único camino posible: Una puerta que se abrió a su paso. Se
encontraba ahora en una sala de conferencias alumbrada tan solo con la luz
blanca que emitía el proyector—. Como iba diciendo antes de que se atreviera a
cruzar sin mi permiso el umbral de esa puerta, hemos hecho mucho por su día a
día. Hemos fabricado cosas como la boquilla de los neumáticos de su antiguo
coche; el ventilador de su ordenador portátil; las urnas donde introducía su
voto en las últimas elecciones; el tapón de su bañera, los filtros para su
cafetera y los colorantes de sus alimentos favoritos. Concretamente fabricamos
1.024 objetos o complementos sin los que su antigua vida, esa que no paro de
recordar que nos dio, no habría sido posible.
Mientras aquella voz no cesaba de hablar, había estado
echando un vistazo a los documentos que había en la sala de reuniones. No
aclaraban gran cosa, y trataban temas totalmente surrealistas. Uno de esos
documentos hablaba sobre un experimento para crear cebollas que no hiciesen
llorar; otro sobre si los gatos caían siempre de pie; e incluso había un libro
enorme titulado “Cómo escribir un texto científico y que ocupe muchos folios”,
por F. S. Schönman.
—No hay cámaras pero como está esperando a que abra la
puerta deduzco que ha estado ojeando los documentos que hay sobre la mesa de
reuniones. ¿Sabía que esto se conoce como espionaje industrial? No debería ir
leyendo documentos esparcidos por las instalaciones secretas de terceras
personas. ¿A usted le gustaría que le fuesen cotilleando sus notas en su propio
laboratorio? —La voz hizo una pausa—. Olvide la parte donde digo que usted se
encuentra en unas instalaciones secretas. Gracias. Y por favor, póngase en
contacto con el Departamento de Disculpas Cordiales para disculparse por leer
esos documentos. Ellos se encargarán de exculparle o de remitirle al
Departamento de Imposición de Penas para la Prevención de la Reincidencia en
Peticiones de Disculpas Cordiales —La puerta se abrió. Daba paso a otro pasillo
enorme—. Bueno ya que ha decidido espiarnos, me gustaría charlar sobre el
experimento relacionado con los gatos. Hemos descubierto algo harto
interesante. ¿Sabía que de 100 gatitos adorables que usamos, todos cayeron de
pie en todas las alturas con las que experimentamos salvo con medio metro? Un
gato necesita por lo menos un metro para poder caer de pie. Obviamente, caer de
pie no asegura su supervivencia. También pudimos comprobar eso. Algunos de nuestros
empleados comieron gato un día. No todos. Cien gatos no dan para alimentar a
tanta gente, créame. Si no me cree puede ponerse en contacto con el
Departamento de Investigaciones Culinarias y Aprovechamiento de Material de
Experimentación para la Alimentación del Personal. Le recomiendo el gato en
pepitoria. Los que lo comieron pensaron que era pollo. Con la diferencia de que
no hay pollos callejeros en las grandes ciudades.
El paciente avanzó por el nuevo pasillo. Iba fijándose en
casi todas las celdas y en ninguna había nadie. Seguía estando solo. Se sentía
confuso, desorientado, y empezaba a sentir cierta claustrofobia. No podía
recordar quién era, qué hacía ahí, ni cómo había llegado. ¿Qué año era? ¿Qué
día? ¿Qué hora? ¿En qué país estaba? Al final del pasillo había dos puertas.
Una a la izquierda y otra en frente. Se abrió la de la izquierda y pasó por
ella. En esta sala, tan impoluta como el resto de las instalaciones, había un
botón rojo sobre un pedestal.
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(Imagen sacada de aquí)

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