viernes, 22 de noviembre de 2013

La voz



—¿Puede oírme? Despierte. Levántese de la cama por favor. Como puede ver, está usted en una celda. Una celda limpia, ¿verdad? ¿Había visto alguna vez unas paredes tan blancas y relucientes? Apuesto a que no: La pintura la hemos patentado. Podrá consultar los datos de dicha patente con nuestro personal del Departamento de Patentes —La voz, que provenía de un altavoz, hizo una breve pausa—. ¿Que dónde está y quién soy? ¡Lamento haber sido tan descortés! ¡Está usted en los Laboratorios Marglim! No se moleste en responderme. Los altavoces son un canal de comunicación unidireccional así que le va a resultar inútil cualquier intento de contactar conmigo. Tampoco es que me interese lo que tenga que decirme —El sujeto suspiró y miró a su alrededor. No recordaba nada: Ni quién era, ni qué hacía ahí. Tan solo iba ataviado con una bata de hospital—. Cuando termine esta frase, la puerta de su celda procederá a abrirse —Así sucedió—. Por favor: No corra. Asuma que no puede huir, ya que para escapar de estos laboratorios necesitaría pasar por un total de 288 puertas y yo controlo cuándo se abren y se cierran. Por favor, vaya a la derecha.


El paciente salió de su celda. Se encontraba ahora en un pasillo increíblemente largo. Tendría por lo menos doscientos metros en total y estaba lleno de puertas. Se asomó a la que había frente a su celda. Estaba vacía. Avanzó lentamente, asomándose por varias más. Todas vacías, y cada una con instrumentos distintos. Básicamente, todas eran iguales pero parecían de épocas distintas.

Tras unos minutos llegó al final del pasillo y la puerta se abrió. Ahora se encontraba en una sala con varias camillas en ella, algunas manchadas de sangre y otras impolutas. Pero no había nadie ahí. El altavoz de aquella sala emitió un chirrido ensordecedor.

—¿Sabía que los Laboratorios Marglim fueron fundados en 1963? Así es—Aquel interlocutor hablaba en un tono extrañamente alegre y educado—. «¿Con qué fin?», se preguntará. Bueno, eso no debe importarle ahora. Pero hemos hecho muchísimo para poder facilitarle su día a día. Sí, ese día a día que ahora mismo no recuerda. Le pediríamos disculpas por haberle inducido una amnesia permanente, pero usted firmó un documento donde indicaba que nos daba su pleno consentimiento para poder borrarle los recuerdos y usarle como rata de laboratorio. Lo que habitualmente se llama contrato —El paciente continuó por el único camino posible: Una puerta que se abrió a su paso. Se encontraba ahora en una sala de conferencias alumbrada tan solo con la luz blanca que emitía el proyector—. Como iba diciendo antes de que se atreviera a cruzar sin mi permiso el umbral de esa puerta, hemos hecho mucho por su día a día. Hemos fabricado cosas como la boquilla de los neumáticos de su antiguo coche; el ventilador de su ordenador portátil; las urnas donde introducía su voto en las últimas elecciones; el tapón de su bañera, los filtros para su cafetera y los colorantes de sus alimentos favoritos. Concretamente fabricamos 1.024 objetos o complementos sin los que su antigua vida, esa que no paro de recordar que nos dio, no habría sido posible.

Mientras aquella voz no cesaba de hablar, había estado echando un vistazo a los documentos que había en la sala de reuniones. No aclaraban gran cosa, y trataban temas totalmente surrealistas. Uno de esos documentos hablaba sobre un experimento para crear cebollas que no hiciesen llorar; otro sobre si los gatos caían siempre de pie; e incluso había un libro enorme titulado “Cómo escribir un texto científico y que ocupe muchos folios”, por F. S. Schönman.

—No hay cámaras pero como está esperando a que abra la puerta deduzco que ha estado ojeando los documentos que hay sobre la mesa de reuniones. ¿Sabía que esto se conoce como espionaje industrial? No debería ir leyendo documentos esparcidos por las instalaciones secretas de terceras personas. ¿A usted le gustaría que le fuesen cotilleando sus notas en su propio laboratorio? —La voz hizo una pausa—. Olvide la parte donde digo que usted se encuentra en unas instalaciones secretas. Gracias. Y por favor, póngase en contacto con el Departamento de Disculpas Cordiales para disculparse por leer esos documentos. Ellos se encargarán de exculparle o de remitirle al Departamento de Imposición de Penas para la Prevención de la Reincidencia en Peticiones de Disculpas Cordiales —La puerta se abrió. Daba paso a otro pasillo enorme—. Bueno ya que ha decidido espiarnos, me gustaría charlar sobre el experimento relacionado con los gatos. Hemos descubierto algo harto interesante. ¿Sabía que de 100 gatitos adorables que usamos, todos cayeron de pie en todas las alturas con las que experimentamos salvo con medio metro? Un gato necesita por lo menos un metro para poder caer de pie. Obviamente, caer de pie no asegura su supervivencia. También pudimos comprobar eso. Algunos de nuestros empleados comieron gato un día. No todos. Cien gatos no dan para alimentar a tanta gente, créame. Si no me cree puede ponerse en contacto con el Departamento de Investigaciones Culinarias y Aprovechamiento de Material de Experimentación para la Alimentación del Personal. Le recomiendo el gato en pepitoria. Los que lo comieron pensaron que era pollo. Con la diferencia de que no hay pollos callejeros en las grandes ciudades.

El paciente avanzó por el nuevo pasillo. Iba fijándose en casi todas las celdas y en ninguna había nadie. Seguía estando solo. Se sentía confuso, desorientado, y empezaba a sentir cierta claustrofobia. No podía recordar quién era, qué hacía ahí, ni cómo había llegado. ¿Qué año era? ¿Qué día? ¿Qué hora? ¿En qué país estaba? Al final del pasillo había dos puertas. Una a la izquierda y otra en frente. Se abrió la de la izquierda y pasó por ella. En esta sala, tan impoluta como el resto de las instalaciones, había un botón rojo sobre un pedestal.

—Antes de explicarle qué tiene que hacer, le voy a dar un dato revelador para usted. Es el paciente número 24.601, lo que es bueno ya que nunca utilizamos a los pacientes cuyo número sea múltiplo de 73 en rituales de sacrificio, simulaciones de caza de brujas, experimentos con portales dimensionales ni otra clase de estudios con una tasa de mortalidad del 100% ¿Por qué el 73? Porque es el número atómico del Tantalio, y las minas de tantalita fueron las que hicieron millonario al señor Marglim. Y como todo millonario, para ser considerado excéntrico necesitaba un número de la suerte, y eligió este tan rebuscado. Ah, sí. El botón rojo. Se me olvidaba. Bien. Observe ese cristal opaco que hay frente al botón. Se denomina vidrio electrocrómico —Este se volvió translúcido, dejando ver la sombra de un humano atado a una silla. Estaba cabizbajo y parecía semiinconsciente—. Nuestro Departamento de Usurpación de Patentes se ha encargado de que ahora sea invención de los Laboratorios Marglim. Para poder abrir la siguiente puerta y poder salir de este lugar con el aire tan cargado debido a la ausencia total de ventanas, corrientes de aire y/o un sistema de ventilación funcional, deberá pulsar el botón rojo. Al hacerlo matará a ese hombre. Resumiento: O pulsa el botón y, repito, mata a ese hombre electrocuándolo, o por el contrario se queda esperando a morir de inanición. Yo le insto a continuar y a probar el gato en pepitoria.

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(Imagen sacada de aquí)

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