El paciente palideció. No le quedaba otra opción... Tenía
que hacerlo, pero aún así aquel hombre iba a ser su víctima. ¿Qué podía hacer?
Se acercó al cristal para ver si podía romperlo, pero la voz le borró toda
esperanza de la cabeza: El cristal era irrompible. Tras unos minutos de
nerviosismo, decidió pulsar el botón. Aquel hombre ya estaba condenado. No
tenía la culpa de que ese tipo se encontrase en aquella silla atado. Él se lo
había buscado. La puerta se abrió.
—¡Enhorabuena! —dijo la voz—. Ha cometido su primer
asesinato y ha logrado convencerse de que era lo correcto. Tranquilo, no es el
primero que lo hace. De hecho es el número 101 según la base de datos de
nuestro Departamento de Estadísticas Prescindibles para la Compañía. Leo aquí
que, según dicho Departamento, existen un total de 314 departamentos dentro de
los Laboratorios Marglim. Continúe avanzando si quiere su ansiada libertad,
paciente número 24.601. No sé porqué debemos llamarle “paciente”, cuando usted
es un sujeto de experimentos voluntario. Además de un asesino. En cualquier
caso, la política de empresa me exige llamarle así. Paciente. Y lo haré. Aunque
piense que es un asesino. Esto es conocido como disciplina. ¿Es usted
disciplinado?
Ahora había una sala con una mesita metálica en el centro y
unas jeringuillas. Dos de ellas contenían un líquido que parecía suero, otra
contenía un líquido azul y otra estaba vacía. La salida de aquella estancia le
esperaba frente a los utensilios. Otro cristal se volvió translúcido a la
izquierda de la puerta y dejó ver a un hombre que permanecía tumbado en una
camilla. Parecía sedado.
—Se imaginará lo que tiene que hacer, ¿no? Sobre esa mesita, que hemos fabricado nosotros en un lejano pueblo de China, hay cuatro
jeringuillas. Lo que tiene que hacer es inyectarse usted la del contenido azul, de aspecto perturbador y posiblemente radiactivo o por el
contrario, inyectar esos dos sueros inocuos al paciente que permanece sedado.
Para inyectarle los sueros introduzca las agujas en la pequeña apertura que hay
junto al cristal —El paciente no había reparado antes en ese orificio—. Usted
elige.
El líquido azul no le inspiraba ninguna confianza, y
posiblemente se trataba de alguna droga o sustancia peligrosa. ¿Por qué
arriesgarse él si la otra forma de pasar era inyectándole el suero inofensivo a
aquel hombre? Sin dudarlo, se lo inyectó. La puerta se abrió.
—De las 100 personas anteriores que pasaron por esta sala
ninguna se inyectó la jeringuilla azul. Pero acérquese a ella, acérquese.
Cójala, examínela —Así lo hizo—. Vierta sobre la mesita el contenido. Sin
miedo. Nuestro personal del Departamento de Limpieza de Accidentes Provocados
por el Egoísmo de los Mal Llamados Pacientes lo limpiará encantado después.
Como podrá comprobar, el contenido es exactamente igual al de las otras
jeringuillas. Lo azul era la jeringa en sí. Bueno, he de admitir que los sueros
no son iguales. El suyo sí era inocuo. El otro era veneno. Concretamente el
segundo más potente del mundo, producido por la Oxyuranus scutellatus.
Imagínese una serpiente de unos tres metros, más o menos delgada. Ha matado a otro
ser humano. Y no piense que usted no tiene la culpa. ¿Por qué me hizo caso? —El
paciente siguió avanzando atónito. Convencido de que había sido engañado—.
Según la definición de “Asesino en serie”, si mata a otra persona en los
próximos treina días será considerado como tal. Y eso que hace diez minutos
usted se creía una víctima. A la velocidad que va asesinando quizás podremos
considerarlo un genocida.
El paciente pasó por otra sala, que a diferencia de las
otras, estaba totalmente vacía. Miró a su alrededor pero esta vez no había
paneles de cristal opacos. Unos focos le alumbraron.
Imagen sacada de aquí.

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