viernes, 22 de noviembre de 2013

La voz (Parte 2, Final)



El paciente palideció. No le quedaba otra opción... Tenía que hacerlo, pero aún así aquel hombre iba a ser su víctima. ¿Qué podía hacer? Se acercó al cristal para ver si podía romperlo, pero la voz le borró toda esperanza de la cabeza: El cristal era irrompible. Tras unos minutos de nerviosismo, decidió pulsar el botón. Aquel hombre ya estaba condenado. No tenía la culpa de que ese tipo se encontrase en aquella silla atado. Él se lo había buscado. La puerta se abrió.

—¡Enhorabuena! —dijo la voz—. Ha cometido su primer asesinato y ha logrado convencerse de que era lo correcto. Tranquilo, no es el primero que lo hace. De hecho es el número 101 según la base de datos de nuestro Departamento de Estadísticas Prescindibles para la Compañía. Leo aquí que, según dicho Departamento, existen un total de 314 departamentos dentro de los Laboratorios Marglim. Continúe avanzando si quiere su ansiada libertad, paciente número 24.601. No sé porqué debemos llamarle “paciente”, cuando usted es un sujeto de experimentos voluntario. Además de un asesino. En cualquier caso, la política de empresa me exige llamarle así. Paciente. Y lo haré. Aunque piense que es un asesino. Esto es conocido como disciplina. ¿Es usted disciplinado?


Ahora había una sala con una mesita metálica en el centro y unas jeringuillas. Dos de ellas contenían un líquido que parecía suero, otra contenía un líquido azul y otra estaba vacía. La salida de aquella estancia le esperaba frente a los utensilios. Otro cristal se volvió translúcido a la izquierda de la puerta y dejó ver a un hombre que permanecía tumbado en una camilla. Parecía sedado.

—Se imaginará lo que tiene que hacer, ¿no? Sobre esa mesita, que hemos fabricado nosotros en un lejano pueblo de China, hay cuatro jeringuillas. Lo que tiene que hacer es inyectarse usted la del contenido azul, de aspecto perturbador y posiblemente radiactivo o por el contrario, inyectar esos dos sueros inocuos al paciente que permanece sedado. Para inyectarle los sueros introduzca las agujas en la pequeña apertura que hay junto al cristal —El paciente no había reparado antes en ese orificio—. Usted elige.
El líquido azul no le inspiraba ninguna confianza, y posiblemente se trataba de alguna droga o sustancia peligrosa. ¿Por qué arriesgarse él si la otra forma de pasar era inyectándole el suero inofensivo a aquel hombre? Sin dudarlo, se lo inyectó. La puerta se abrió.

—De las 100 personas anteriores que pasaron por esta sala ninguna se inyectó la jeringuilla azul. Pero acérquese a ella, acérquese. Cójala, examínela —Así lo hizo—. Vierta sobre la mesita el contenido. Sin miedo. Nuestro personal del Departamento de Limpieza de Accidentes Provocados por el Egoísmo de los Mal Llamados Pacientes lo limpiará encantado después. Como podrá comprobar, el contenido es exactamente igual al de las otras jeringuillas. Lo azul era la jeringa en sí. Bueno, he de admitir que los sueros no son iguales. El suyo sí era inocuo. El otro era veneno. Concretamente el segundo más potente del mundo, producido por la Oxyuranus scutellatus. Imagínese una serpiente de unos tres metros, más o menos delgada. Ha matado a otro ser humano. Y no piense que usted no tiene la culpa. ¿Por qué me hizo caso? —El paciente siguió avanzando atónito. Convencido de que había sido engañado—. Según la definición de “Asesino en serie”, si mata a otra persona en los próximos treina días será considerado como tal. Y eso que hace diez minutos usted se creía una víctima. A la velocidad que va asesinando quizás podremos considerarlo un genocida.

El paciente pasó por otra sala, que a diferencia de las otras, estaba totalmente vacía. Miró a su alrededor pero esta vez no había paneles de cristal opacos. Unos focos le alumbraron.

—Por favor, no se mueva. No encendemos los focos de luminosidad épica todos los días. Solo en acontecimientos importantes como en la noche de Walpurgis, cuando uno de nuestros empleados tiene una flatulencia silenciosa y cuando estamos a punto de revelarle a un erróneamente llamado “paciente” la verdad absoluta sobre su existencia. Como no es la noche de Walpurgis y usted no es técnicamente un empleado nuestro aunque se pasee en bata de hospital por nuestras instalaciones leyendo informes altamente confidenciales, debe esperar una revelación abrumadora —Hubo una pausa—. Sé exactamente qué no está pensando. No se está preguntando: «¿Qué clase de empresa tiene 314 departamentos tan extraños?»; «¿Quién construye instalaciones secretas subterráneas y logra hacerlo sin que los obreros, arquitectos, técnicos, ingenieros y todo el personal necesario haga su trabajo sin irse de la lengua?»; «¿Qué clase de mecanismo detecta si alguien se ha inyectado algo y abre una puerta en función de eso?»; por ejemplo. Y debería plantearse esas cuestiones, ¿no cree? Lleva todo este rato haciendo caso a una voz desconocida que no para de hacer comentarios surrealistas. ¡Es de locos! ¿Sabe una cosa Steve? Sí, se llama Steve. Le diré algo. Aquí no hay 288 puertas como le dije. Le mentí. Y ninguna puerta estaba bloqueada, aunque sí que se abren a mi voluntad. Podría haber ido por donde hubiese querido solo de habérselo propuesto. De hecho la salida se encontraba justo a la izquierda del pasillo donde estaba su celda. También es mentira lo de que no había cámaras. Hay cámaras en cada habitación por la que usted ha pasado, dado que esto es un experimento. Es por eso que tengo buenas noticias para usted, Steve. Primero: Su amnesia es temporal. Se debe a un fármaco y dentro de una media hora habrá recobrado todos sus recuerdos. Segundo: No ha matado a nadie. Eran actores. No electrocutó a ese primer hombre, ni le inyectó nada al segundo. Aunque la moralidad de sus actos sí está a la altura de un asesino. Eso me temo que no puedo cambiarlo. Si continúa a lo largo del decorado podrá dar con unos médicos que le devolverán su ropa y le atenderán mientras recupera su memoria. Muchas gracias por participar en este experimento social. Pase un buen día.


Imagen sacada de aquí.

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