jueves, 21 de noviembre de 2013

Érato (Parte 5, Final)


V. La deuda

Estaba decidido o al menos eso pensaba. El día, por el contrario, se mostraba tranquilo;
luciendo una tarde apacible bañada por los últimos rayos de sol.

“Esa bóveda… Naranja y rosa.”

Entonces te pregunté, embobado, qué te había parecido ese paseo en barco. Mi interior me
golpeó: No podía titubear. Tenía que mostrarme serio e impasible. Sin embargo, había fallado.
No sabía en qué... Pero seguro que pensabas que era un idiota.


Nada de eso. Sonreíste.

No lo cambiaría por nada del mundo, dijiste.

Cuánta razón tuvo Séneca al decir que los ojos eran los delatores del alma. Me tenías con la
boca seca. Hipnotizado por el ámbar que lucían tus esmeraldas. Tu pelo pese a no ser ni
moreno se veía vivo en la oscuridad de su semblante. Se mecía en un bucle incesante por culpa
del leve viento, que lo balanceaba en un susurro sumergido.

Y fui a decirte algo. Ese no sé qué que tú sabes. Te lo debía. Y pagué mi deuda. Y me llenaste

de besos.

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