V. La deuda
Estaba decidido o al menos eso pensaba. El día, por el
contrario, se mostraba tranquilo;
luciendo una tarde apacible bañada por los últimos rayos de
sol.
“Esa bóveda… Naranja y
rosa.”
Entonces te pregunté, embobado, qué te había parecido ese
paseo en barco. Mi interior me
golpeó: No podía titubear. Tenía que mostrarme serio e
impasible. Sin embargo, había fallado.
No sabía en qué... Pero seguro que pensabas que era un
idiota.
Nada de eso. Sonreíste.
No lo cambiaría por
nada del mundo, dijiste.
Cuánta razón tuvo Séneca al decir que los ojos eran los
delatores del alma. Me tenías con la
boca seca. Hipnotizado por el ámbar que lucían tus
esmeraldas. Tu pelo pese a no ser ni
moreno se veía vivo en la oscuridad de su semblante. Se
mecía en un bucle incesante por culpa
del leve viento, que lo balanceaba en un susurro sumergido.
Y fui a decirte algo. Ese no sé qué que tú sabes. Te lo
debía. Y pagué mi deuda. Y me llenaste
de besos.

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